RESUMEN DE DIEZ AÑOS DE MINISTERIO OBLATO

Eugenio incluyó en su petición al Papa un resumen del trabajo y de los logros de los Oblatos a partir de su fundación, diez años antes.

“Principalmente se han dedicado a las misiones, fin central de su Instituto, preferentemente en las áreas más abandonadas, predicando en forma vernacular, es decir en el lenguaje cotidiano de la gente que no comprende bien el francés en los lugares remotos.  Han colaborado con el clero en vista de una reforma moral a través de retiros y una buena capacitación sacerdotal en los seminarios.  Además, se han dedicado al cuidado de los jóvenes, a quienes reúnen en grupos cristianos para poder retirarlos de la corrupción mundana.  También han servido a los pobres prisioneros, a quienes instruyen y administran los Sacramentos, y a quienes están condenados a muerte, les acompañan incluso a las galeras…

Por lo tanto, actualmente los Misioneros Oblatos de San Carlos constituidos tienen cuatro casas y un hostal al servicio de seis grandes diócesis. Están a cargo de los hospitales de Aix, las prisiones de Marsella y las de Aix, al igual que el santuario de Notre-Dame du Laus. Los Obispos les llaman para dirigir sus seminarios.  Más aún, cuentan con el consuelo de tener el afecto y estima de sus Superiores y conciudadanos”.

Petición a Su Santidad, Papa León XII, Diciembre 8, 1825, EO XIII núm. 48

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ELLOS MISMOS SE HAN ASOMBRADO CON LAS MARAVILLAS QUE LA GRACIA HA LOGRADO A TRAVÉS DE SU MINISTERIO

Eugenio continúa en su petición al Papa León XII:

“Ellos mismos se han asombrado con las maravillas que la gracia ha logrado a través de su ministerio y sienten que para hacerse dignos de su vocación, deben seguir las huellas de los Santos; que a los miembros de su Sociedad les debe ser posible trabajar en su perfección y al mismo tiempo, proporcionar a la gente los medios de salvación al predicarles la conversión. 

Han resuelto seguir los consejos evangélicos y dedicarse por completo a lo que sea que promueva la mayor gloria de Dios, la salvación de las almas más abandonadas y servir a la Iglesia.

Las Reglas y Constituciones de la Sociedad de los Misioneros Oblatos de San Carlos (nombre que habían adoptado), conocidos comúnmente como Misioneros de Provence, han sido redactadas según este espíritu”.

Petición a Su Santidad, Papa León XII, Diciembre 8, 1825, EO XIII núm. 48

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LA PETICIÓN QUE PRESENTARÉ AL PAPA EL DÍA QUE ME DEN LA AUDIENCIA

“Hoy estuve ocupado preparando la petición que presentaré al Papa el día que me den la audiencia”.

Diario en Roma, Diciembre 8, 1825, EO XVII

Puesto que este documento es una buena descripción de la situación de los Oblatos en 1825, vale la pena dedicarle tiempo.

Santísimo Padre: 

El Abbé de Mazenod, Vicario General de Marsella, postrado a los pies de Su Santidad, tiene el honor de informarle que desde 1815, tras la manifestación del deseo del Soberano Pontífice Pío VII de predicar Misiones en Francia a los desmoralizados por la Revolución, vio como un deber dedicarse a este santo ministerio junto a varios compañeros elegidos en la Diócesis de Aix en Provence.

Las extraordinarias bendiciones que Dios se dignó prodigar a los esfuerzos de su celo, dieron pie al deseo en los Obispos vecinos por llevar los mismos beneficios a sus rebaños, solicitando en repetidas ocasiones al Abbé de Mazenod que él y sus compañeros evangelizaran a la gente de sus diócesis. El Abbé de Mazenod, se consideró afortunado de poder secundar la preocupación pastoral de tan venerables Prelados, y gustoso de poder así expandir el conocimiento de Jesucristo y [asegurar] el regreso a los buenos principios de un número mayor de ovejas perdidas.  Ahora, los Misioneros consideran razonable que si fueran a extenderse a varias diócesis, sería necesario establecer reglas comunes como vínculo para su Sociedad recién surgida”.

Petición a Su Santidad, Papa León XII, Diciembre 8, 1825, EO XIII núm. 48

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POR LO DEMÁS, HAGO LO POSIBLE POR DEJÁRSELO A DIOS

Preparar el camino para presentar su petición al Papa involucraba solicitudes a varias personas.

Visita al Obispo Caprano, secretario de la Propaganda, para comentarle sobre los favores que debo solicitarle y pedir lo nos rechace. Tuve un buen recibimiento del prelado y me prometió su ayuda.

Diario en Roma, Diciembre 7, 1825, EO XVII

Tres días después Eugenio se enteró de que la persona responsable de realizar las citas con el Papa, no le recordaba en absoluto.

“Antes de salir del Vaticano, subí a los apartamentos del Papa para preguntar si el Obispo Barberini había solicitado una audiencia para mi; que había olvidado por completo. Habría sido una ocasión espléndida si solo hubiera deseado ver al Papa y besar sus pies, pues no había nadie esperando pasar; podría haberme hecho anunciar, aunque tuve cuidado de no hacerlo, porque no habiendo previsto que podría estar ahí, no había llevado mi petición. No asumí que el Cardenal de Gregorio le había visto desde que prometió hablarle de mí, así que preferí esperar, sabiendo cómo las primeras impresiones quedan marcadas.  Por lo demás, hago lo posible por dejárselo a Dios. 

Decidí celebrar la santa Misa todos los días de la octava de la Santísima Virgen por la gracia que buscamos, sin descuidar por otro lado, los recursos humanos que hay que utilizar. Si después de ello no tengo éxito, no tendré nada que reprocharme”. 

Carta a Henri Tempier en Marsella, Diciembre 9, 1825, EO VII núm. 211

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SOLO DIOS SABE CÓMO RECOMPENSAR LO QUE HEMOS HECHO POR ÉL, ASÍ QUE DEBEMOS HACER TODO POR COMPLACERLO

Siendo seminarista en París, Napoleón encarceló al Papa y llevó a todos los Cardenales a esa ciudad.  Su conocimiento del italiano permitió a Eugenio ser intérprete de los Cardenales, que no hablaban el idioma, y hacer lo que le encomendaban, a pesar de ser un gran riesgo para él.  Ahora, quince años después, encontró a varios de ellos en Roma, facilitando su tarea.

“El Cardenal De Gregorio me trató con una gran bondad y cordialidad. Recordó haberme visto a menudo en París durante el exilio de los prelados romanos.  Lo había visto también, aunque no era uno de a quienes servía, los Cardenales Mattei, Ruffo, el Arzobispo de Nápoles,  Gabrielli, Brancardoro, Canon Muzzarelli  y otros.

Diario en Roma, Diciembre 6, 1825, EO XVII

Algunos días después escribió:

“El Cardenal Dean, Secretario de Estado, envió a alguien para informarme que me recibiría a las 9 en punto. Llegué al Vaticano a tiempo y tuve el honor de expresarle mi respeto. Su Eminencia me recibió muy amablemente, aunque no me recordaba en absoluto, ni lo que había hecho por los cardenales en París durante su exilio.  Debí recordarle haber visitado su casa a menudo, incluso comido ahí, entregándole la Vie de la vénérable Agnes (comprado por mí). 

En esa época éramos catequistas en el Programa Mayor de Catequesis de San Sulpicio, siendo su monaguillo cuando llegaba a celebrar Misa en la capilla alemana. Fui designado para averiguar con él, Cardenal Della Somaglia, las necesidades de los cardenales en el difícil momento su desgracia. Le recordé haber respondido no necesitaría nada por dos años, aunque sí mencionó a quienes necesitaban ayuda. 

Tantos sucesos ocurridos desde entonces harían que alguien olvidara el pasado. El Cardenal no dejó su amabilidad, aunque reflexioné que sería muy absurdo hacer el bien para tener una buena reputación entre las personas.  Sólo Dios sabe cómo recompensar lo que hemos hecho por Él, así que debemos hacer todo por complacerlo”.

Diario en Roma, Diciembre 10, 1825, EO XVII

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ES UN CONSOLACIÓN PARA MÍ RESPIRAR EL MISMO AIRE, OFRECER EL SANTO SACRIFICIO EN LOS MISMOS ALTARES, PODER ORAR EN SU TUMBA

Eugenio describe su alegría al encontrar la tumba de su antiguo maestro veneciano, Don Bartolo Zinelli.

¿Y no he encontrado el recuerdo, el busto e incluso el cuerpo enterrado en la iglesia de este santo sacerdote, del que me has oído hablar tan a menudo, de este gran siervo de Dios, el padre Bartolo Zinelli, que fue mi maestro en Venecia y murió en olor de santidad bajo este mismo techo que me cobija? La causa de su beatificación se habría iniciado hace mucho tiempo si la Sociedad de la que era miembro no se hubiera disuelto, debido a la mala conducta de su jefe, el famoso Paccanari, que terminó tan mal después de haber tenido un buen comienzo.

Pero mi querido maestro, este buen amigo que solo podía consolarse por mi partida, según me escribió, subiendo al altar para rezar por mí, solo tenía virtudes, y el obispo del lugar donde predicó su última misión quiso proceder a autentificar por escrito una profecía que había hecho en su diócesis y que se cumplió.

… Es un consuelo para mí respirar el mismo aire, ofrecer el santo sacrificio en los mismos altares, poder rezar en su tumba.

Carta al P. Hippolyte Courtès en Aix, 6 de diciembre de 1825, EO VI n.º 210.

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NO HAY RINCÓN DE ROMA QUE NO SEA UN MONUMENTO DE FE O PIEDAD.

Todo es sagrado aquí para él que viene como un verdadero peregrino cristiano. En cuanto a mí, solo veo a los apóstoles, a los mártires, a los santos confesores de todas las épocas. En cuanto para él, no hay rincón de Roma que no sea un monumento de fe o piedad.

La casa en la que vivo, por ejemplo, a la que llegué por casualidad, ha sido el santuario donde durante veinticinco o treinta años el beato cardenal Tommasi practicó tantas virtudes que lo han elevado al rango de beato. La ha santificado con su presencia; su habitación aún existe…

Es lo mismo en todas partes. Aquí se encuentran todos los santos, desde San Pedro hasta el beato Benoit Labre y otros aún más modernos. Debo detenerme aquí o me dejaré llevar por la emoción. Solo quiero decirles una vez más que llevo dentro de mí a toda nuestra familia en todos estos lugares sagrados que visito cada día.

Carta al P. Hippolyte Courtès en Aix, 6 de diciembre de 1825, EO VI n.º 210

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LOS MÁRTIRES ROMANOS SIGUEN SIENDO OBJETO DE VENERACIÓN DE LOS PUEBLOS

Eugenio estaba constantemente asombrado y edificado por los recuerdos de los mártires en Roma. Quizás su aritmética sea un poco exagerada cuando habla de su número, pero su admiración no lo es. Describe cómo los esclavos cristianos tuvieron que construir los edificios romanos, que hoy están en ruinas, mientras que la memoria de los mártires perdura.

Y qué alimento para la devoción proporciona la visión de tantos monumentos que atestiguan la victoria de los mártires que han ahogado la idolatría con su sangre. Sus cuerpos aún existen y su memoria, por así decirlo, sigue fresca después de dieciocho y diecinueve siglos que han destruido tanto a sus perseguidores como a sus obras, que parecían establecidas para toda la eternidad; las ruinas que se pisotean aún sorprenden la imaginación, tan vastas son en su concepción y en sus detalles.

Los baños, por ejemplo, tan vastos como una gran ciudad, fueron obra, bajo Diocleciano, de cuarenta mil cristianos que recibieron como salario el martirio en espantosos tormentos. Estos baños estaban adornados con estatuas, pórticos, columnatas; había fuentes, bosquecillos sombreados e incluso lagos que habían sido diseñados artísticamente dentro de su recinto. Las obras arquitectónicas de los mejores maestros, los cuadros de valor incalculable, los mármoles que solo se pueden ver aquí, el pórfido, el alabastro e incluso exquisitas bibliotecas; no se escatimó en nada. Ya no queda nada más que el emplazamiento y la mampostería derruida, mientras que los pobres esclavos, los viles cristianos como los consideraban sus tiranos sacrílegos, siguen siendo objeto de veneración de los pueblos, y sus restos se conservan preciadamente en las catacumbas vecinas, donde se besa el suelo y brotan las lágrimas.

Carta al padre Hippolyte Courtès en Aix, 6 de diciembre de 1825, EO VI n.º 210.

 

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LA CIUDAD DE ROMA COMO COMPENDIO DEL CRISTIANISMO

Eugenio visitó muchas iglesias en Roma y cada una de ellas le dejó una sensación de asombro y admiración.

No puedo resistir el deseo de escribirles y fechar mi epístola desde la capital del mundo cristiano. Este título se lo debe a la hermosa ciudad de Roma, no solo porque es la sede del Vicario de Jesucristo, cabeza visible de la Iglesia, sino también porque es, por así decirlo, un compendio del cristianismo. Solo aquí, creo, han comprendido cómo se debe construir una morada para Dios en la tierra. No se puede imaginar la magnificencia de las iglesias que se encuentran a cada paso. Hay hasta cinco o seis en el mismo lugar, cada una más hermosa, más rica y más imponente que las demás. Uno concibe verdaderamente cómo en el cielo nunca se cansará de alabar a Dios y de amarlo mientras contempla sus infinitas perfecciones, cuando siente, ante la vista de esta belleza, obra de criaturas débiles, que el sentimiento de admiración crece sin cesar en lugar de agotarse, cuando uno pensaría que ha llegado a su límite.

Carta al P. Hippolyte Courtès en Aix, 6 de diciembre de 1825, EO VI n.º 210.

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GRACIAS A LA LENTITUD DE MONSEÑOR, AÚN NO HE VISTO A NADIE

Eugenio, que siempre estaba en movimiento, comenzó a expresar su frustración por tener que esperar a que otros organizaran las citas necesarias para iniciar el proceso de aprobación, por lo que tomó cartas en el asunto.

No tengo nada que contarte sobre nuestro asunto porque, gracias a la lentitud del excelente Monseñor a quien diriges mis cartas, todavía no he visto a nadie. Sin embargo, al percibir que sus preocupaciones le hacían posponer siempre para el día siguiente el acompañarme o precederme ante los cardenales a quienes quería visitar, me presenté en la puerta del cardenal Pacca para anunciar mi inminente visita. También he ido a la dirección de monseñor Mazio, pero no lo he encontrado. Le aseguro que uno se cansa más en Roma que en París.

Carta al P. Tempier, 3 de diciembre de 1825, EO VI n. 209

El sentido del humor sarcástico de Eugenio siempre me hace sonreír:

A mi regreso, visité el convento de las monjas basilianas, cuya superiora es la señora Baudemont. Su hábito religioso, diseñado, creo, por el buen abad Sambucy, su fundador, me pareció tan ridículo como feo.

Diario romano de Eugenio, 2 de diciembre de 1825, EO XVII

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