SEGÚN MIS CONVICCIONES, ES A LOS VERDUGOS Y NO A LAS VÍCTIMAS, A QUIENES DEBEN CASTIGARSE

Yvon Beaudoin nos da un ejemplo de los efectos del movimiento liberal en Aix, en un sacerdote Oblato, André Valentin:

En la lucha por la libertad de enseñanza en 1828, los universitarios hicieron una manifestación contra los Jesuitas. Una noche, el padre André volvía de su servicio en el hospital, cuando se encontró con un grupo de manifestantes que gritaron: “A la horca los misioneros, etc.” Comentó lo que vio y oyó al padre Bicheron, quien escribió un artículo en el diario conservador La Quotidienne.  El prefecto de Bouches du Rhône escribió al padre de Mazenod para pedirle enviara al padre André a otro lugar. El Fundador confirmó que el relato del padre era fundamentado y que seguiría siendo capellán de la cárcel: “Según mis convicciones, escribe, el 21 de julio de 1828, es a los verdugos y no a las víctimas, a quienes debe castigarse.” 

http://www.omiworld.org/es/dictionary/diccionario-hist-rico_vol-1_a/2180/andr-daniel-valentin/

Eugenio continuó su defensa del P. André , respondiendo al Prefecto:

Dudar  de su palabra, bajo pretexto de que es temeroso, no es más razonable que afirmar… que la ciudad de Aix se encontraba en completa insurrección cuando algunos pícaros hicieron alboroto al salir de la taberna.  Exigir sea disciplinado cuando fue insultado al volver de un lecho de muerte, es, Monsieur, una atrocidad infinitamente más indignante que los insultos mismos. Así, que estimado Conde, respondo con mi bien conocida franqueza, que si el Padre André perteneciera a la diócesis donde cuento con alguna jurisdicción, no solo no pensaría que debiera ser asignado a otro lugar, sino que haría todo lo que estuviera en mi poder, para ver que se reparara la vergüenza de que fue objeto; según mis convicciones, es a los verdugos y no a las víctimas, a quienes debe castigarse.

Impresionado sin duda por el comentario, el prefecto se disculpó por haber hablado a nombre del alcalde de Aix, retirándose apresuradamente: “Puesto que considera que el sacerdote debe permanecer donde se encuentra, me atendré a su prudente decisión.”

Esta victoria seguramente debe hacer confirmado la convicción que el Fundador y su tío tanto habían expresado; se gana cada vez que se rehúsa a hacer la mínima concesión.

Leflon 2 pág. 303

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NO BASTA CON GEMIR, HABRÍA QUE HACER RESONAR POR TODA LA TIERRA EL GRITO DE LAS MÁS FUERTES PROTESTAS

En vista de las leyes de 1828 que afectaban el papel de la Iglesia en la educación cristiana, prohibía a los religiosos enseñar, impedía los seminarios menores y expulsaban a los Jesuitas, Eugenio fue llevado a la acción.

La ordenanza que, expulsando a los jesuitas, priva a todas las familias cristianas del reino, del único medio que les quedaba para educar a sus hijos en los principios de nuestra religión y preservar sus costumbres del terrible contagio que propagan los colegios de la Universidad, es un crimen público que cuenta como cómplices a quienes  la aprueben.

Para empeorar todo, fue un Obispo católico en el gobierno quien había publicado todas esas leyes:

El escándalo de ver a un obispo refrendar esa ordenanza y provocarla con un informe indignante, es también un atentado que tampoco será fácil reparar. ¿Cómo expresar el dolor que siento a la vista de tan graves desórdenes? Lo comprende usted que comparte tan bien mis sentimientos. No basta con gemir; habría que hacer resonar por toda la tierra el grito de las más fuertes protestas…

Carta a Henri Tempier, Junio 24, 1828, EO VII núm. 304

En Marsella, Eugenio respondía con y a través de su tío, el Obispo Fortuné. Sin embargo, en Aix, donde los Oblatos tenían influencia, Eugenio respondió como Superior General en apoyo a los Jesuitas, a través de muchos actos públicos.

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EL CELO DE EUGENIO SOBREPASA SU BUEN JUICIO

Eugenio no se encontraba en Marsella, pero participaba dando todo el apoyo y consejo posible a su tío el Obispo, en la guerra en contra de las leyes que evitaban la influencia de la Iglesia en la educación religiosa.

Quisiera estar en Marsella para arreglarlo todo con el obispo y usted; quisiera estar también para estar al tanto de los peligros que me indica

Carta a Henri Tempier, Junio 24, 1828, EO VII núm. 304

El Obispo Fortuné escribió muchas cartas movilizando a los Obispos para actuar colegiadamente en sus respuestas. La influencia de Eugenio se reconoce en muchas de ellas. Leflon explica:

“Ciertamente las cartas del obispo, resultado de la colaboración, delatan otras manos además de la suya bajo su firma… vistas como un todo, en ocasiones muestran el sello más conciso y distintivo del tío y en otras, el estilo más prolijo, más complejo, participativo y desordenado del sobrino”.  (Leflon 2, pág. 302)

Intentando minimizar la oposición del Obispo Fortuné, el Prefecto atacó la influencia de  Eugenio y de Tempier:

“El prefecto del departamento de Bouches-du-Rhone , de vez en cuando señalaba y deploraba la provocadora falta de cooperación del Obispo de Marsella.  Sin embargo, en cada ocasión tuvo el cuidado de disculpar  “al prelado octogenario, de naturaleza bondadosa y pacífica,” imputando las “medidas extremistas” de Fortuné a los jóvenes sacerdotes que le rodeaban “cuyo celo sobrepasa su buen juicio”; en particular su sobrino, quien tenía control sobre él. Villeneuve-Bargemon no se equivocaba al atribuir al Padre de Mazenod una influencia preponderante en la mente del anciano obispo; sin embargo, en vez de aceptar sin reserva la opinión común de que el vicario-general  dominaba por completo a su débil y negativo tío, el prefecto debería haber utilizado,  al menos en cuanto a las ordenanzas, un mínimo de discernimiento, que tanto la justicia, como la sabiduría exigían.”   (Leflon 2 pp. 300-301)

 

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ME SIENTO COMO UN LEÓN QUE ROE SU CADENA, IMPOTENTE

Al restaurarse el reinado de los Bourbon en Francia, la Iglesia tuvo nuevamente la oportunidad de actuar con libertad. Sin embargo, muchos en Francia se incomodaron ante el vínculo cercano de la monarquía y la religión, temiendo retornar a la situación del Antiguo Régimen, que la Revolución había tratado de destruir.  Conocidos como los  “liberales”, este grupo comenzó a agitar buscando un cambio cuando Carlos X subió al trono en 1824. Para debilitar al rey, los liberales en el gobierno se enfocaron a la religión.  En 1828 habían pasado dos leyes que afectaban a la Iglesia directamente,  ambas ligadas a la educación. Con el regreso de la monarquía, los obispos habían recibido el control de la educación religiosa en las escuelas y habían establecido seminarios menores para los niños de secundaria. La ordenanza del 21 de abril retiraba a los obispos la jurisdicción y dirección de las escuelas primarias.  La segunda ordenanza, del 16 de junio, atacaba a las escuelas secundarias, prohibiendo a los religiosos  ser profesores, limitando el número de seminaristas y estableciendo reglas que estaban en conflicto con los obispos.

En vista de este ataque a la Iglesia, Eugenio de Mazenod y su tío, el Obispo Fortuné de Marsella, no podían permanecer en silencio y buscaron formas efectivas de responder. Eugenio no se encontraba en Marsella en ese entonces y escribió a Tempier:

¿Cómo expresar el dolor que siento a la vista de tan graves desórdenes? Lo comprende usted que comparte tan bien mis sentimientos. No basta con gemir; habría que hacer resonar por toda la tierra el grito de las más fuertes protestas…
Me siento como un león que experimenta todo su vigor, su fuerza y su bravura, pero que roe, impotente su cadena y el freno, blanqueándolos con su espuma.

Carta a Henri Tempier, Junio 24, 1828, EO VII núm. 304

 

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EUGENIO Y LA HISTORIA DE FRANCIA: LA EUFORIA SE VUELVE PREOCUPACIÓN BAJO LOS REYES BOURBON (1814-1830)

Yvon Beaudoin nos da el contexto:

El mismo día de la abdicación de Napoleón, 6 de abril de 1814, el Senado llama al trono al conde de Provenza, quien tomará el nombre de Luis XVIII. Reina durante un año (primero de la Restauración). Al regreso de Napoleón (mayo-junio de 1815, los Cien Días), el rey se marcha a Bélgica. Una nueva alianza europea obliga a Napoleón a abdicar de nuevo. Tras el exilio de Napoleón en la Isla de Santa Elena, Luis XVIII regresa a París el 8 de julio… reinando hasta su muerte, el 16 de septiembre de 1824. Como en otras diócesis, los de Mazenod, por medio de cartas y mandatos, solicitan a los párrocos oraciones por el rey en su enfermedad y muerte y más tarde, un oficio anual en el aniversario.

El conde de Artois, hermano de Luis XVIII, le sucede con el nombre de Carlos X. Durante su reinado, los liberales logran una mayor influencia. En 1829, el primer ministro Martignac, para contentar a la izquierda y a los liberales, les da concesiones, en detrimento de la Iglesia. Nombra un laico al frente de la Universidad, la enseñanza queda prohibida a las congregaciones, sobre todo a los jesuitas, limita a 20,000 el número de alumnos en los seminarios menores, etc..

Los de Mazenod mencionaron a menudo al rey en su correspondencia y en su viva oposición a las Ordenanzas de 1828, la del 21 de abril, que quitaba a los obispos la vigilancia y dirección de las escuelas primarias, y la del 16 de junio sobre las escuelas secundarias, que prohibía la enseñanza a los miembros de congregaciones, limitaba el número de alumnos en los seminarios menores y fijaba un reglamento incompatible con los derechos de los obispos.

http://www.omiworld.org/es/dictionary/diccionario-hist-rico_vol-1_r/2164/restauraci-n/

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EUGENIO Y LA HISTORIA DE FRANCIA: EL RETORNO DE NUESTROS PRÍNCIPES LEGÍTIMOS

Napoleón fue derrotado definitivamente en junio de 1815. Leflon escribe:

La caída de Napoleón hizo posible que la Iglesia no sólo restableciera sus derechos espirituales en la jurisdicción papal, episcopal y capitular, sino que además abriera por completo sus actividades apostólicas.  Al Padre  de Mazenod le parecía una liberación  providencial, que al mismo tiempo daba respuesta a las necesidades de la situación religiosa y abría el camino que por largo tiempo  su celo había deseado seguir. 
Años después escribió:
El reinado de Napoleón, que tuvo oportunidad de perseguir a la Iglesia, nulificó todos los esfuerzos de nuestros jóvenes compañeros sacerdotes. Si todos sus planes, al igual que los nuestros, no hubieran sido obstaculizados por tal reinado de hierro, su celo habría compensado su escasez. El Imperio fue derrocado y fue solo al nosotros emerger de tal crisis y con el retorno de nuestros príncipes legítimos, que sentimos alguna esperanza de realizar por el bien de la gente de Francia algunas de las ideas que habíamos alimentado constantemente durante toda nuestra capacitación en el seminario y durante los tres primeros años de nuestro sacerdocio.   (Eugenio de Mazenod, “Memoires,” cita en Rambert I pág. 161)
Leflon II, pp. 10-11
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EUGENIO Y LA HISTORIA DE FRANCIA: LOS CIEN DÍAS

La euforia de la caída de Napoleón y la consecuente libertad de la Iglesia terminó abruptamente en marzo de 1815, cuando Napoleón escapó de Elba y comenzó a gobernar de nuevo en París.

Eugenio respondió a la situación con bríos.

... Por horrible que fuese mi opinión sobre la especie humana, nunca me habría atrevido a  suponer que su depravación llegara al punto actual. ¡Qué nación la nuestra! Junto con la fe, ha perdido todo sentimiento de honor, de honradez, etc. Algunos traicionan abiertamente la más sagrada de las causas, usando sus juramentos para un mayor engaño a un príncipe demasiado generoso  que había colmado de gracias y favores a esos pérfidos; los otros casi estarían tentados a ser callados espectadores de una lucha en la que apenas parecen interesarse, aunque de ella depende su bienestar. El egoísmo ha acaparado todo, ya no hay honor nacional, ni religión. ¡Oh, pueblo execrable! Con todo, seremos justos; se trata más del crimen del ejército que del de la nación. Hay buen comportamiento aquí y en varias otras provincias.
Solo me queda asegurarle que estamos bien, que soy el hombre más tranquilo y que menos se alarma. Mi confianza en la Providencia no tiene límites.

Eugenio respaldó su crítica con acción:

Escribí al Sr. Duque de Angulema ofreciendo mi servicio para su ejército. No tengo aún respuesta y quizá nunca la tendré; pero habré cumplido con mi deber, que me obligaba a la adhesión. Ya que no puedo servir a mi rey con la espada, debo servirle con todos los medios que ofrece mi ministerio.
Adiós. Los abrazo a todos de todo corazón. Dentro de un mes, habremos derrotado y castigado a todos nuestros enemigos, que lo son también del honor, del bien público y de la religión.

Carta a su padre, Marzo 26, 1815, EO XV, núm. 132

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EUGENIO Y LA HISTORIA DE FRANCIA: HE SIDO EL REALISTA MÁS INTRÉPIDO DE LA CIUDAD

La restauración de la monarquía y la libertad resultante otorgada a la Iglesia marcó el período conocido como Restauración. Los dos reyes Bourbon que gobernaron fueron Luis  XVIII (1814-1824) y Carlos X (1824–1830). Yvon Beaudoin escribe:

El padre de Mazenod raramente usaba la palabra Restauración, aunque menciona con frecuencia a los reyes Luis XVIII y Carlos X.  Se escribe con los ministros y se encuentra con algunos de ellos en sus viajes a París de 1817, 1823 y 1825.  Él y los demás de Mazenod acogerán con alegría el regreso de los bourbones en 1814.  El Presidente Carlos Antonio envía al rey un acto de homenaje y su juramento de fidelidad. Durante los Cien Días, Eugenio se distingue por una ardiente hostilidad hacia el régimen de Napoleón. Escribe a su padre  el 7 de julio de 1815: “He sido el realista más intrépido de la ciudad que habito y habrán pocos en Francia que puedan disputármelo”.
http://www.omiworld.org/es/dictionary/diccionario-hist-rico_vol-1_r/2164/restauraci-n/

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EUGENIO Y LA HISTORIA DE FRANCIA: SIN TRATOS CON LOS PACTOS Y LA COBARDÍA

Forbin Janson, sacerdote amigo de Eugenio, había ido de visita a Roma y Eugenio continuaba su batalla de regularizar la división agudizada en la Arquidiócesis de Aix, solicitándole informar a los Cardenales en Roma.

Diles claramente que el momento es oportuno para hacer triunfar los verdaderos principios. En la Iglesia no hay más lugar para una aristocracia episcopal que para una democracia presbiteral. Que todo esté subordinado a la cabeza, según lo instituyó Nuestro Señor Jesucristo.

Carta a Forbin Janson, Junio 1814, EO XV núm. 125

Leflon comenta: “El ímpetu del joven sacerdote Provenzal, que le hizo imposible aceptar cualquier medida a medias al tratar con los pactos y la cobardía, le llevó al punto de reprender a los Cardenales romanos, e incluso a Pío VII. Era obvio que la fiebre del país se había apoderado de él”.     Leflon II, pág. 10

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EUGENIO Y LA HISTORIA DE FRANCIA: UNA DE LAS LLAGAS ACTUALES DE LA IGLESIA, QUE HAY QUE CURAR CON HIERRO Y FUEGO, SI LOS REMEDIOS MÁS LEVES NO FUERAN EFICIENTES

“…una de las llagas actuales de la Iglesia, que hay que curar con hierro y fuego, si los remedios más leves no fueran eficientes”.

En la Arquidiócesis de Aix había división entre quienes habían sido fieles al Obispo y quienes no habían reconocido su autoridad – proveniente de Napoleón y no del Papa. Eugenio claramente tomó partido por este último.

Las componendas enervan la disciplina; prevalece el silencio, cuando el deber hubiera sido hablar. Que se socaven, de no poderse destruir de golpe, esas detestables pretendidas libertades, refugio de la impiedad, el cisma constitucional, la insubordinación y la rebeldía de los bonapartistas. En ese antro se acaba por ser católico de nombre; al menos se usa a menudo un lenguaje heterodoxo. Las personas de esta clase dan juicios de todo tipo. No frente a mí, pues me temen, no sé por qué, o mejor dicho, lo sé de sobra.

El bravío joven Eugenio continúa resonando:

Tanto es así que el obispo de Metz, según me cuentan de París, me ve como a su más temible adversario, no solo en Aix, que podría tener algún fundamento, sino también en París, lo que es absolutamente falso. Por lo demás, solo combato sus principios, que no son conformes a la verdad ni a las tradiciones de nuestros Padres. No acabaría nunca con este tema, una de las llagas actuales de la Iglesia, que hay que curar con hierro y fuego, si los remedios más leves no fueran eficientes. Por mi parte, estoy decidido a defender con tanto celo y pasión la disciplina de la Iglesia como el dogma mismo.

Carta a Forbin Janson, Junio 1814, EO XV núm. 125

 

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