SE VE CON AGRADO EL MOMENTO EN QUE NUESTRO SEÑOR REAPARECE EN LA CASA QUE HABITÓ EN ESTA TIERRA

Escribiendo desde Loreto, a Tempier en Francia:

Sin haberme acercado mucho a ustedes aún, estoy ya a 275 km de Roma, de donde salí en diligencia el día de la Ascensión a la una de la tarde. El viaje ha sido agradable y puntual, pues llegué ayer a las once de la mañana. 

Loreto es famosa por tener lo que la tradición identifica como la casa de Jesús, María y José, transportada desde Nazaret. Para Eugenio fue una oportunidad significativa para meditar sobre la encarnación. Al celebrar Misa en esta casa, tuvo una intensa consciencia de la presencia de Jesús, esta vez en la Eucaristía, y del lugar donde estuvo presente físicamente durante su vida.

Esta mañana tuve la dicha de ofrecer el santo sacrificio en la venerada casa donde estuvo el Hijo de Dios; no es un palacio, pero inspira sentimientos que no se experimentan en los palacios de los grandes de la tierra. Cuando uno celebra en el santo lugar, ve con agrado llegar el momento en que Nuestro Señor reaparece en la casa que habitó al pasar por esta tierra

Carta a Henri Tempier, Mayo 7, 1826, EO VII núm. 239

 

“Lo que una persona asimila en la contemplación, se transforma en amor.”   Meister Eckhart

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COJEANDO AL SALIR DE ROMA

Comida con el teólogo Lanteri.  Tengo ya el viaje en diligencia el domingo 30, para regresar a Francia, pasando por Loreto, Milán y Turín..

Diario en Roma, Abril 22, 1826, EO XVII

El tiempo era frío y húmedo; no sé si debo atribuir a eso o tal vez a un exceso de fatiga, un dolor muy vivo en los músculos de la pierna izquierda y una debilidad muy marcada en esa parte, que casi me impedía caminar.  Debía salir mañana; he logrado diferir la salida hasta el jueves.

Diario en Roma, Abril 29 1826, EO XVII

El mal ha aumentado en vez de disminuir.  Intenté salir, pero caminaba con gran dificultad.  Al llegar a casa del marqués de Croza, quiso llevarme a un paseo en coche, lo cual  no me hizo ningún bien; y al regresar, creí que nunca llegaría a casa.  Si esto sigue así, menudo viaje me espera, porque estoy  decidido a terminar y salir el jueves sin falta.

Diario en Roma, Abril 30, 1826, EO XVII

Los músculos de mi pierna están más irritados y débiles que nunca. No pude salir hoy, y con gran dificultad pude celebrar. Esta molestia me da la impresión de ser una ciática.  Sí es así, necesitaré paciencia.

Diario en Roma, Mayo 1°, 1826, EO XVII

No sé si debiera ver esta demora como muy afortunada de algún modo; el caso es que le pido no dejarse alarmar excesivamente, pues ese sábado tuve un dolor en el muslo similar al que me aquejó en el brazo hace dos años. No podía caminar, así que imaginará mi predicamento, pues Dios sabe cuánto utilizo mis piernas. Afortunadamente, la esposa de un doctor que vio mi difícil situación, me dio un frasco del mismo ungüento que Trussy me había prescrito para el brazo; créame que tres aplicaciones fueron suficientes para quitar el dolor y devolverme la posibilidad de caminar. Me encuentro bastante mejor ahora y saldré sin la menor preocupación. Habría querido no mencionarle este pequeño inconveniente, pero mucha gente me vio cojear, y entre otros, dos franceses que salen hoy al sur de Francia. Temí que se refirieran a mí, pudiendo exagerar mi malestar de forma tal que le asustaran, cuando no fue de gravedad.
Estaré en Loreto el sábado y no saldré hasta el martes; confío estar en Milán para el día de Pentecostés y saldré al tercer día de la Festividad, si me es posible encontrar transporte.

Carta a Henri Tempier, Mayo 4, 1826, EO VII núm.  238

 

Después de tanto sufrimiento, una sonrisa al final: “El problema de ser hipocondriaco hoy en día, es que los  antibióticos curan todas las buenas enfermedades.”   Caskie Stinnett

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LA AUDIENCIA DE DESPEDIDA CON EL PAPA

Eugenio comparte con Henri Tempier los detalles de su audiencia con el Papa:

Pero ¿cómo le he dicho todo esto sin mi acostumbrada relación histórica? Se presentó la ocasión y olvidé el tema. Ahora que conoce el resultado, los detalles previos no habrán ya de interesarle, pero pensaré que ha gozado del feliz resultado. Con todo, no pasaré todo lo demás por alto, pues usted quiere conocer hasta los últimos detalles, y por mi parte, tengo verdadera satisfacción en comentárselos…
Al filo del mediodía, los Prelados que estaban antes de mí desaparecieron y me llegó el tumo, al llamado del Papa. Monseñor el chambelán abre la puerta del gabinete del Papa, hace la genuflexión, me anuncia por mi nombre y títulos, retirándose. Estoy por segunda vez a los pies del Jefe de la Iglesia, pero ahora ¡cuántos nuevos títulos había adquirido él en mi corazón y agradecimiento! justo es lo primero que le digo; pero él lo deja a un lado con amabilidad y me retiene más de media hora en conversación sobre las cosas más interesantes. Como la primera vez, a pesar de su insistencia, me mantuve de rodillas ante él todo el tiempo de esta audiencia. El Papa estaba sonriente y dispuesto a concederme todo lo que le pedía.
Había anotado dieciséis puntos y empecé rogándole me permitiera ser indiscreto por ser la última vez que tenía la dicha de verle. La audiencia fue en conversación muy animada, pues no hubo intervalo. Sería demasiado largo contarle todo lo que comentamos; hubo incluso cosas que me guardaré de escribir, aunque ello fuera una prueba evidente de la confianza del Santo Padre. Me encontraba muy a gusto y no temí hablarle con el corazón  sobre bastantes cosas; pero tendría que volver a empezar mi carta para decírselo todo. Conténtese de momento con saber que consintió amablemente en ser el protector de la Congregación, que me autorizó a declarar que extendía ad perpetuum todos los favores e indulgencias que había otorgado ad septennium en el rescripto del mes de diciembre; que autoriza a todos los miembros de la Congregación a celebrar dos horas después de mediodía, por viajes, etc.; que los dispensa del Oficio divino los días más ocupados durante las misiones; y que los faculta una vez al año y en peligro de muerte, para ser absueltos por su confesor de toda censura, irregularidad, etc.
Pero todos estos favores estaban entremezclados con palabras preciosas que nunca se deberían olvidar. Me entregó una carta para mi tío, encargándome le saludara afectuosamente; me prometió un rosario para él, y nos dio a todos la bendición apostólica de rore caeli, dijo, con la expresión más tierna. Finalmente no quiso que le besara los pies, aunque me presentó dos veces la mano.

Carta a Henri Tempier, Abril 16, 1826, EO VII núm. 237

 

“La felicidad no puede ser una trayectoria, una posesión, una ganancia, utilizarse ni consumirse. La felicidad es la experiencia espiritual de vivir cada minuto con amor, gracia y gratitud.”   Denis Waitley

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SI HUBIERA VISTO AL PAPA EN LA AUDIENCIA QUE ME CONCEDIÓ AYER, HABRÍA LLORADO DE EMOCIÓN

Si usted hubiera visto al Papa en la audiencia de media hora que me concedió ayer, habría llorado de emoción. Con qué bondad me hablaba, con qué gracia sonreía a lo que yo le decía, con qué generosidad me concedía todo lo que le pedía, con qué confianza, no puedo privarme de decírselo, me hablaba de cosas muy secretas, que mostró la opinión que benévolamente tenía de mí, aunque sabía ya todo lo que el Santo Padre había dicho acerca de mí en diversas ocasiones, a personas diferentes. Así, me encontraba muy a gusto, aun estando arrodillado a sus pies, que nunca me permitió besar; me presentó, en su lugar, su santa mano que besé, con emoción y devoción, tomando la libertad de ponerla sobre mi frente.

Carta a Henri Tempier, Abril 16, 1826, EO VII núm. 237

En su diario, Eugenio registró su comentario y reacción personal:

Fui recibido en la misma sala que la primera vez. El Papa estaba sentado en el mismo sitio, pero lo encontré mucho mejor. Me hizo señas de que me acercara, para abreviar el ceremonial que pide tres genuflexiones, sólo hice una antes de colocarme junto a sus pies, donde quedé de rodillas a pesar de su insistencia en que me levantase. Las primeras palabras que le dirigí fueron de agradecimiento por las atenciones de que Su Santidad me había colmado; el Papa comprendió mi sinceridad, y me dijo que había hecho por mí lo que…, es decir, lo que había que hacer. El Santo Padre me dio tanta confianza que enseguida  entablamos una conversación muy interesante, y si por mi parte le abrí del todo el corazón, él me habló con una confianza que me mostró la gran estima que tiene por mí. Aproveché tan hermosa ocasión para presentarle todas las peticiones que tenía anotadas. Sólo pedí perdonara mi indiscreción la última vez que estuve a sus pies. Había anotado dieciséis artículos que le presenté uno tras otro. El Papa no me negó nada; al contrario, con la bondad que le caracteriza, quiso concederme cuanto le pedí…
Nunca olvidaré todos los demás detalles de esa memorable audiencia. Terminé pidiendo al Santo Padre un rosario para mi tío y una medalla para mí. “El jubileo me ha dejado sin nada, me contestó, pero mañana entregaré a mons. Caprano lo que desea”. Y no lo olvidó, porque, en efecto, le entregó un rosario maravilloso engarzado en oro, con un broche y una medalla de oro, además de dos medallas de plata para mí. No fue posible besarle los pies, aunque me presentó dos veces la mano, que besé con profunda devoción. Le pedí la bendición apostólica para mi madre, mi hermana, sus hijos, su familia, mi tío, nuestra Sociedad y para mí mismo: “¡Oh!, se la doy de todo corazón, de rore coeli, dijo levantando los ojos al cielo, y hablándome de nuestros socios dijo: “que sigan trabajando mucho para el bien de las almas, etc”. Me encargó  saludara a mi tío y me deseó un feliz viaje.

Diario en Roma, Abril 15, 1826, EO XVII

 

“El nuevo Papa sabe que su tarea es que la luz de Cristo brille más para los hombres y mujeres del mundo – no la propia, sino la de Cristo.”    Papa Benedicto XVI

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EL BUEN DIOS SE COMPLACIÓ EN PREPARARME EL CAMINO Y ABRIR TODOS LOS CORAZONES

Cuando finalmente Eugenio se prepara para salir de Roma, ve en retrospectiva la presencia y la bendición de Dios en todo lo que ahí logró.

De no haber estado plenamente convencido de que Dios me preparó el camino y abrió todos los corazones, tendría ciertamente motivos para enorgullecerme, al ver la diligencia, la estima y el afecto que todos me han mostrado durante mi estancia en esta capital del mundo. Gracias al Señor, ni siquiera me he visto tentado por el orgullo; pero mentiría si dijera que no estoy satisfecho y confortado por la recepción general; al contrario, he experimentado en ello un sentimiento de alegría y de agradecimiento, porque debo decírselo, desde los lacayos, los hermanos legos, etc., hasta el Papa, todos me daban testimonio de aceptación o  afecto.

Carta a Henri Tempier, Abril 16, 1826, EO VII núm. 237

 

“Tal vez nada nos ayude más a salir de nosotros mismos y ver hacia el mundo, que recordar la gratitud hacia Dios. Tal perspectiva pone a Dios a la vista en la vida, no solo en los momentos que tomamos para la adoración o disciplina espiritual. No solo en los momentos en que la vida parece fácil.”   Henri Nouwen

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LA OBEDIENCIA DE LOS SACERDOTES OBLATOS SE DEBE PRIMERO A LA CONGREGACIÓN Y LUEGO AL OBISPO LOCAL

Eugenio se refería a nosotros como hombres de los obispos y trató de asegurar que nuestro ministerio y la presencia en las diócesis estuvieran en comunión con el ministerio y el espíritu del obispo. Sin embargo, por la aprobación papal, en los casos en que el deseo del Obispo no fuera el de mantener nuestra Regla o su espíritu, la  Congregación recibiría el beneficio de la duda.

La naturaleza de cualquier Instituto aprobado por la Santa Sede, es que los sacerdotes que se agreguen a él deban seguir la obediencia profesada al Instituto en todo lo que es incompatible con la del obispo.
De otro modo, no estaría y nunca habría estado en poder de los Sumos Pontífices aprobar religión o congregación alguna, para no sustraer de la obediencia al obispo a ciertos sacerdotes. Los religiosos quedan realmente y de hecho bajo la dependencia de los Ordinarios, en cuanto sea posible, conforme a la Regla religiosa.
Así, la aprobación para las confesiones la da solo el Ordinario. En las diócesis donde están establecidos, están perfectamente sujetos a todo lo referente a la disciplina exterior, y el obispo puede visitarlos, suspenderlos y expulsarlos de su diócesis por todas las causas canónicas que le dan derecho, igual que a cualquier otro de sus sacerdotes. En las diócesis donde no estén establecidos, no pueden ir a ejercer los sacramentos y la palabra de Dios sin el llamado expreso del obispo, en cuyo caso lo harán bajo su vigilancia y corrección cuando él lo juzgue oportuno; además, tiene amplia libertad para acordar con los superiores acerca de los individuos que empleará en la obra para la los que los solicita; ahí termina la autoridad del obispo.
Si tuviera el poder de disponer de sus diocesanos oblatos como si no estuvieran ligados por ningún otro lazo, la obra misma quedaría destruida y la autoridad pontificia se volvería ilusoria…

Carta a Henri Tempier, Abril 9, 1826, EO VII núm. 235

 Hoy en día, nuestra Regla de Vida mantiene este principio: “ Por amor a la Iglesia, los Oblatos cumplen su misión en comunión con los pastores que el Señor ha puesto al frente de su pueblo; aceptan lealmente, con fe esclarecida, la enseñanza y las orientaciones de los sucesores de Pedro y de los Apóstoles..” CC&RR, Constitución 6

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COMPRENDIENDO EL SIGNIFICADO DE SER UNA SOCIEDAD RELIGIOSA APROBADA POR EL PONTÍFICE

El P. Tempier solicitó al inicio de 1826, dispensas para la ordenación de los Hermanos  Martin y Richaud. El Obispo Arbaud respondió en el mes de marzo, que estas personas, originarias de Gap, debieran comprometerse a volver a la diócesis si dejaran la Sociedad o si ésta se retirara algún día de Notre Dame du Laus.

… No comprendo la conducta del obispo de Gap; temblé ante la concesión que usted se disponía a hacerle. ¿Se da cuenta usted? No podemos en conciencia. No se ha percatado usted todavía de lo que somos, no es posible.

Ahora que los Oblatos tenían la aprobación del Papa como congregación religiosa, tenían un status que ningún obispo podía tocar ni modificar.

En ningún caso tiene usted permitido perder miembros de la Congregación. Si ellos dejaran la Sociedad, que vuelvan legítimamente a su diócesis; pero en caso de que nos retiráramos de su diócesis, lo cual ciertamente no tenemos intención de hacer, no por ello tendríamos  derecho de hacer salir de la Sociedad a los miembros que eventualmente fueran los diocesanos del obispo. Limítese pues a decirle que en adelante, si se opone a que sus diocesanos vengan a nuestra sociedad, no los recibiremos; pero que aquellos que son miembros ya de la Congregación no pueden hacer una declaración que sería nula por completo según el derecho, al ser contraria a los votos aprobados por la Iglesia, que los equiparan a todos los demás miembros de las Congregaciones religiosas; por cierto, Monseñor no tendría la idea de exigirles semejante declaración, que sería contraria a todas las leyes canónicas.

Carta a Henri Tempier, Abril 9, 1826, EO VII núm. 235

 Actualmente nuestra Regla de Vida hace eco a ello en la Regla 7d: “La fidelidad a nuestra vocación oblata ha de guiarnos en nuestras empresas misioneras y en la aceptación de las tareas pastorales” CC&RR

Nuestras relaciones con los obispos locales se guían a través de un contrato entre ellos y los Oblatos: “

Corresponde al Superior general en consejo aceptar una nueva Misión y aprobar los contratos generales entre una Provincia y el Ordinario del lugar.” CC&RR, Regla 7e

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LA MUERTE COMO OCASIÓN DE UNA NUEVA COMUNIÓN

Empleé la mañana en dar la primera comunión a las jovencitas del convento francés de San Dionisio; imagine mi dolor al tener que hablar a esas jóvenes de la edad de nuestra pobre Carolina, vestidas como la vi el año pasado casi por esta misma época, el día de su primera comunión e incluso después de su muerte. Mis sentimientos, y por consiguiente mis aflicciones, no son pasajeros.

Carta a Henri Tempier, Abril 9, 1826, EO VII núm. 235

 Eugenio recuerda el doloroso ministerio a su sobrina Carolina de Boisgelin, quien había fallecido a los nueve años, menos de un año antes.

Las entradas se encuentran en   http://www.eugenedemazenod.net/esp/?p=1877  y a continuación describimos los eventos. En su diario, Eugenio ofrece una visión íntima de sus sentimientos, al recordar lo sucedido.

La señora Beaudemont, superiora de las religiosas del convento de San Dionisio, me solicitó  fuese a decir la misa a su iglesia para la primera comunión de algunas alumnas. Acepté la invitación, aunque si el ministerio en parte me fue de consuelo, por otra mi corazón se sintió desgarrado al ver a esas niñas de la misma edad que nuestra pobre Carolina, vestidas precisamente como la vimos al recibir la primera comunión, coronada de flores en su lecho de muerte. ¡Oh, cómo puede uno estar resignado a la voluntad de Dios, sin por ello evitar una profunda aflicción! ¡Pobre angelito! Yo estuve en la habitación  contigua a la de mi hermana cuando vino al mundo, la bauticé y me estaba reservado el honor de asistirla en su muerte y darle la extrema unción. La naturaleza se revela, pero la gracia la somete apelando a la fe y a la esperanza. ¡Querida niña! Te veo en el cielo con el que contabas con tanta seguridad y sencillez: Talium est enim regnum coelorum (Mateo 19, 14); son las palabras que hice grabar sobre tu tumba. Ahora que reinas con Dios, a quien tanto deseabas tener, pide su clemencia y misericordia para aquellos que como yo, han merecido estar separados de él para siempre, pero se atreven todavía a esperar, por los méritos de Jesucristo y las oraciones de los santos, llegar a la patria bienaventurada, para allí amar y alabar eternamente a Jesucristo, que vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.

Diario en Roma, Abril 9, 1826, EO XVII

 

“Piensa en tu hijo entonces, no como alguien que murió; no como una flor marchita, sino como una que fue trasplantada y tocada por una Divina mano, que florece en colores más brillantes y sombras más dulces que las de la tierra.”   Richard Hooker

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VOCACIONES OBLATAS: LOS TESOROS TERRENOS LLOVERÁN SOBRE ELLAS

Trabajemos bien por Dios, lo repito una vez más a propósito de nuestro jubileo de Aix. Que se tome en cuenta el instruir y convertir, y si es posible, procurar algún medio para perseverar; para ello haría falta que nuestras casas estuvieran más provistas de personal. ¡Dios mío! Recemos eficazmente para que el Padre de familia nos envíe obreros para cultivar la viña que nos confió. Esta gracia, le tocaría a nuestra buena Madre obtenérnosla para gloria de su divino Hijo; pidámosela, pues, con fervor y perseverancia. 

Eugenio hace también una observación triste sobre cómo algunos de los sacerdotes de su época en el sur de Francia veían al sacerdocio como una oportunidad de lograr un mayor bienestar propio y para sus familias.

Necesitaríamos hombres que hubieran terminado sus estudios, filósofos y teólogos, pero los individuos de esa clase ponen sus ojos en los tesoros que van a llover sobre ellos; en la casa de sus padres no se comía más que pan y cebolla, y se creen destinados a ser columnas de la Iglesia.

Este no era el caso con los Oblatos – y explica por qué tenían menos vocaciones.

¡Qué gracia necesitan para adquirir ideas más justas y más razonables!

Carta a Henri Tempier, Abril 13, 1826, EO VII núm. 236

 

“Por cualquier cosa que valga la pena habrá que pagar el precio; y el precio es siempre el trabajo, paciencia, amor, auto-sacrificio – no el papel moneda, promesas de pago, sino el oro del servicio.”   John Burroughs

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TODOS HABRÁN DE COMPRENDER QUE LOS HOMBRES NO SON DE HIERRO Y QUE HASTA EL HIERRO SE DESGASTA

El padre de la familia se preocupaba por el bienestar de sus Oblatos:

Noche y día pienso en los trabajos de nuestros Padres y no puedo tranquilizarme al respecto. No es posible que resistan; siento verdaderamente una pena cruel. ¿Cuánto va a durar ese Jubileo tan ponderado en nuestra ciudad de Aix? Veo desde aquí a Suzanne forzando su voz en esa gran iglesia de San Salvador ¿cómo no va a resentirse su pecho? Y Courtés ¿no se forzará también, aunque predique en una iglesia menos amplia?
Que por lo menos no se piense añadir a ese trabajo algún otro. Tome medidas de antemano: es absolutamente indispensable, y deseo definitivamente que descansen un mes entero después de tan excesiva fatiga.
Y cuando digo descansar, me refiero a un cese total de predicación, al menos para aquellos que lo hacen desde hace tiempo, y para los demás que se encuentren cansados de un trabajo más corto, pero por encima de su fuerza. Simplemente hay que rehusar cualquier propuesta, sin temer dar el motivo: todo el mundo sabe que los hombres no son de hierro y que hasta el hierro se desgasta.

Carta a Henri Tempier, Abril 13, 1826, EO VII núm. 236

 Esta preocupación forma parte de nuestra Regla de Vida actual: “Nuestras comunidades ofrecerán a sus miembros posibilidades de recreo, descanso y esparcimiento.” CC&RR, Regla 39b

 

“La fatiga se burla de todos nosotros. Te roba tus habilidades y juicio y te ciega a las soluciones creativas. Es el atleta mejor acondicionado, no el más talentoso, quien  generalmente gana cuando la marcha se dificulta.”      Harvey Mackay

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