LOS SEMINARISTAS DIOCESANOS Y LOS ESCOLÁSTICOS OBLATOS

Concluyendo las presentaciones sobre la importancia de que los Oblatos se encargaran del seminario en Marsella (iniciando el camino en la participación en la educación en los seminarios en todo el mundo), Yvon Beaudoin nos da algunas cifras interesantes.

“La diócesis de Marsella, entonces la más pequeña de las diócesis de Francia por su extensión, pasó de 150.000 a 300.000 habitantes de 1826 a 1861. Esta población, casi por entero católica, era atendida en 1826 por 171 sacerdotes, la mayoría ancianos, y por 378 en 1860. El número de seminaristas, que ascendía a 70 en 1827, bajó a una treintena tras la Revolución de julio en 1830, y fue ascendiendo lentamente a unos 40 entre 1840 y 1854, y luego fue de 60 a 80. Los oblatos vieron pasar por sus manos a cerca de 330 seminaristas y los obispos de Mazenod efectuaron 300 ordenaciones sacerdotales.

               El seminario de Marsella jugó un papel importante en la historia del Instituto, no solo porque se trataba del primer seminario dirigido por los oblatos, sino también porque acogió igualmente como externos a los escolásticos de 1827 a 1830 y de 1833 a 1835, y luego como pensionistas de 1835 a 1854. Poco numerosos al principio, pasan a ser entre 20 y 40 por año, de 1835 a 1854. Alrededor de 225 escolásticos recibieron al menos una parte de su formación en el seminario mayor de Marsella, y 209 fueron ordenados sacerdotes por Fortunato y Eugenio de Mazenod entre 1827 y 1854.”Beaudoin, “Marsella, Seminario Mayor (1827-1862) ” en el Diccionario Histórico Oblato.

El Papa Francisco recuerda el efecto que sus profesores en el seminario tuvieron en él:

“Ingresé al seminario diocesano. Me gustaban los Dominicos, y tenía algunos amigos con ellos. Pero luego elegí a la Sociedad de Jesús, que conocía bien, pues el seminario estaba al cuidado de los Jesuitas. Tres cosas en particular me impactaron de la Sociedad: el espíritu misionero, la comunidad y la disciplina.”   Papa Francisco

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LOS PROFESORES OBLATOS SON TAN MISIONEROS COMO SUS HERMANOS PREDICADORES

Yvon Beaudoin continúa la explicación de la participación de los Oblatos como  profesores,  en el seminario mayor de Marsella.

Hay que reconocer que la mayoría de los directores no aceptaron el cargo más que por obediencia. Casi todos deseaban más bien ser predicadores y misioneros. No sin motivo, el Fundador y los capitulares de 1850 encargados de redactar los artículos de la Regla sobre los seminarios, trataron de demostrar la importancia de esa tarea y su estrecho vínculo con el fin principal del Instituto. El artículo 1 decía en efecto:

“El fin más excelente de nuestra Congregación, después de las misiones, es la dirección de los seminarios donde los clérigos reciben la educación que les es propia; allí, en efecto, en lo escondido de la casa de Dios y bajo la protección de la Santísima e Inmaculada Virgen María, se forman aquellos que deberán enseñar a los pueblos la sana doctrina y conducirlos por el camino de la salvación. Los misioneros prodigarían inútilmente sus sudores por arrancar a los pecadores de la muerte, si no hubiera en las parroquias sacerdotes santos y animados del espíritu del divino Pastor, encargados de apacentar con cuidado vigilante y constante a las ovejas que se han devuelto a su redil […]”.

Se trababa de una cálida invitación a comprender que los profesores, como sus hermanos predicadores son misioneros, pues con su trabajo contribuyen al menos indirectamente al mantenimiento y a la propagación de la fe, formando sacerdotes celosos.  Beaudoin, “Marsella, Seminario Mayor (1827-1862)” en el Diccionario Histórico Oblato.

 

“La educación es la clave del éxito en la vida, y los maestros tienen un impacto duradero en las vidas de sus estudiantes.”   Solomon Ortiz

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ELEVANDO EL NIVEL INTELECTUAL DE LA CONGREGACIÓN

 

Eugenio escribe respecto al nombramiento del  Padre Albini al seminario:

¡Sabes bien que si recayera enfermo y no pudiera emplearlo en el puesto que le he  destinado…

Carta a Jean Baptiste Honorat. Agosto 23, 1827, EO VII núm. 275

“De 1827 a 1862, solo hubo dos superiores: los Padres Tempier y José Fabre; pero pasaron también 43 directores, que en promedio permanecieron solo dos o tres años… Además del P. Albini, algunos otros directores fueron vistos por Mons. de Mazenod y los contemporáneos, como hombres de grandes virtudes, si no como santos…

Al aceptar la dirección del seminario, el Fundador tenía sin duda en cuenta el bien que podía también  resultar para elevar el nivel intelectual de la Congregación. El artículo 7 del párrafo de la Regla sobre los seminarios expresa, por otra parte, esa esperanza con estas palabras: “No será pequeña ventaja para nuestra Congregación que algunos Padres que se han ocupado muchos años de la formación de los clérigos, se diseminaran en otras casas para mayor provecho de la doctrina y de la observancia regular”..”    Beaudoin, “Marsella, Seminario Mayor (1827-1862)” en el Diccionario Histórico Oblato

Actualmente, nuestra Regla de Vida insiste sobre la formación permanente para todos los  Oblatos:

La formación permanente abarca todos los aspectos de la vida personal del Oblato. Renueva y desarrolla su vida espiritual y sus recursos interiores, favorece el crecimiento de su madurez emocional y afectiva y perfecciona su habilidad pastoral. En todas las etapas de su desarrollo, le ayuda a verificar cómo se realiza la unidad entre su vida y su misión”

CC&RR, Constitución 69

 

“El maestro que es fiel a su misión y logra el mayor bien, debe dar prioridad tanto a la instrucción moral, como a la intelectual.”      Sheldon Jackson

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NUEVO IMPULSO MISIONERO A LOS OBLATOS: UNA EDUCACIÓN SUPERIOR

Eugenio escribe respecto al nombramiento del  Padre Albini al seminario:

¡Sabes bien que si recayera enfermo y no pudiera emplearlo en el puesto que le he destinado…

Carta a Jean Baptiste Honorat. Agosto 23, 1827, EO VII núm. 275

 “Una escuela vale lo que valen sus maestros. En 1827, la Congregación no contaba todavía más que con una quincena de Padres, y ninguno había hecho estudios que le prepararan para la enseñanza en el seminario mayor.  Con todo, el P. de Mazenod podía contar con dos hombres de confianza, todavía jóvenes, pero religiosos entregados, con múltiples talentos: el P. Tempier, que sería el superior de la casa durante 27 años, y el P. Carlos Domingo Albini, profesor de moral de 1827 a 1835. Los otros dos o tres directores, escogidos entre los mejores oblatos, cambiaron con más frecuencia,

No es fácil saber exactamente cuáles fueron, durante mucho tiempo, los criterios que dirigieron al P. de Mazenod para escoger a los directores. En efecto, apenas en 1850 se redactó la parte de la Regla relativa a los seminarios, donde se mencionan las cualidades requeridas para esa función” Beaudoin, “Marsella, Seminario Mayor (1827-1862)” en el Diccionario Histórico Oblato, Volumen 1

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UN NUEVO IMPULSO MISIONERO A LOS OBLATOS: LA FORMACIÓN EN EL SEMINARIO

Como respuesta a la necesidad del clero de cambio y formación, Eugenio estaba por enviar al Padre Charles-Dominique Albini al seminario mayor de Marsella como profesor y formador. Escribe al P. Honorat a propósito de ello:

¡Sabes bien que si recayera enfermo y no pudiera emplearlo en el puesto que le he destinado, sería un desorden terrible y acarrearía una consecuencia grave!

Carta a Jean Baptiste Honorat. Agosto 23, 1827, EO VII núm. 275

Yvon Beaudoin explica el antecedente.

“La diócesis de Marsella había tenido un seminario floreciente, dirigido por los Padres Lazaristas de 1648 a 1791. La Revolución suprimió la diócesis y cerró el seminario.

A su llegada a Marsella en 1823, monseñor Fortunato de Mazenod, primer obispo de la diócesis restablecida, fue saludado por 24 seminaristas marselleses que recibían su formación en Aix.  Ya en el mes de diciembre los llevó a Marsella, donde se abrió un seminario provisional en la calle Roja, y luego a Saint-Just, bajo la dirección de tres sacerdotes diocesanos.

El P. Francisco de Paula Enrique Tempier, nombrado vicario general de la diócesis en 1823, se encargó de hacer construir en la calle Roja un edificio que recibió a los seminaristas de 1827 a 1862, y después fue demolido para liberar los accesos a la nueva catedral.

En los nuevos locales, el obispo quería también instalar a un nuevo equipo de directores, preferentemente religiosos, para mayor unidad en la doctrina y en la formación. Recurrió a los sacerdotes del Sagrado Corazón, a los sulpicianos y a los lazaristas, pero sin éxito. Entonces confió la dirección del seminario a sus misioneros diocesanos, los Oblatos de María Inmaculada.

El P. Eugenio de Mazenod se preparaba desde hacía unos años para aceptar esa obra que la Regla de 1818 excluía, para dejar a los misioneros ocuparse enteramente de la predicación de las misiones parroquiales. Ya el Capítulo de 1824  había decretado que en adelante “no estaría prohibido encargarse, en caso de necesidad, de la dirección de casas eclesiásticas”. En la nueva redacción de la Regla en 1825-1826, la reforma del clero sigue siendo uno de los fines de la Congregación, sin que se trate del seminario, pero la súplica del 8 de diciembre de 1825 y el breve Si tempus unquam con el que León XII aprueba  la Regla el 21 de marzo de 1826, mencionaban la dirección de los seminarios como fin secundario del Instituto.

El Fundador no vio, pues, ningún impedimento jurídico para la aceptación del seminario de Marsella; el aumento del personal oblato en 1826-1827 le permitía también formar una nueva comunidad, la cuarta de la Congregación.”

Beaudoin, “Marsella, Seminario Mayor (1827-1862)” en el Diccionario Histórico Oblato

 

“La formación espiritual en la tradición cristiana, responde a una pregunta humana específica: ‘¿Qué tipo de persona seré?’ Es el proceso para establecer la naturaleza de Cristo en la persona. Es todo de lo que se trata.”   Dallas Willard

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SUBSANANDO EL DEPLORABLE DESASTRE DE AÑOS RECIENTES

Eugenio estaba consciente de que su prioridad desde que ingresara al seminario, había sido la necesidad de buenos sacerdotes. Nuestra Primer Regla como Misioneros en 1818 reflejaba esta conciencia, y se hizo parte de nuestros objetivos como Oblatos:

Articulo 1. Un fin no menos importante de su Instituto, al que intentarán llegar con tanto celo como al fin principal, es reformar el clero y reparar, en cuanto esté en ellos, el mal que han hecho …

Regla de 1818, Primera Parte, Capítulo Uno. Finalidad del Instituto, §3. Misiones, 78 (1951) p.14-15

En 1826 se modificó la redacción de este artículo en las Reglas aprobadas por la Iglesia, en Roma:

Todos están conscientes de los muchos males que han resultado del deplorable desastre de años recientes, como los males ocasionados por la apostasía de una multitud de sacerdotes, quienes, a pesar del glorioso ejemplo de tantos de sus hermanos, perdieron el fervor de su estado, atrayendo la ruina sobre ellos y muchos otros. Es debido a esta situación, que nuestra Sociedad, con igual celo y perseverancia, toma también como uno de sus propósitos allegar medios especiales de salvación a dichos sacerdotes.

Regla de 1826, Capítulo Uno, §1, Art. 6

La respuesta de Eugenio tenía varios puntos. Tanto él como los Oblatos, estaban comprometidos a estar disponibles a acompañar a los sacerdotes que requerían renovarse, al darles la bienvenida a nuestras comunidades para retiros y dirección. A partir de 1827, la respuesta de los Oblatos también fue de capacitar a los futuros sacerdotes en los seminarios. Como Vicario General de Marsella, se comprometió a las mismas metas para el clero de la diócesis.

 

“El cambio personal tiene como resultado automático el cambio social.”   Ramana Maharshi

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UN SISTEMA NECESARIO DE PURIFICACIÓN

La Evangelización de las personas requería buenos sacerdotes que les acompañaran en su conversión y crecimiento espiritual. Eugenio estaba comprometido a este ideal, tanto como  Oblato como Vicario General del Obispo Fortuné en Marsella.

Seguimos nuestro sistema de purificación, dos o tres expulsiones cuando más y toda nuestra campiña estará en buenas manos; el Jubileo también ha hecho maravillas por doquier; los comentarios de nuestros sacerdotes en las parroquias son espléndidos, todo mundo va a confesión …

Carta, Marzo 24, 1827, en REY (I, 426)

El P. Woestman comenta sobre el antecedente de la reforma de los clérigos: “Para una comprensión real de la intención de De Mazenod, hay que tener en mente la situación religiosa de Francia en esa época. Todas las comunidades religiosas de hombres y mujeres en Francia habían sido suprimidas durante la Revolución (1789-1799), sus casas e Iglesias habían sido destruidas o utilizadas para propósitos seculares, el clero secular era  perseguido – asesinados, encarcelados, enviados al exilio y se ocultaban – y todos los seminarios estuvieron cerrados por muchos años. Los efectos continuaron mucho después del fin de la persecución. Es por ello que el número de sacerdotes activos entre 1809 y 1815 cayó de 31,870 a 25,874. W. Woestman, “Sacerdotes” en el Diccionario de Valores Oblatos (http://www.omiworld.org/dictionary.asp?v=11&vol=1&let=S&ID=1182)

 

“Ningún hombre sensato buscará cambiar al mundo, cambiar a una nación; y todos lo saben, menos los tontos, que el único cambio fuerte, aunque lento, es que cada quien se perfeccione a sí mismo.”   Thomas Carlyle

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PERMITIR QUE LA ENFERMEDAD SEA UNA FUENTE DE SANTIDAD

Una de las preocupaciones constantes de Eugenio era la salud de sus Oblatos. Como misioneros tenían un gran celo, que a menudo los llevaba a desoír el sentido común al tratarse de su bienestar físico. Les recuerda a los superiores de las comunidades acerca de este aspecto.

… Si es así ¿cómo pudiste dejarle emprender una misión? No lo podías hacer en conciencia… Si el P. Albini estaba enfermo ¿por qué no esperar la ayuda que yo te habría enviado? En lo importante, no hay que consultar el deseo propio.

Carta a Jean Baptiste Honorat. Agosto 23, EO VII núm. 275

Cuídate y cuida mucho a todos, pues las enfermedades son la pérdida de la regularidad

Carta a Hippolyte Courtès, Julio 15, 1827,  EO VII núm. 272

“Regularidad” no se refiere a estar a tiempo, sino a vivir de acuerdo al espíritu de la Regla  Oblata (“regula”). Al escribir a Marius Suzanne, Eugenio se refiere a su propia vida como ejemplo para tener cuidado. El accidente referido fue una caída que hirió ambas piernas.

Hice mal, mi querido P. Suzanne, lo reconozco, en no haber comentado ciertos detalles del accidente en mis piernas. El P. Guigues te lo explicará, yo casi lo he olvidado. Desde entonces otros acontecimientos me han preocupado: el temor de ver morir a nuestro hermano Reynier de una inflamación, la inquietud, la pena y no sé si debo añadir la fatiga, me hace olvidar mis propios sufrimientos, a los cuales, soy siempre menos sensible que a los de los demás.

Carta a Marius Suzanne, Julio 18, 1827, EO VII núm. 273

Sin embargo, el sufrimiento de alguna enfermedad debe ser utilizado como una fuerza positiva que lleve a todos a la santidad – para acercarlos más a Dios, quien sufrió por todos.

Por ello, no negaré que leí con alegría el diarium que me mandaste. Continuándolo, repararás pronto la brecha casi inevitable que una larga convalecencia ocasiona en perjuicio de nuestra alma. Hay que estar muy pendiente para santificarse en las enfermedades. Uno creería lo contrario, pero la experiencia lo prueba.

Carta a Marius Suzanne, Julio 18, 1827, EO VII núm. 273

 

“La oración es un acto de amor; no son necesarias las palabras. Aun cuando la enfermedad distrae el pensamiento, solo se requiere la voluntad de amar.”     Santa Teresa de Ávila

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POR EL BIEN DE LA PAZ

El Arzobispo de Aix tampoco cooperaba permitiendo que sus hombres se unieran a los  Oblatos. Eugenio aboga por su caso.

¿Tendría la bondad, Monseñor, de consolar a esta alma afligida  que manifiesta insistentemente el deseo de unirse a nuestra Sociedad? Creo poder decir que es probable que con un buen noviciado, el sujeto, que es débil pero no malo, será apto para hacer el bien en su diócesis, o de ser necesario, lo emplearíamos en otra parte. Haremos todo cuanto dependa de nosotros para corregir sus defectos y hacerlo apto para el bien, sin la mezcla de sus imperfecciones.

Carta al Arzobispo de Bausset de Aix, Agosto 13, 1827, EO XIII núm. 62

 En una nota al calce de esta carta, Yvon Beaudoin explica que la persona a quien se refiere, sea ”Probablemente Jacques Symphorien Reynier, sacerdote de la diócesis de Aix, quien había comenzado el noviciado el 11 de agosto, bajo la dirección del P. Guibert. Hizo su oblación el primero de noviembre de 1828, pero fue expulsado inmediatamente de la Congregación.”

Al compartir su frustración con el P. Honorat, Eugenio también explica cómo había trabajado para evitar que los sacerdotes involucrados hicieran juicios imprudentes y tomaran represalias ridículas en contra del Arzobispo de Aix. Era comprensible su resistencia a ceder a sus sacerdotes – pero el ejemplo y ministerio de los Oblatos era lo que les atraía al querer unirse.

… Ni la autoridad del prelado ni los sofismas del superior han convencido a nuestros sacerdotes, a quienes me vi obligado a catequizar, e impedirles cometer un error. Sin embargo, se nos niegan cuatro sacerdotes en una diócesis donde tenemos presencia desde hace once años, con recarga de trabajo. Tenemos a nuestro favor el derecho y la razón, los consejos y las constituciones apostólicas; pero no importa, hay que doblegarse, por el bien de la paz y otras consideraciones más.

Carta a Jean Baptiste Honorat. Agosto 23, 1827, EO VII núm. 275

 

“La paciencia no es solo la habilidad de esperar – sino cómo nos comportamos mientras esperamos.”   Joyce Meyer

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SAN EUGENIO, COMPAÑERO Y GUÍA EN LA ENFERMEDAD Y EN LA MUERTE

Después de una larga pausa, San Eugenio nos habla de nuevo. Mi participación en la enfermedad y la muerte de un familiar cercano dio lugar a una interrupción de estas reflexiones mucho más larga de lo esperado.

Durante este período experimenté la presencia y la guía de San Eugenio. Mientras que yo vigilaba cerca del lecho de muerte durante casi dos semanas, constantemente recordaba la importancia que esta actividad tuvo por Eugenio, en principio para los miembros de su congregación de jóvenes, luego por los Oblatos y los miembros de su familia. Él me enseñó a ver esta actividad como un ministerio.

Considero como un deber principal asistir a todos aquellos de nuestros hermanos que estén en peligro de muerte y a mi alcance.

Carta a Hippolyte Courtès, Julio 22, 1828, EO VII núm. 307

Hay muchas descripciones sobre cómo Eugenio acompañó a los moribundos. Sentí una gran emoción por la descripción de su presencia cerca del lecho de muerte de su padre:

Su muerte ha sido de las más edificaciones. Quiera Dios que pueda gozar al terminar mi vida de tan bellos sentimientos.
¡Qué consuelos proporciona la religión en ese momento supremo al hombre que vive en la fe! Es evidente, por encima de la naturaleza.
¡Qué paz, qué santa seguridad, qué dulce confianza, pero también qué avidez de oír hablar de Dios, qué agradecimiento por sus beneficios, qué humildad! Era encantador y desgarrador a la vez. Se ha dormido en el Señor que le tendrá en cuenta tantas virtudes..

Carta a los estudiantes y novicios, en Ntra. Sra. del Laus, el 24 de octubre 1820,E.O. VI n.55

Un segundo pensamiento guía para mí fue la convicción de Eugene que la muerte de todos los Oblatos significó un complemento a la comunidad oblata en el cielo. Sin duda, esto es válido para todos los que están muriendo – una invitación para animarles recordando por su nombre sus seres queridos que han fallecido y esperan para darles la bienvenida en el paradiso. Un consuelo para nosotros también cuando la persona amada nos ha dejado.

Tenemos cuatro en el cielo; es ya una hermosa comunidad. Son las primeras piedras, las piedras fundamentales del edificio que debe ser construido en la Jerusalén celeste; están ante Dios con la señal, con la enfespecie de carácter peculiar de nuestra sociedad…  Estamos unidos a ellos por los lazos de una caridad particular, son todavía nuestros hermanos y nosotros los suyos; habitan en nuestra casa madre, en nuestra capital; sus oraciones y el amor que siguen teniéndonos nos atraerán un día hacia ellos para que habitemos con ellos en el lugar de nuestro descanso.

Carta a Hippolyte Courtès, Julio 22, 1828, EO VII núm. 307

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