LAS CRUCES DE LOS FALLECIDOS SERÍAN ENTREGADAS A NUEVOS OBLATOS

No tendrán otro signo distintivo más que el que es propio de su ministerio, es decir, un crucifijo que llevarán siempre, suspendido de su cuello, pendiente sobre su vientre, fijado con el cinturón y el cordón al que estará unido.

Regla de 1818, Segunda Parte, Capítulo Uno. Otras observaciones principales

El mayor tesoro de un Oblato es la Cruz que recibimos el día de nuestro compromiso de por vida, la oblación perpetua. Eugenio dio instrucciones precisas acerca del destino de la Cruz a la muerte de los Oblatos:

… Deben pasar a nuevos oblatos, quienes sacarán buen partido de esa herencia. Deseo proceder con mucha  justicia en esa distribución.

Carta a  Hippolyte Courtès, Marzo 8,  1830, EO VII núm. 343

Actualmente,  “nuestro único signo distintivo es la Cruz Oblata” (C63), el único signo distintivo para Eugenio:

La Cruz oblata, recibida el día de la profesión perpetua, nos recordará constantemente el amor del Salvador que desea atraer hacia sí a todos los hombres y nos envía como cooperadores suyos

CC&RR, Constitución 63

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PARECE QUE DIOS QUIERE QUE ME CONTENTE CON SUFRIR

¡Pobre Eugenio al seguir el ministerio de los Oblatos, incapacitado físicamente para participar! Alguien con grandes sueños pastorales e igual cantidad de energía, encontrándose al final de un año que lo había devastado tanto emocional como físicamente.

Quisiera de todo corazón compartir tus fatigas, como cuento tener mi parte en tus méritos, pero parece que Dios quiere me contente con sufrir mi inacción y sus causas.

En vez de sentirse mejor, decía sentirse peor que cinco meses antes, mientras se encontraba convaleciente en Grans.

Estoy peor ahora que en Grans. Te lo comento por el interés que muestras por mi pobre cuerpo.

Carta a Jacques Jeancard, Diciembre 14, 1829, EO VII núm. 341

Estos años de sufrimiento no serían en vano, pues Eugenio emergería con una personalidad más fuerte, a quien podrían aplicarse las palabras de Elisabeth Kubler-Ross:

“La gente más hermosa que hemos conocido, es la que ha sabido de la derrota, el sufrimiento y la lucha, conocido la pérdida y encontrado la salida desde esas profundidades.”

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DIOS CONOCE NUESTRA BUENA VOLUNTAD Y NOS LA TENDRÁ EN CUENTA

¿Qué ocurre con ese pecho? Ahora sí se hace sentir y te quejas de él. Reserva más tu voz; gritas demasiado cuando predicas e incluso al hablar. Toma leche o cualquier otro suavizante; piensa que tienes que durar.

Dejándose llevar por su celo y entusiasmo, el P. Jeancard se había extralimitado en su predicación durante la misión en Saint-Remy y ahora se encontraba mal. Era la historia de prácticamente todos los Oblatos de los primeros días: el entusiasmo y amor por la gente, llevándoles al exceso en el compromiso.

No me sorprende lo que me cuentas de Saint-Rémy;  estaba tan convencido de ello con anterioridad, que planeé  los ejercicios comenzaran ocho días antes del jubileo y dar tiempo de responder a  la numerosa población, ¡pero, pero, pero! siempre hay que terminar así: Hominem non habeo; los que pueden trabajar hacen ya demasiado y hay que contentarse con menos. Dios conoce nuestra buena voluntad y nos la tendrá en cuenta..

Carta a Jacques Jeancard, Diciembre 14, 1829, EO VII núm. 341

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MODERE LA SEVERIDAD DE LAS OPINIONES QUE HA ADOPTADO MUY A LA LIGERA

Una de las formas utilizadas por los Oblatos al prepararse para la evangelización, era el estudio. Uno de los seminaristas había consultado a Eugenio sobre el uso de un libro de teología moral en particular. Se trataba del teólogo Concina, conocido por la rigidez y severidad de sus opiniones. Eugenio había accedido, pero después de alguna reflexión, se dio cuenta de lo que significaba para el Hermano escolástico Pons, quien estaba “inclinado a aceptar las opiniones exageradamente rígidas.” Le escribió de inmediato para que dejara de utilizar el libro y en vez de ello se volviera a la teología moral de Alfonso Liguori, que se basaba en el amor redentor de Dios.

Hice mal, mi querido H. Pons, al tolerar se alimentara de Concina, inclinado como está a aceptar las opiniones exageradamente rígidas. Concina no será nunca el autor de nuestra Congregación. Obtenemos la uniformidad de doctrina que se nos prescribe de autores más seguros; nos complace buscarla en quienes la Iglesia ha reconocido por haber llegado  al cielo por una enseñanza  contraria a la que usted simpatiza. Ligorio, el Beato Ligorio, que será canonizado, es el doctor al que más debemos  aproximarnos. Los jesuitas y otras congregaciones son  más exclusivas que nosotros;  me contento por el momento con el término que he empleado; por eso, mi querido H. Pons, deje descansar a Concina en la biblioteca y tome a Ligorio para moderar la severidad de las opiniones que ha adoptado muy a la ligera.  El pensamiento de ir por el buen camino, siguiendo las huellas de los santos le será de consuelo. Deseaba decirle todo esto en persona, pero mi conciencia me apresura a no dejarlo para mañana, estando en falta debido a mi condescendencia con poca reflexión.
Adiós, querido hijo, le bendigo.

Carta a Alexandre Pons, Enero 28, 1830, EO VII núm. 342

“Poner en práctica las enseñanzas de nuestra fe sagrada, no es suficiente para convencernos de su veracidad; debemos amarlas. El amor unido a la fe nos lleva a la práctica de nuestra religión”.   Alfonso Liguori

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EL VERBO DE LOS OBLATOS: PREDICAR

 

Si nos preguntamos cuál es el verbo para el que nos fundó Eugenio, es el de  “predicar”. Éste resume la razón de ser de nuestra existencia: predicar el Evangelio a los pobres, llevar a los más abandonados la salvación de Dios. Es por ello que insiste en la capacitación adecuada y la preparación para predicar.

…hacerlo  de tal manera,  que al salir de nuestra predicación no sean tentados a admirar tontamente lo que no han comprendido
sino que vuelvan edificados, conmovidos, instruidos.
capaces de repetir en el seno de su familia lo que han aprendido de nuestra boca…

Regla de 1818, Capítulo 3, §1. De la predicación

A los jóvenes Oblatos se les instruía en asimilar la Palabra de Dios como base en la preparación de los sermones y se les daba la oportunidad de practicar anunciando la Palabra en la iglesia.

… Haremos predicar a nuestros subdiáconos el domingo y te aseguro me han gustado mucho los que escuché estos dos domingos. Mille ha estado excelente y Clément muy bien; no lo habría esperado de no haberme prevenido que estaría complacido. El próximo domingo  será  tumo de Pons, el día de Navidad de Paris, y el segundo día de fiesta de nuevo Mille, que no ha comenzado aún a prepararse, lo que prueba que compone con mucha facilidad..

Carta a Hippolyte Courtès, Diciembre 14, 1829, EO VII núm. 340

Si acaso la Familia Mazenodiana pensara que ello se refiere solo a los sacerdotes y diáconos, recordemos que la vocación de cada uno de nosotros es proclamar la Palabra de Dios a través de la calidad de nuestras palabras y acciones en las actividades cotidianas. Como miembros de la familia Mazenodiana, nuestro verbo es “predicar” y para poder hacerlo, necesitamos asimilar la Palabra de Dios, permitiéndole permearnos cada día. (cf. http://www.eugenedemazenod.net/?p=1368 )

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NO SOLO LE AMO TANTO, SINO LE COMUNICO TAN GUSTOSAMENTE TODOS MIS PENSAMIENTOS

Al escribir al Padre Henri Tempier, Eugenio revela parte de su corazón y la importancia de las relaciones cálidas.

Me contento con unir mis  oraciones a las suyas  para atraerle  todas las bendiciones que podría desear para mí y  no es  extraño,  porque siempre le he considerado como otro yo; por eso, no solo le amo tanto, sino le comunico tan gustosamente todos mis pensamientos, aunque me sorprende cada vez más que independientemente de nuestra posición respectiva, le sea tan difícil comunicarme los suyos.

Carta a  Henri Tempier, Octubre 6, 1829, EO VII núm. 338

El P. Yvon Beaudoin nos comenta:

No es fácil resumir la vida completa del padre Tempier. Se puede decir sin embargo, que su papel más importante fue el que desempeñó junto al Fundador. Durante sus primeros años de ministerio sacerdotal en Aix, de 1812 a 1815, Eugenio de Mazenod no tenía un verdadero amigo “capaz de aligerar una pena” y de compartir grandes proyectos. Así se lo confesaba al abate Forbin-Janson, el 12 de septiembre de 1814. Su encuentro con el abate Tempier en 1815-1816 le permite hallar aquello que buscaba y aún más. Además de compartir sus proyectos y de consolarle en las fatigas, el padre Tempier, calmado y reposado, mucho menos emotivo que el Fundador, frena siempre las salidas de tono de éste y le ayuda con su tenacidad, sustituyéndole a menudo en la realización de los proyectos y todas las empresas.

Mons. de Mazenod tiene gran afecto y estima por su colaborador y amigo, para quien no tiene secretos. Le escribe a menudo. Le confía todos los cargos de confianza, le confiesa que le considera “un otro yo” (de Mazenod a Tempier, 16 de octubre de 1829) y que en la Congregación se tiene en tanta consideración al padre Tempier como a él mismo (cfr. de Mazenod a Tempier, 15 de agosto de 1822).

http://www.omiworld.org/es/dictionary/diccionario-hist-rico_vol-1_t/2162/tempier-fran-ois-de-paule-henry/

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ME ENTERO DE LAS COSAS CUANDO ESTÁN HECHAS

El P. Yenveux, quien había recopilado muchas de las cartas del Fundador, comenta acerca de ésta: “El Rev. P. Tempier, sin haber informado a tiempo al Rev. Pr. Superior General de la fecha del retiro anual en la casa de Aix y solicitando al Rev. P. de Mazenod venir a escuchar su confesión de retiro, éste le reprende paternalmente, diciendo que muy a menudo le informa de las cosas hasta que ya se han hecho, lo que es contrario a la deferencia debida a los superiores”.

La carta contiene sentimientos interesantes. Eugenio, probablemente impaciente debido a su convalecencia y sufrimiento familiar, se inclinaba generalmente a seguir de cerca todo lo referente a la Congregación Oblata (en ese entonces sólo éramos 30) y le irritaba la falta de información de parte de Henri Tempier. Podrá haber sido el “Padre Superior”, pero esta carta también muestra que eran “Hermanos Oblatos” cercanos, que era lo importante.

No puedo molestarme con usted por nada, incluso cuando falta a un deber, pues sé que lo hace  por distracción o cierto hábito de independencia que le ha dado su posición en la Sociedad; a pesar de estas reflexiones, no hubiese dudado en  ir con usted, de haberme avisado que su retiro comenzado el domingo sólo duraría cuatro días. Pensé que llegaría después de haber  hecho su confesión y  ya no le sería útil. Me contento con unir mis  oraciones a las suyas  para atraerle  todas las bendiciones que podría desear para mí y  no es  extraño,  porque siempre le he considerado como otro yo; por eso, no solo le amo tanto, sino le comunico tan gustosamente todos mis pensamientos, aunque me sorprende cada vez más que independientemente de nuestra posición respectiva, le sea tan difícil comunicarme los suyos. Decida de una vez  ser menos hermético. Me entero de las cosas cuando están hechas. Esta forma de proceder es diametralmente opuesta a  la deferencia y  subordinación, por decir lo menos.

Carta a to Henri Tempier, Octubre 6, 1829, EO VII núm. 338

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NUESTRO AMOROSO SALVADOR SANTIFICÓ NUESTRAS LÁGRIMAS AL LLORAR LA MUERTE DE LÁZARO

Continuando la reflexión en su diario por el aniversario de la muerte de Nathalie, Eugenio analiza su dolor.

Pero te amábamos tan tiernamente, que nos prometíamos unos años de felicidad en nuestro afecto mutuo, ¿cómo consolarnos de tu pérdida? El sentimiento sigue tan vivo, tan amargo, como el día de doloroso recuerdo en el que nos fuiste arrebatada. La fe, sólo la fe, con la esperanza de volver a verte en el seno de Dios, puede menguar nuestra pena.  ¡Oh Dios, qué  débil soy! ¿Por qué mi corazón es siempre tan terrenal?  Debería sentir solo la alegría más grande al ver el triunfo de un alma tan querida.  ¡Pero no! Ahí está la naturaleza, para hacer sentir el abrumador dolor, para atravesar con su espada que hiere tan profundamente los corazones. Habría motivos de sobra para reprocharse ser así, o al menos para afligirse, si nuestro modelo, nuestro amable Salvador Jesús, no hubiera santificado nuestras lágrimas y sancionado nuestro dolor, llorando la muerte de Lázaro, a quien resucitaría.

Diario, Noviembre 14, 1838, EO XIX

¡Este es uno de muchos de mis textos favoritos de Eugenio!  Con él soy atraído por la belleza de su personalidad, pues no temía expresar sus sentimientos. Era un hombre de corazón sensible que un Viernes Santo derramó lágrimas al ver la ternura del amor de su Salvador, cuyos brazos extendidos en la Cruz mostraban un corazón roto por él. Muchas veces en sus oraciones había derramado lágrimas, abrumado por el perenne amor del Salvador por él.

En la parte humana, siempre que alguien cercano a él moría, no podía contener su dolor y corazón roto, a pesar de tener una profunda fe.

No era malo llorar, pues Jesús también lo había hecho al morir un amigo cercano, a quien amaba.

 

“Hay cierta santidad en las lágrimas. No son una señal de debilidad, sino de poder.”   Washington Irving

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LA FE, SOLO LA FE, CON LA ESPERANZA DE VOLVER A VERTE EN EL SENO DE DIOS, PUEDE ALIGERAR NUESTRA PENA

Nueve años después, en el aniversario del fallecimiento de su sobrina Nathalie, Eugenio reflexiona en su diario sobre el suceso

14 de noviembre: ¡Doloroso aniversario! Angélica Natalia, te recordé en la santa Misa para agradecer a Dios las virtudes con las que adornó tu hermosa alma y por la gloria que te ha dado. Te veo en el cielo, donde reinas desde que tu creador te llamó para evitarte la malicia y la corrupción del mundo en el que estuviste brevemente, para que todos los que te conocimos lo sintamos. Pero te amábamos tan tiernamente, que esperábamos unos años de felicidad en nuestro cariño mutuo, ¿cómo consolarnos de tu pérdida? El sentimiento sigue tan vivo y tan amargo, como el día de doloroso recuerdo en el que nos fuiste arrebatada. La fe, sólo la fe, con la esperanza de volver a verte en el seno de Dios, puede aligerar nuestra pena.

Diario, Noviembre 14, 1838, EO XIX

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ÁNGEL DE CONSUELO

Eugenio pasó dos meses en casa de su hermana convaleciendo y también realizando “el papel de ángel de consuelo” (Rey I pág. 478) para su sobrina de 19 años, Nathalie de Boisgelin, que agonizaba de una enfermedad respiratoria.

Describe la situación al P. Tempier, compartiendo su angustia:

Ella me confesó que si por una parte la deseaba, por otra la temía muchísimo, pues el purgatorio le atemorizaba horriblemente y todo su cuerpo se estremecía al solo pensar que al dejar este mundo estaría separada de Dios, pues en el purgatorio no vemos a Dios, expiando cruelmente nuestros pecados y lloraba al decirlo. Date cuenta de mi situación; obligado por el deber de conciencia a no desviarla del pensamiento de la muerte que me decía estaba muy próxima, y a ahogar en mi corazón toda la angustia y el dolor que ello me producía.

Carta a Henri Tempier, Octubre 28, 1829, EO VII núm. 339

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