CONVENCERNOS DE LAS IDEAS DE LIBERTAD QUE DEBEN SER TAN NUESTRAS COMO DE CUALQUIER OTRO

Eugenio continúa describiendo el homenaje público a la cruz en Marsella, a pesar de la oposición de las autoridades civiles.

El Alcalde y algunos adeptos de una secta enemiga de la religión quedaron desconcertados. Mientras tanto, recibíamos cartas, visitas y conminaciones de la policía, amenazas y terrible ira; para nuestra dicha, después de los días gloriosos, pudimos convencernos de las ideas de libertad que deben ser tan nuestras como de cualquier otro: respuestas firmes y el propósito de utilizar nuestros derechos. A pesar de que el Alcalde escribió que en caso de que Monseñor no renunciara a su proyecto de procesión lo haría responsable de todos los acontecimientos, se realizó la procesión. Su amenaza tal vez hubiese impresionado a otro, porque en días anteriores permitió que una banda de bribonzuelos recorriese la ciudad cantando la Marsellesa y acabaron rompiendo cristales en el barrio de San Juan. Pero nuestra confianza estaba en el Señor y en el buen espíritu de nuestra gente. Monseñor quiso asistir a la procesión. Nunca se había visto algo parecido desde la misión. El orden, la piedad, el entusiasmo total de los fieles. La concurrencia a la cruz duró todo el día y tuvimos dificultad para desalojar el exterior del Calvario. La Iglesia estaba también llena al querer cerrarla por la noche. No ocurrió nada durante la procesión ni después de ella que pudiera causar la menor pena; por el contrario, había lágrimas en todos, cuando incontables voces cantaban a gritos las enternecedoras palabras en tales circunstancias; ¡Viva Jesús, viva la cruz! etc.

Carta a Jean Baptiste Mille, Mayo 7, 1831, EO VIII núm. 390

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