Una de las dificultades al establecer misiones con religiosos y sacerdotes franceses era que la gente del reino sospechaba que los extranjeros traerían ideas “revolucionarias”.
¿Dirán que somos extranjeros? Pero los miembros de una Congregación reconocida por la Iglesia, con un jefe nombrado por el Papa, son ante todo católicos.
Su vida está consagrada, según el espíritu de su vocación, al servicio de las almas, sin acepción de personas, ni de nación; su ministerio es ante todo espiritual, pertenecen al país que los adopta, viviendo bajo las leyes como súbditos fieles, dedicados únicamente a su misión celestial que ayuda a cumplir todos los deberes con Dios o con el Príncipe, su representante ante los hombres.
Eugenio fortalece su argumentación recordándoles que los apóstoles eran extranjeros, al igual que todos los misioneros extranjeros en todo el mundo.
Los Apóstoles eran extranjeros en los países que Nuestro Señor Jesucristo les encargó evangelizar. Los religiosos que colocaron los cimientos de sus Órdenes en las diversas partes de la cristiandad eran también extranjeros y no fueron rechazados por ello.
Nadie reconocerá más que yo las medidas que lleven a preservar a un estado del contagio de las malas doctrinas e influencia de hombres perversos que perturban en otros lugares a la sociedad, sacudiendo sus cimientos; ¿pero sería razonable suponer también el temor a lo bueno, a lo que está probado, a lo que sólo puede ser útil y ventajoso?
Carta al P. A. Grassi, SJ, Diciembre 11, 1830, EO XIII, núm. 76.
De hecho, fue tal sospecha lo que hizo que los Oblatos no fueran invitados al reino.