Eugenio había esperado pasar sus últimos días en Billens con los escolásticos, pero el Obispo Forbin Janson había llegado de visita inesperadamente y Eugenio debió pasar algún tiempo con él en cambio.
Solo Dios, mis queridos hijos, puede saber qué sacrificio me ha impuesto la amistad conmovedora y solícita del excelente obispo de Nancy. Me había prometido gozar durante algunas horas de su dulce compañía; mi corazón necesitaba explayarse, expresar a cada uno de ustedes el tierno afecto del que está lleno para unos hijos tan dignos de todo mi amor. Fue preciso reprimir y ahogar en cierto modo el impulso de un alma que sentía fuertemente la necesidad de comunicarse, y tuve que dejarles, llevando conmigo mi dolor y mis penas, sin el consuelo que esperaba de sus últimos abrazos y de los momentos que había reservado para dedicarles por completo.
Luego expresa el orgullo y amor de padre por sus hijos Oblatos.
Este sacrificio fue tan grande que me atreví a ofrecerlo a Dios en expiación de lo que tal vez hay de excesivo en el afecto que les tengo, si es que se puede amar demasiado a unos hijos que nunca me han dado el menor motivo de descontento, que van con fervor por el camino que Dios les ha trazado y que ofrecen tan hermosa esperanza a la Iglesia y a nuestra Congregación a la que sirven ya tan bien, con su regularidad y buenos ejemplos.
Aparte de su afecto humano, su amor por los Oblatos siempre estuvo ligado a su bienestar espiritual, para que estuvieran lo más cerca de Dios y a la práctica para ser buenos religiosos y misioneros.
Queridos hijos, que Dios conserve siempre en ustedes la disposición que veo. Ojalá que incluso crezcan en sabiduría y en virtudes, pues ese fondo es inagotable. Saben que el afecto de su padre se mide por los esfuerzos que realizan por acercarse más intensamente a la perfección, a la que todos debemos aspirar.
Carta a Juan Bautista Mille y a los escolásticos, Noviembre 17,1830, EO VII núm. 371