Las reflexiones de Eugenio se encontraban dentro del contexto de la invitación que le hicieran los Jesuitas para celebrar Misa en la fiesta de San Ignacio, su fundador. Admiraba profundamente a San Ignacio y a los Jesuitas, al igual que a su contribución a la Iglesia.
Ayer, la solemnidad y duración de los oficios de la fiesta de San Ignacio a los que fui invitado presidir y estando en el último día de mis 48 años, trajeron a mí una mayor devoción y más santos deseos, dándome tiempo también para reflexionar bajo la influencia de Jesucristo presente y expuesto ¡en qué abismo me sumergía! ¡Cuántos diferentes sentimientos!
Reflexiona acerca de la maravillosa tarea de San Ignacio y sus primeros compañeros
Estaba feliz en el altar, ofreciendo el santo sacrificio por los Jesuitas, sin olvidar a nuestra familia. Felicitaba a su santo fundador por las maravillas realizadas; pero ¡cuánta ayuda tuvo para ello! Nada semejante ocurre en nuestros días. Si tuvo como enemigos a tantos herejes y malos cristianos, ¡qué protección tan manifiesta de los Papas y de los obispos más célebres! Todo se veía perdido en la Iglesia. Se confió a su Orden la causa de la Iglesia; a partir de ahí todo lo que logró…
Todo fue logrado debido a la calidad de sus primeros compañeros
Pero hay que decirlo, ¡qué hombres le secundaron! Desde los primeros años de su agrupación, se podría decir que cada uno de ellos le superaba. No hablo solo de los primeros compañeros, sino de todos los que se les unieron desde que se dieron a conocer. Parecería que sentían el celo de defender a la Iglesia tan horriblemente desgarrada, junto con el talento para serle útil y con la virtud para consagrarse a esa gran tarea, yendo a alistarse bajo el estandarte de Ignacio. Su Compañía fue desde el principio un ejército de generales. ¡Asómbrese entonces, ante todo lo que han hecho!
Carta a Henri Tempier, Agosto 1°, 1830, EO VII núm. 351