LAS MISIONES POPULARES: EL RECUERDO DE LA MUERTE COMO UNA LLAMADA A LA CONVERSIÓN

Otra ceremonia que tenía la intención de dejar huella y conducir a la gente a convertirse a Cristo Salvador era la que estaba centrada en la muerte. Eugenio describe esta ceremonia en el Diario de la Misión de Marignane:

Servicio solemne por los difuntos de la parroquia, por la mañana, a la hora acostumbrada de los ejercicios. La Misa mayor fue cantada por el Superior, un misionero hizo de diácono y el Sr. párroco cumplió las funciones de subdiácono. En el ofertorio, discurso apropiado a la circunstancia. Al amanecer, la gente estaba dispuesta para ir en procesión al cementerio. Todos los que estaban en la iglesia, hombres y mujeres, acudieron. Se cantaba al ir el Miserere y el De profundis, intercalando en cada versículo el Requiem aeternam etc. Llegados al cementerio, se hizo otro responso alrededor de la fosa que se había abierto expresamente para la ceremonia. Después del responso, el Superior dijo unas palabras que el lugar y la ocasión le inspiraban. Terminó mostrando a todos una calavera que echó en la fosa que va a quedar abierta hasta que alguno de aquellos que lo escuchaban vaya a ocuparla.
No hace falta que ese sermoncito dure más de diez minutos. Es la hora del trabajo, pero es preciso que las pocas palabras que se dicen estén animadas y henchidas de fuerza y de verdad. Las lágrimas de todos los asistentes probaban el buen efecto producido en ellos por una ceremonia tan conmovedora. No nos retiramos sin haber besado esa tierra que por sí sola vale un elocuente sermón.

Diario de la misión de Marignane, el 2 de diciembre 1816, E.O. XVI

Al volver a la iglesia, los misioneros estaban disponibles para confesar

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