RENUNCIEMOS A TODA RECOMPENSA O A CUALQUIER RECONOCIMIENTO DE LOS HOMBRES

Eugenio concluye que amar a la gente a pesar del rechazo, es lo que se espera de los siervos de Dios. 

Cada quien según lo recibido, y tras haber agotado su afecto y fuerza, debe decir con toda sencillez: servi inutiles sumus, quod debuimus facere fecimus [Lc 17, 10].  Siempre lo pensé respecto a Dios y lo que se hace por su servicio, pero requerí de un poco más de reflexión para extender ese sentimiento a los hombres, o al menos para comprender en él lo que se les da más allá del deber estricto de la caridad cristiana.

Luego agradece a Dios el don recibido de sentir compasión por los que sufren y querer responder con generosidad. 

En esto me engañaba. Si siento sus dificultades más que otros, si mi corazón se enternece solo al pensar en sus desgracias, si experimento un dolor real ante el simple relato de la desgracia de una familia desconocida, como por ejemplo la muerte de una madre que deje hijos, o de un hijo o hija cuya muerte precoz desgarre el corazón de una madre, no podría negar que esas son pruebas de una bondad poco común, que es un don de Dios.

Tras comentarlo, Eugenio se tranquiliza y reconoce que todo lo que hace debe ser por el amor de Dios y la gente, no para ser recompensado. 

ese sentimiento es resultado de mi modo de ser, una condición que Dios me dio al hacerme tal como y lo que soy. ¿Por qué querer que los hombres me lo tomen en cuenta? Esa sería una recompensa muy natural a un don del Señor, pues, por penoso que resulte y poco común, si hay algún otro que la posea en tan alto grado, me felicito de poseerla y siento cierta dicha en la amargura que me ocasiona. Así pues, renunciemos a toda recompensa o a cualquier reconocimiento de los hombres.

Diario de Eugenio de Mazenod, Marzo 31, 1839, EO XX

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