BOGABA A TODA VELA EN ESE MAR DE CARIDAD, SIN ENCONTRAR NI UN SOLO ESCOLLO

Enfrentando la ingratitud y críticas de algunos en Marsella, Eugenio reflexiona en la fuerza motivadora en su vida, al recordar los pasos de su vocación. La dirección que tomó su vida fue el resultado de darse cuenta del amor abrumador del Salvador por él.

Esto explica la dedicación de mi vida al servicio y bienestar de mi prójimo. Renuncié a la dulzura de la vida privada y me alejé de la ternura maternal, personificada sobre todo en mi abuela, de quien yo era ídolo, y tras haberme iniciado con algunas obras de caridad con los enfermos y prisioneros, abracé el estado eclesiástico porque solo en él podía realizar lo que mi corazón me inspiraba a hacer por la salvación, y por tanto, por la felicidad verdadera de los hombres.

Eugenio luego recuerda sus días como seminarista en San Sulpicio, donde se preparó para el sacerdocio.

Hasta ahí nada afectaba mi ilusión. Solo encontraba corazones rectos, sensibles a mi caridad. Así, todos en el seminario me daban testimonios inequívocos de gratitud por el afecto que siempre me hacía anticiparme a ellos y demostrar que los amaba. Esto explica la especie de superintendencia que se me permitía respecto a la salud de los padres y hermanos, aunque jamás tuve el título, ni propiamente las funciones de enfermero.

Recuerda al superior del seminario, el P. Emery, quien tuvo gran influencia en la formación de Eugenio:

El mismo Sr. Emery, que nunca había querido escuchar a nadie sobre su salud, toleraba sin molestia, diré más, con complacencia y agradecimiento, que me ocupara de él, y desde los primeros signos de la enfermedad que nos lo arrebató, aproveché el ascendiente que me permitió tomar sobre él. Puedo decir que en mis cinco años en San Sulpicio bogaba a toda vela en ese mar de caridad, sin encontrar ni un solo escollo.

Diario de Eugenio de Mazenod, Marzo 31, 1839, EO XX

Así fluyó el amor del Salvador por Eugenio, llegando a su vez a los demás.

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