Al concluir sus viajes en 1837, Eugenio volvió a Marsella para el Capítulo General de los Misioneros Oblatos, una reunión cada seis años en la que se toman importantes decisiones.
Esta reunión tiene algo de enternecedor para un padre, al estar entre sus hijos.
Diario de Eugenio de Mazenod, Agosto 3, EO XVIII
Esta reunión se enfocó casi exclusivamente en la renovación de la vida interna de la Congregación, haciendo eco a la exhortación del Prefacio: “Deben renovarse sin cesar en el espíritu de su vocación”.
Las actas del capítulo darán fe de lo sucedido en esa asamblea memorable, debido al buen espíritu que animaba a todos sus miembros. Todos sentían vivamente la dicha de verse reunidos.
En efecto, el capítulo se trató de una familia reunida alrededor de su jefe, en la que todos los miembros se esfuerzan en hacerse dignos de su misión. Todo el tiempo reinó la cordialidad más fraternal, encontrando el celo más vivo por lograr la perfección en su vocación, y se mostró abiertamente el apego a mi persona y a la congregación. Nos despedimos con el firme propósito de aprovechar bien la luz que Dios derramó sobre la asamblea y de trabajar eficazmente en la perfección propia y el progreso de la santa obra que tenemos confiada.
Diario de Eugenio de Mazenod, sin fecha, Agosto 1837, EO XVIII
En nuestros días, San Eugenio sigue disfrutando que su familia misionera, conformada por muchas vocaciones, crezca unida en la espiritualidad y misión, según las diferentes expresiones al vivir su carisma misionero.
«Día tras día continuaban unánimes en el templo y partiendo el pan en los hogares, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y hallando favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día al número de ellos los que iban siendo salvos.» (Hechos 2:46-47)