PARA MÍ ERA UNA PERSONA DIGNA DE  ADMIRACIÓN, UN SER PRIVILEGIADO ,  POR   QUIEN   EL  SEÑOR  HABÍA  HECHO  GRANDES  COSAS

Eugenio narra la conmovedora experiencia de ofrecer su ministerio al prisionero condenado a muerte:

Asistieron todos los prisioneros y algunas otras personas. El Sr. Lagier y el P. Mille me ayudaron en el altar. Logramos que al condenado le quitasen algunas cadenas y le permitiesen subir a la capilla. Le quedaron aun bastantes cadenas para avisar de su presencia con cualquier movimiento. Solo se notó cuando entró, y una vez de rodillas no se movió, leyendo su libro durante la misa. Para la comunión se apartó a la gente para colocarlo en la grada más baja del altar. La fiesta y honores eran para él, pues por condenado que estuviera y en cadenas, en ese momento estaba reconciliado con Dios, quien le había perdonado sus crímenes. Para mí era una persona digna de admiración, un ser privilegiado, por quien el Señor había hecho grandes cosas, a quien yo iba a proporcionar medios eficaces de perseverancia; un predestinado que dentro de algunos días tal vez estaría en el cielo. Por eso, aunque algunas otras personas iban a comulgar, solo a él dirigí las palabras que me fueron inspiradas por nuestro divino Salvador Jesucristo, quien estaba en mis manos, y que penetraron en el alma del pobre cristiano, que lloraba a lágrima viva; yo también estaba emocionado y había lágrimas en los ojos de todos los asistentes, incluidos los prisioneros, quienes sin duda sentían la gracia, oyendo de la misericordia de Dios para un gran culpable arrepentido, como lo estaban ellos en ese momento.
 Después del santo sacrificio, hice acercar de nuevo al condenado, dirigiéndole la palabra en preparación para recibir el Espíritu Santo con la  Confirmación que le iba a conferir. No dejaba de llorar, y creo que nuestros corazones ardían al ver esas maravillas a través de mi ministerio.  Terminé con la bendición del Santísimo, que se da de vez en cuando en esa capilla, y nada faltó a la solemnidad ese día. 

Diario de Eugenio de Mazenod, Julio 16, 1837, EO XVIII

¡Qué maravilloso ejemplo de tratar a una persona con dignidad, aun cuando el mundo no lo considerara merecedor de ello!

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