SI ES INOCENTE ¿POR QUÉ CASTIGARLO?

El Obispo Arbaud enfocó su disgusto con los Oblatos en el superior de la comunidad: el Padre Guibert, a quien Eugenio defendió con vehemencia.  La razón subyacente de la insatisfacción del Obispo no era el Padre Guibert, quien fue el chivo expiatorio.  Es una carta extensa y la reproduzco a continuación, como muestra de cómo Eugenio defendía a sus Oblatos cuando eran acusados injustamente, al igual que era el primero en corregirles, en caso de haber cometido alguna falta.

Si el P. Guibert es culpable, que sea castigado; pero sus cartas prueban lo contrario. Si es inocente, ¿por qué castigarlo? Y aun ¿a cuántas pruebas ha sido sometido? Como modelo de obediencia, se ha sometido escrupulosamente a todo. Ahora usted va más allá, deseando que lo aparte de la casa que dirige con piedad, sabiduría y discernimiento. Monseñor, ¡es pedir demasiado! No tiene usted razón al reprochar al P. Guibert, como si se tratara de un crimen, no rechazar en su diócesis a quienes se presentan al noviciado. Usted conoce las normas de la Iglesia en materia de vocación… ¿Por qué querer obligarme a retirar a un hombre tan estimable, a quien usted ha elogiado siempre? ¿Por qué privarlo del tan benéfico clima a su frágil salud? ¿Por qué hacerme privar de su inapreciable buena dirección a los jóvenes que educa en los caminos de la perfección?  Rechazo las calumnias de quienes dicen desagrada a su clero. El calumniador podría haberse convencido de lo contrario, pues este mismo año, en el retiro eclesiástico que tuvo lugar en Nuestra Señora de Laus, de 22 sacerdotes, veinte lo eligieron director. No, Monseñor, el P. Guibert no solo tiene espíritu, sino que es eminentemente virtuoso, y por eso mismo, debe ser valioso para un obispo como usted. Espero le devolverá los favores que siempre ha merecido. Si mi carta no fuera demasiado convincente, le contaré un caso que le demostraría la rectitud y sencillez de su alma…

Carta al Obispo Arbaud de Gap, Febrero 20, 1833, EO XIII núm. 81

Esta carta fue el principio de un conflicto que se incrementaría, llevando a que los Oblatos fueran expulsados del santuario algunos años después. Bajo su cuidado, el santuario había florecido, atrayendo a muchos peregrinos y haciéndolo viable financieramente. El Obispo ahora deseaba que este próspero ministerio le fuera devuelto para utilizar la casa remodelada para sus sacerdotes retirados.

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