LA ORACIÓN COMO UN ACTO DE AMOR POR LOS DEMÁS

Hasta la época en que los Oblatos comenzaron a recibir nuevos miembros en las misiones extranjeras a fines de los 1840, Eugenio tenía una relación personal con cada uno de sus hijos misioneros. En su correspondencia constantemente vemos cómo les amaba y cuidaba, con cariño paternal. Cuando alguno de ellos contraía alguna enfermedad que podía ser mortal, Eugenio dejaba sus actividades para pasar el mayor tiempo posible a su lado y en vigilia. En caso de que se tratara de alguno de los jóvenes a quienes había conocido y guiado desde su adolescencia, tenía un lazo más profundo, que abarcaba varios años. Marius Suzanne era uno de los que eran especiales para él. No pudiendo estar con él al comienzo de su grave enfermedad, Eugenio le escribe a Hippolyte Courtès:

Voy a aliviar mi corazón, al no poder estar ahí y junto al lecho de nuestro enfermo para cuidarlo. No pienso más que en él  y lo hago con una pena mayor que cuando lo veo.
Rezo y hago rezar, pero necesitaría ante todo pedir y obtener la resignación. Esta no me cuesta nada al tratarse de mí, pero respecto a ustedes y a lo que les concierne, es otra cosa.

Carta a Hippolyte Courtès, Febrero 16, 1827, EO VII núm. 262

 Luchando por abandonarse y aceptar la situación, invita a los demás a rezar con él.

 

“La oración es un acto de amor; las palabras no son necesarias. Aun cuando la enfermedad distrae los pensamientos, todo lo que se necesita es la voluntad de amar.”   Santa Teresa de Ávila

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