ES CON LOS BRAZOS ABIERTOS QUE LOS MINISTROS DE JESUCRISTO LOS ESTRECHAN CERCA DE SUS CORAZONES.

Eugenio desarrolla su imagen del pecador como si fuera una carreta atrancada en el lodo que necesita una gran fuerza para salir de él y, luego, la dulzura en el confesionario para comenzar el curativo proceso de conversión.

Así mismo el predicador del Evangelio, al ver con dolor a los pecadores hundidos en el horrible cenagal de sus crímenes bregando allí sin querer salir,
después de haber intentado en vano todo lo que su tierna caridad le inspiraba para hacerles volver al camino,
y finalmente viendo su obstinación en querer perderse, hace resonar en sus oídos las más terribles verdades;
se arman del látigo de la Palabra sagrada, y descargan sus golpes hasta que al fin esos pecadores con un generoso esfuerzo salen del cenagal y se liberan, etc.
Entonces es cuando, tendiendo los brazos hacia ellos, los ministros de Jesucristo apretándolos contra su corazón, se complacen en derramar el bálsamo sobre todas sus llagas para suavizarlas

Instrucción familiar sobre la confesión, dada en provenzal el 4° domingo de cuaresma de 1813, E.O. XV n. 115

(Nota: En su entusiasmo, Eugenio fue llevado lejos al escribir, ¡y los primeros dos párrafos de arriba forman una frase ininterrumpida! Por claridad lo he separado en cuatro frases. El uso del “etc.” en el texto muestra que este es un punto que desarrollaba tan libremente como hablaba)

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