“… en ella, reconocemos el modelo de la fe de la Iglesia y de la propia”. Constitución 10
El Obispo Eugenio quedó horrorizado cuando al ir a una iglesia en una festividad a María, vio que su estatua recibía tanto honor que el tabernáculo había sido utilizado como su pedestal. Decidió asegurarse que tal abuso nunca sucediera de nuevo en su diócesis. Los siguientes dos extractos de sus Cartas Pastorales, escritas con 20 años de diferencia, son ejemplo de su enseñanza:
“Así, es al Hijo a quien honramos en la persona de la Madre y es por ello que en nuestro homenaje a María sea imposible cruzar el límite y la consideremos una criatura, pues así Dios siempre permanece como figura suprema en todo homenaje”.
Carta Pastoral del Obispo Eugenio a la Diócesis de Marsella, Julio 8, 1849.
“Nunca honramos demasiado a la Santísima Virgen, en tanto la devoción hacia ella sea comprendida y practicada en el sentido limitado de lo debido a una criatura, por grande y sublime que pueda ser.
Debemos ser cuidadosos sin embargo, de no dar a las imágenes comunes de la Madre de Dios una veneración cuyas señales externas parezcan ensombrecer a las requeridas por la presencia de Jesucristo. Por el contrario, la devoción que nuestra fe y amor debe a la adorable Eucaristía, será en proporción a nuestros medios humildes, muy superior a lo que usualmente damos y tenemos por María Inmaculada”.
Carta Pastoral del Obispo Eugenio a la Diócesis de Marsella, Diciembre 21, 1859.
“María Inmaculada es la patrona de la Congregación. Dócil al Espíritu, se consagró enteramente, como sierva humilde, a la persona y a la obra del Salvador. En la Virgen que recibe a Cristo para darlo al mundo del que es única esperanza, los Oblatos reconocen el modelo de la fe de la Iglesia y de la suya propia. La tienen siempre por Madre. Viven sus alegrías y sufrimientos de misioneros en íntima unión con ella, Madre de misericordia. Dondequiera que los lleve su ministerio, tratan de promover una devoción auténtica a la Virgen Inmaculada, que prefigura la victoria definitiva de Dios sobre el mal”. C10