HABRÍA   SIDO   UNA   INJUSTICIA    ATROZ   SI   DIOS   NO   ME  HUBIESE MANDADO

Eugenio había llegado a Gap para realizar una ordenación, pero fue cancelada a último minuto.

El Señor no me llamó a Gap para eso. En un calabozo estaba un hombre desdeñado públicamente, un malvado criminal condenado a muerte, que esperaba una última respuesta de París para subir al cadalso.  Abandonado por los hombres, escuchó al ministro de la religión, quien le llevó palabras de paz. Entrando en razón, confesó sus pecados y su disposición fue tal, que el ministro lo reconcilió con Dios.

Eugenio, quien siempre vio a las personas abandonadas a través de los ojos del Salvador Crucificado, no podía tolerar la injusticia de no ejercer el ministerio sacramental con los criminales que esperaban la ejecución.

Allí está en su celda, solo ocupado de su salvación.  Nada se puede hacer por él, sino confiarlo a la misericordia de Dios.  Según el terrible prejuicio se niega cualquier ayuda religiosa al hombre condenado a muerte.  No importa que haya un precepto divino de comulgar en peligro de muerte, ni que el pecador reconciliado esté obligado a recibir cada día la comunión anual que le urge. El prejuicio dice que no es conveniente dar el cuerpo de Jesucristo a un condenado a muerte; se le impide cumplir con el derecho que tiene de participar en la Eucaristía en tan terrible situación. Habría sido una injusticia atroz si Dios no me hubiese mandado a Gap  ¡Sea mil veces bendito!
 … Mientras tanto, con mi ejemplo sanciono dicha doctrina.  Hoy fui a celebrar Misa a la cárcel.

Diario de Eugenio de Mazenod, Julio 16, 1837, EO XVIII

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