LA ANGUSTIA Y FE DE EUGENIO

 En su diario personal, Eugenio vuelca su profunda angustia por la trágica muerte súbita del Padre Joseph Richaud, de 32 años, y su dependencia en Dios para lidiar con su pena.

Los detalles de esta catástrofe son desgarradores. A la enfermedad siguió la muerte casi inmediatamente. En unas horas falleció el buen padre rodeado de sus hermanos y de todo el seminario, consternados. ¡Quién medirá nuestro dolor!  Dios mío, es mejor quedar en el silencio de una resignación que solo tú puedes conceder, pues nuestra naturaleza está desolada por los repetidos golpes que nos envías. Me apresuro a repetir: Hágase tu santa voluntad en nosotros, ilumina nuestro camino en ese gran misterio de tu providencia.  Que nada nos desanime en ese camino incomprensible para nosotros. Nos llamas a trabajar en todas partes de tu viña y al acudir a esa llamada, todos se ponen a la obra con todo su empeño, pues el trabajo supera nuestras fuerzas. Llegan las bendiciones y el bien se hace maravillosamente. De pronto, uno tras otro, nos quitas los medios para continuar tu obra y nadie sino nosotros puede hacerse cargo de ella.  Misterio,  misterio: Te adoro, Dios mío bajo ese velo, como adoro a la Trinidad en tu Unidad, como te adoro y amo oculto bajo el velo que te oculta a mis ojos en el sacramento de la eucaristía.  Pero, Señor, si yo fuera el obstáculo para el cumplimiento de tus designios, sabes que no he esperado este día para suplicar los hagas desaparecer. ¡Cuántas veces te he dicho y ahora de nuevo: haz de mí lo que te plazca, in manibus tuis sortes meae [Sal.31,16: Mi destino está en tus manos].

Diario de Eugenio de Mazenod, Enero 14, 1837, EO XVIII

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