SE NECESITARÍA UN MILAGRO PARA QUE ADQUIRIERA LAS VIRTUDES RELIGIOSAS

Como mayor responsable del espíritu y misión de los Oblatos y del bienestar de cada uno y como Superior General, Eugenio había descartado a dos jóvenes que deseaban ingresar al noviciado y hacerse Oblatos. Escribió al maestro de novicios, con la intención de hacer sus comentarios y advertencias.

… Por casualidad estaba en el Calvario cuando me encontré con los dos italianos que llegaron. Después de una larga conversación con ellos, llegué a la conclusión de que uno no tiene bastante capacidad, y el otro, poca virtud. Los dejé con el P. Albini, quien los enviará para tu juicio definitivo.
No quisiera te dejaras engañar, por eso te escribo hoy. En primer lugar, no creo posible admitir al que tiene poca inteligencia. Fue despedido del colegio de los Jesuitas precisamente por su falta de éxito en los estudios. Además tiene gran dificultad para expresarse. Creo no es para nosotros.
El otro tiene mala facha, una sonrisa socarrona y una actitud que hace suponer se cree un adonis. Creo no tiene idea de las virtudes religiosas…
En resumen, consideraría un milagro que lograra adquirir las virtudes religiosas y mucho temo que el ingreso al noviciado de un joven como él y sobre todo sin sombra de fervor, sea nocivo para quienes necesitan buenos ejemplos.

Después de todas las advertencias, Eugenio aconseja:

A pesar de todo, no digo que su exclusión sea definitiva. Si te sientes con ánimo de emprender su conversión y contar con un milagro, puedes intentarlo; pero debes estar atento, no fiarte y sobre todo no admitirlo antes de un mes de prueba muy seria.

Carta a Casimir Aubert, Octubre 2 y 3, 1834, EO VIII núm. 487

Nada me molesta tanto como despedir a la gente después de la ceremonia de ingreso al noviciado. ¿Por qué no tomar el tiempo necesario, para formar un juicio razonable sobre ellos? En caso de duda, no se debe admitir a ese joven. El proyecto que te proponía Vincens no me parece tan absurdo como a ustedes. La opinión tiene buen fundamento. 

Carta a Hippolyte Courtès, Noviembre 30, 1834, EO VIII núm. 496

¡Así, el Padre Aubert no necesitaba confiar en los milagros!

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