LA BENDICIÓN DE LA AMISTAD

Hacia el final de su retiro como futuro obispo, Eugenio escribió sobre el estado de su espíritu al P. Tempier, su compañero, director espiritual y admonitor.
Debate consigo mismo si sería una distracción escribirle durante su retiro, en vez de estar en oración:

Me he quedado unos momentos indeciso, mi querido amigo, sobre si debía permitirme interrumpir mi retiro para escribirle. He tomado la decisión de hacerlo, por el propósito que ya conoce: es bueno mortificarse a sí mismo, pero aún mejor no imponer a los demás sacrificios o privaciones no solicitadas. Sé con cuánta ansiedad debe esperar noticias mías; sería cruel dejarle así. Creo pues, hacer bien empleando unos momentos del tiempo libre de mi retiro para usted.

Debido a que su relación se basaba en su mutua entrega a Dios y su misión conjunta como discípulos, todo lo que compartían era en ese tenor.

Por otra parte, lo que tengamos que decirnos no podrá distraer mi espíritu. No es que no desee entrar en detalles sobre mi ejercicio espiritual, pero estamos a demasiada distancia, y en el espacio de una carta no se puede tratar un asunto como ese.
Le bastará saber que Dios está conmigo como de costumbre…

Carta a Henri Tempier, Octubre 10, 1832, EO VIII núm. 436

¡Que regalo tener una amistad a este nivel! Eugenio había escrito diez años antes:

Mi primer compañero, desde el primer día de nuestra unión, ha captado el espíritu que debía animarnos y comunicar a los demás; no se ha apartado un solo instante del camino que decidimos seguir; todo el mundo lo sabe en la Sociedad, y se cuenta con usted como conmigo.

Carta a Henri Tempier, Agosto 15, 1822, EO VI núm. 86

Esa relación tan cercana se centró en Dios y perduró por 45 años, hasta la muerte de Eugenio. ¡Qué bendición!

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