¡QUÉ FELIZ SOY DE MORIR EN LA CONGREGACIÓN!

En el aniversario de la muerte del P. Marcou, los recuerdos de Eugenio le llevan a sus últimos días ejemplares.

El P. Marcou sólo vivió unos meses más, consumiéndose con la resignación de una víctima que ha ofrecido a Dios su sacrificio.
Tan grande era mi dolor por la pérdida de alguien tan precioso, y tan hondamente lo compartían nuestros hermanos, que diría me atreví a tentar a Dios para que nos lo conservara con un milagro, que al mismo tiempo podría contribuir a la canonización del santo al que queríamos invocar. Reuní a la comunidad y después de habernos encomendado fervorosamente a la intercesión del beato Alfonso María de Ligorio, fuimos de la capilla al cuarto del enfermo, cuya fe alentamos. Corté un trocito imperceptible de la reliquia del beato que había traído de Roma, y se la di con una cucharada de agua. Pero el Señor tenía otros designios. Quería conceder a su siervo una recompensa precoz. Se acercaba el momento en que sería llamado a la gloria del cielo.
Yo había hecho llevar al enfermo a nuestra casa de campo de St-Just, pensando que allí estaría mejor. El día de la fiesta de la Asunción de la santísima Virgen, mientras asistía a mi tío en el oficio pontifical, vinieron a avisarme que desmayos frecuentes anunciaban el próximo fin. Dejé el altar para ir de prisa a St-Just y hallé a nuestro buen padre bastante débil, por lo que le di la comunión  sin demora, que recibió con fervor. Le di también la extremaunción.  El enfermo se recuperó un poco, pero era evidente que se aproximaba el final. Iba a verlo todos los días en esa última semana de su santa vida.
El 20, fiesta de san Bernardo me quedé junto a él para inspirarle buenos pensamientos y sugerir sentimientos apropiados a su estado. Unas palabras bastaban para alentar su corazón y había que pedirle silencio cuando quería expresar en voz alta los consuelos y la dicha que sentía: ¡qué feliz soy de morir en la congregación!, decía recordando los beneficios de Dios para él. Sólo le preocupaba mi dolor, que me costaba mucho disimular. De sobra conocía el tierno afecto que le tenía desde su infancia, por lo que sabía de mi tormento y me dirigía a menudo las palabras más tiernas, que agravaban mi pena y desgarraban mi corazón. Su padre estaba ahí, pero todo su afecto se centraba en Dios, así que cuando se acercó para darle cierta esperanza, el buen sacerdote le contestó con una sonrisa, mostrándole su crucifijo. 
Mientras yo le hablaba y él me sonreía dulcemente, mostrando cómo mis palabras llegaban a su corazón, de pronto fijó su mirada en lo alto y levantando sus brazos como para mostrarme lo que veía e iba a alcanzar,  con una expresión de alegría que no puedo expresar, pero que está en mí muy presente todavía, exclamó: Hermoso cielo y expiró, dejándome con la sensación de que Dios acababa de mostrarle el lugar que ocuparía. Así fue como dejó de vivir ese perfecto modelo de la caridad cristiana y del celo apostólico, cuya memoria debe vivir entre nosotros, junto a la de Suzanne, Arnoux, etc.

Diario del 20 de Agosto de 1838, E.O. XIX

 

“Cuando naciste, lloraste y el mundo se alegró. Vive tu vida de tal forma que cuando mueras… el mundo llore y tú te regocijes.”     Dicho Nativo Americano

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