LA SAL DA SABOR, PERO TAMBIÉN IRRITA

No todo era miel sobre hojuelas en la misión de Aix en 1820. De vez en vez en los textos anteriores, nos hemos enterado de la relación tormentosa entre Eugenio y algunos sacerdotes de la ciudad. Sus reacciones y mala voluntad no siempre ayudaban a allanar la situación. En esta parte de la historia, vemos alterada la “dignidad” de los Canónigos de la Catedral y la mezquina reacción que siguió.

¿Cuál es el motivo de reproducir estos incidentes? Por un lado, debido a que nos dan una idea de la situación por la que atravesó Eugenio y nos ayudan a comprenderle mejor. Por otro lado, los Canónigos del Capítulo de la Catedral eran buenos sacerdotes, pero vemos cómo les cegaban los eventos que molestaban su dignidad eclesiástica. Tal vez sea una invitación a que tratemos de evitar que la “dignidad” de nuestro ego nos impida ver todo lo bueno que sucede a nuestro alrededor.

La predicación de Eugenio atraía multitudes a la Catedral y no había suficiente lugar para todos. Gran parte del centro de la iglesia estaba ocupado por los sitiales de los Canónigos, separados de los demás por una contrapuerta de madera. Estos sacerdotes de alto rango, en su mayoría aristócratas, ocupaban tanto espacio que no había suficiente para los demás. Eugenio no les simpatizaba pues no vivía acorde a su noble origen y su estilo de vida y ministerio a los más abandonados era en sí una crítica a la forma en que ellos vivían. El Tío Fortuné le comenta al padre de Eugenio:

El Obispo, quien es sumamente amable con él, incluso le ha autorizado hacer algo que nunca antes se había hecho y que seguramente atraerá a Eugenio la molestia de los venerables canónigos, quienes insisten siempre en el respeto de sus derechos. Para poder contar con mayor espacio para quienes no se podían acomodar en bancas y habían de utilizar sillas, el Obispo, sin consultar al Capítulo, autorizó a Eugenio retirar el cancel, puertas y rejillas que separan el coro de la nave central. En cuanto recibió el permiso del Arzobispo, sin pérdida de tiempo se dio a la tarea, temiendo que alguien pudiera convencer al prelado de dar macha atrás. Envió por un gran número de ayudantes, quienes trabajaron de forma tan diligente, que todo fue retirado en dos horas. Te habrías desternillado de risa al ver a tu hijo, el P. Deblieu y los demás misioneros derrumbando la separación y llevando en hombros el escombro.

De acuerdo a la predicción de Fortuné, los canónigos se indignaron de que su coro hubiera sido invadido por simples laicos, pero estuvieron aún más furiosos de no haber sido consultados respecto a la remoción de las rejillas, que salvaguardaba la privacidad de sus oraciones. Desafortunadamente tomaron represalias mezquinas en primera instancia, pero odiosas después

Para la renovación solemne de las promesas bautismales, una celebración tan inspiradora en la que el Fundador habló de forma tan maravillosa y conmovedora que no hubo quien no derramara lágrimas, el canónigo sacristán presentó vestimenta llana y cotidiana. El P. Tempier presentó de inmediato una queja al Arzobispo, quien en ese momento se encontraba en la iglesia de Madeleine, desde donde el prelado envió órdenes al sacristán de proporcionar sin demora la mejor vestimenta. Al día siguiente, los Padres Rey y Florens fueron groseros adrede con el Padre Deblieu, quien les trató en la misma forma. Así, como podemos ver, las mismas viejas tácticas se siguen usando contra nuestros misioneros.

En esa ocasión en particular, todo se limitó al molesto incidente de la vestimenta, seguido por una riña privada entre Deblieu y los dos superiores del capítulo, Rey y Florens, quienes desde el incidente con Jauffret, habían sido igualmente hostiles hacia el Padre de Mazenod.

Leflon 2, pág. 124-125

 

“La sal sazona, purifica, conserva. Pero alguien debería recordarnos que la sal también irrita. La cristiandad real y viviente fricciona al mundo en forma equivocada.”     Vance Havner

 

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