NO PUDE CONTENER LAS LÁGRIMAS, PUES SU BONDAD TOCÓ MI CORAZÓN. ES ALGO  EXTRAORDINARIO Y SOLO PODEMOS QUEDAR ATÓNITOS ANTE DIOS Y ESTA PROTECCIÓN

Después de compartir las buenas noticias con los Oblatos, Eugenio reflexionó con alegría, misma con la que recordamos este año del bicentenario:

“¡Comprendes, querido amigo, y que todos nuestros queridos Hermanos lo hagan, el valor de estas palabras pronunciadas por la Cabeza de la Iglesia de Jesucristo!  Después de que expuse a su juicio los puntos esenciales de nuestras Reglas, después de su reflexión por dos días sobre mi discurso, contrario a las conclusiones de quien hizo el reporte sobre el asunto, es que dijo:

“No, me agrada este Instituto, deseo aprobar sus Reglas”.  Favorable como doctor y juez, también desea ser padre: “Elija un Cardenal, uno de los menos estrictos de la Congregación…”. No pude contener las lágrimas, pues su bondad tocó mi corazón.  Es algo extraordinario y solo podemos quedar atónitos ante Dios y esta protección tan inmerecida, (considerando mi parte en ella), que todos ustedes, mis queridos hijos, que sirven al buen Señor con tan buena voluntad, han propiciado para mi consuelo y felicidad para toda la Sociedad.

Al salir de la casa del Arcipreste Adinolfi, dije un “Te Deum laudamus” de todo corazón y entré a la iglesia donde descansa del cuerpo de San José Calasanz, para agradecer a nuestro Señor y pedirle terminar su labor”.

Carta a Henri Tempier en Marsella, Diciembre 22, 1825, EO VII núm. 213

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“ESTA SOCIEDAD ME COMPLACE; SÉ DEL BIEN QUE REALIZA… MI INTENCIÓN ES NO SOLO  QUE ESTAS REGLAS SEAN RECONOCIDAS, SINO APROBADAS” (PAPA LEÓN XII)

Eugenio continuó narrando su audiencia con el Papa:

“Esta mañana, a la hora asignada, llegué a la casa del Arcipreste, quien entre paréntesis, está al otro extremo de la ciudad.  Me recibió de inmediato con gran cortesía, se encargó de algunos asuntos con uno de sus secretarios en mi presencia y luego comenzó a tratar nuestro asunto.  Primero me leyó el reporte sucinto que presentó al Santo Padre, que debe decirse, contenía básicamente mi biografía y los puntos principales a subrayar, pero, como me dio a entender anteayer, concluyó a favor del laudando una vez que el texto había sido analizado para ver si requería algún cambio.

¡Pero, alabada sea la bondad de Dios y únanseme todos ustedes en agradecimiento! Lo que había en la mente del Santo Padre, dijo “No, esta sociedad me complace; sé del bien que realiza, etc., etc.” y dio muchos detalles, que sorprendieron por completo al Arcipreste. “Deseo favorecerla.  Elija un Cardenal, uno de los menos estrictos de la Congregación, para que exponga esta causa; vaya con él a mi nombre y dígale que mi intención es no solo que estas Reglas sean reconocidas, sino aprobadas”. ¡Oh, León XII, incluso si la Congregación rechazara nuestras Reglas, por siempre será considerado por nosotros como el benefactor y padre de nuestra Sociedad!”.

Carta a Henri Tempier en Marsella, Diciembre 22, 1825, EO VII núm. 213

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Y EN ESE SANTO ABANDONO ESPERÉ

Después de entregar la Regla al Secretario, como indicó el Papa, Eugenio permaneció en casa todo el día pidiendo por el éxito de la audiencia de Adinolfi con el Pontífice.

“Seguí encomendándola a Dios por intercesión de la santísima Virgen, de los Ángeles y Santos y en ese santo abandono esperé saber la decisión en su audiencia con el Papa, de tanta importancia para nosotros…

Elegí ir a pedir a Dios en el (capilla) balcón a la hora que supuse se realizaba la audiencia, no con la tonta idea de que mis oraciones tendrían el efecto que deseaba, sino porque sentí apropiado estar en presencia de nuestro Señor, de una forma u otra, mientras la gracia pudiera llegar y el Espíritu Santo inspirara al Jefe de la Iglesia cómo decidir nuestro destino y la salvación de una infinidad de almas”.

Carta a Henri Tempier en Marsella, Diciembre 22, 1825, EO VII núm. 213

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EUGENIO COLOCÓ LA REGLA SOBRE LA TUMBA DE PEDRO, IMPLORÁNDOLE A ÉL, A SAN PABLO Y LOS DEMÁS SANTOS PAPAS QUE REPOSAN EN EL LUGAR, ACEPTAR Y BENDECIRLAS

Antes de seguir las instrucciones del Papa y entregar la Regla al Arcipreste Adinolfi para comenzar el proceso de su estudio, Eugenio se armó con una oración ferviente.

“Como comprenderás, nuestro asunto avanzaba muy bien y no podía descuidar ir al día siguiente con el M. Arcipreste a quien el Santo Padre me pidió ver en su nombre.  Fue el 21 de diciembre, un día memorable para mí, pues como sabes, es el aniversario de mi ordenación. 

Temprano en la mañana ofrecí el santo sacrificio en la gruta de la basílica del Vaticano, arriba de las tumbas de los santos Apóstoles.  Estuve con un santo sacerdote llamado a las misiones con los infieles, quien fue mi asistente.  Tomé mi tiempo, permitiéndome el consuelo de nombrar explícitamente a todos los que me interesa su salvación, sobre todo en esa preciosa tumba.  En agradecimiento, asistí en la Misa del futuro mártir.  Después, arriba, en la iglesia de San Pedro, participé en las alabanzas del Capítulo y seguí mi camino con el Arcipreste Adinolfi , encomendándome mientras tanto a todos los santos en el paraíso.

Olvidé comentarte que traje conmigo nuestro precioso volumen y lo coloqué en la confesión de San Pedro mientras mi compañero ofrecía el santo sacrificio, implorando a la cabeza de los apóstoles, San Pablo y los demás santos Papas que reposan en el lugar, aceptar y bendecirlas”.

Carta a Henri Tempier en Marsella, Diciembre 22, 1825, EO VII núm. 213

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LA COSTUMBRE ERA ALENTAR, NO APROBAR

En su audiencia con Eugenio, el Papa siguió diciendo:

“La mayoría de estas peticiones que recibimos, en especial de Francia, han hecho que la Congregación adopte una forma particular de aprobación, que consiste en reconocer, alentar, sin aprobar formalmente”.  No temí manifestar al Santo Padre que no estaría satisfecho con ello y me atrevía a esperar que hicieran algo más por nosotros.

Para que no olvidara el nombre del secretario que me designó, fue tan amable de incluso buscar en su escritorio media hoja y pluma, para que pudiera escribir lo que me dictaba. “Vaya con M., Arcipreste (secretario) en mi nombre y dígale que me haga llegar su reporte el viernes, que es el día de su audiencia”. 

Antes de despedirse del Papa, Eugenio hizo una última petición:

“Como comprenderás, no dejé nada pendiente con el Santo Padre… “¿Su Santidad aprobaría que la Sociedad tomara el nombre de ‘Oblatos de la Santísima e Inmaculada Virgen María’ en vez de ‘Oblatos de San Carlos’ tomado anteriormente?”.  El Papa no aceptó ni negó; creo comprender que dijo debería incluirse en el reporte.  No insistí en explicar más el asunto, pues era lo menos importante y podríamos esperar sin problema.  Este cambio me pareció necesario para no confundirnos con un número infinito de comunidades que llevan el mismo nombre”. 

Carta a Henri Tempier en Marsella, Diciembre 22, 1825, EO VII núm. 213

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EL MOMENTO DECISIVO EN QUE EL PAPA RECONOCIÓ LA LABOR DE DIOS EN NUESTRO  CARISMA

Eugenio continuó sobre su entusiasta narración al Papa León XII de todo el bien realizado por su familia misionera en Francia:

“Te habría conmovido ver, mi querido amigo, cómo mientras yo hablaba, el santo Pontífice elevaba los ojos al cielo, unía sus manos e inclinaba la cabeza sobre ellas, radiante de gratitud a Dios de todo corazón. Me pareció que esta invocación por sí sola, traería nuevas bendiciones sobre nuestro ministerio”.

Carta a Henri Tempier en Marsella, Diciembre 22, 1825, EO VII núm. 213

Encuentro gran significado en este momento en que Eugenio describía todo lo alcanzado y el Papa entraba en oración espontánea de agradecimiento.  Creo que ese fue el momento en que el Papa reconoció la inspiración y presencia de Dios en lo que escuchaba, llevándole a decidir otorgar su aprobación, según el proceso requerido.

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LA BONDAD, EL AGRADABLE TRATO Y CORTESÍA DEL PAPA LEÓN XII

Eugenio narró su audiencia con el Papa:

“El Papa recibe en su pequeña habitación privada.  Se encontraba sentado e inclinado frente a un escritorio. Como es costumbre, al entrar hice la primera genuflexión, pero no había suficiente espacio entre la puerta y él para la segunda; pronto me encontré ante sus pies que no intenté besar, pues con la profunda reverencia no los vi o me impactó estar frente al Pontífice, a quien mi fe mostró de inmediato como Vicario de Jesucristo.  Solo pude fijarme en el encanto y bondad de su rostro. 

Respetuosamente le entregué la carta de mi tío, que colocó en el escritorio.  Comenzando nuestra entrevista, tocamos varios temas en casi 45 minutos. Me sería imposible relatarte todo lo que tratamos, y aun menos describir la bondad, el agradable trato y cortesía del soberano Pontífice.  Estaba arrodillado ante él y varias veces me invitó a levantarme, que yo no deseaba, pues estaba bien a sus pies, además de recargado contra el escritorio, pudiendo permanecer por más tiempo en la posición sin molestia. 

Traté de explicar el motivo principal de mi viaje, aunque hubo muchos episodios que entraron en la narración; incluso los milagros del Beato Alfonso María de Liguori.  Debiste ver el interés con el que escuchó mi relato del bien realizado por nuestros misioneros.  Tuve la precaución de no olvidar mencionarle tu última carta: “En este momento los dos misioneros más jóvenes de la Sociedad realizan maravillas, etc.  Uno de ellos, Santísimo Padre, aun no tiene la edad para hacerse sacerdote y fue ordenado en agosto con la dispensa de dieciséis meses que su Santidad se dignó otorgarnos; el buen Señor los ha utilizado para convertir protestantes, etc.”. 

Carta a Henri Tempier en Marsella, Diciembre 22, 1825, EO VII núm. 213

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LA BONDAD, LOS MODOS AGRADABLES Y LA CORTESÍA DEL PAPA LEÓN XII

Eugenio narró su audiencia con el Papa:

El Papa recibe en su pequeña sala privada. Estaba sentado en un sofá, con un escritorio delante del cual se apoyaba. Al entrar, hice la primera genuflexión habitual, pero no había suficiente espacio entre la puerta y el lugar donde estaba sentado para hacer una segunda; me encontré rápidamente a sus pies, que no intenté besar porque, al inclinarme profundamente, no los vi o, demasiado impresionado por la apariencia del Pontífice, a quien mi fe me mostró inmediatamente como el Vicario de Jesucristo, me fijé solo en el encanto y la bondad de su rostro. Le entregué con respeto la carta de mi tío, que él colocó ante sí sobre su escritorio. Entonces comenzó nuestra entrevista, que versó sobre varios temas y duró casi tres cuartos de hora.

Me sería imposible relatarles todo lo que se dijo, y menos aún describirles la bondad, los modales agradables y la cortesía del soberano Pontífice. Yo estaba arrodillado a su lado. Varias veces me hizo señas para que me levantara; pero yo no quería, estaba cómodo a sus pies, además me apoyaba en el escritorio. Podría haber permanecido más tiempo en esa posición sin sentir ninguna molestia. Le expliqué el objetivo principal de mi viaje, pero fueron muchos los episodios que entraron en esta narración; incluso los milagros del beato Alfonso María de Ligorio entraron en ella. Deberías haber visto con qué interés escuchó la sucinta narración que le hice de los bienes realizados por nuestros misioneros. Me cuidé de no olvidar decirle lo que usted me acababa de escribir:

«En este momento, los dos misioneros más jóvenes de la Sociedad están haciendo maravillas, etc. Uno de ellos, Santísimo Padre, aún no tiene la edad suficiente para ser sacerdote; fue ordenado en agosto con la dispensa de dieciséis meses que Su Santidad se dignó concedernos; y, sin embargo, el buen Dios los ha utilizado para convertir a protestantes, etc.».

Carta a Henri Tempier en Marsella, 22 de diciembre de 1825, EO VII n. 213.

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AUNQUE ABSORTOS EN DIOS, AMAREMOS A NUESTROS AMIGOS MÁS QUE NUNCA

Tras muchas semanas de ausencia con los Oblatos en Francia, Eugenio expresó su frustración ante la lentitud en Roma y cuánto extrañaba a su comunidad.

“Si me hiciera caso, ya estoy cansado de Roma; no puedo acostumbrarme a estar separado de quienes amo, no disfruto estar lejos de ellos. ¡Cuán felices seremos cuando estemos todos juntos en el cielo!  Ahí no habrá más viajes ni separación, y aunque absortos en Dios, amaremos a nuestros amigos más que nunca. Su visión instintiva de Dios no evitó que Jesucristo amara a los hombres, y entre ellos, a unos más que a otros.  Así es, sin embargo, cómo complace a los místicos refinados desear darnos, por amor a la perfección, otra naturaleza que de seguro no valdría lo que recibimos de Dios.  Tanto es así que no soy feliz, separado de quienes son míos! 

Ve por ello cuán triste estoy al ver cómo van los asuntos aquí. Es un lugar donde hay nueve meses de vacaciones al año y por lo tanto, los negocios se mueven muy lentamente. 

Diario en Roma, Diciembre 9, 1825, EO XVII

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NO ME DIO MUCHA ESPERANZA

Los funcionarios del Vaticano no estaban esperanzados en que el Papa diera su aprobación a los Oblatos, pues no era la costumbre en esa época a la fundación de tantas sociedades religiosas en Francia.  En ese ambiente sin esperanza, Eugenio continuó utilizando todos los medios a su alcance para lograr una respuesta positiva, aunque no dejaba de ser realista.

“Aun no he visto al Santo Padre y no estoy contrariado por eso, pues aun no estoy listo. Apenas ayer terminé la petición que pienso presentarle, en cuatro extensas páginas. Antes de redactarla revisé el lenguaje, y ¿te digo? No me dio mucha esperanza.  El Cardenal de Gregorio, con quien fui calurosamente recomendado de Turín y quien me recibió muy amigablemente, invitándome a cenar y mil cortesías, me dijo que realmente no cree que el Papa de su aprobación formal. 

… Le rogué al Cardenal hablar de antemano con el Papa a mi favor; no fallará. Ya había visitado al Cardenal Vicario, quien parece me ha recomendado con él. Si la audiencia demorara un poco, otros Cardenales podrán hacerme el mismo favor.  Mientras tanto, no he malgastado el tiempo, y si la gracia debiera hacerlo en ausencia de todo lo demás y significara algo, he visto a algunos otros que pueden ayudar. Por ello, he ido a ver al prelado que es Secretario de la Propaganda, quien está dispuesto a no negarme nada y presentará mis peticiones de inmediato al Papa. 

Mañana iré a ver al Cardenal Secretario de Estado, pero la audiencia con el Papa es lo que decidirá todo. De rehusarse a otorgar la instrucción, saldré de inmediato después de Navidad y si vacilara o aceptara, ya veremos. En el transcurso de la próxima semana sabremos dónde estamos. 

Carta a Henri Tempier en Marsella, Diciembre 9, 1825, EO VII núm. 211

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