¡Silencio! Querido Tempier, te hablo en voz baja, pero lo suficientemente alta como para que me oigas. Ayer, 15 del mes de febrero del año de gracia de 1826, la Congregación de Cardenales, reunida bajo la presidencia del cardenal Pacca, prefecto, aprobó por unanimidad las Reglas, salvo ligeras modificaciones propuestas por el cardenal ponente, siendo el juicio de la Congregación que nuestro Santo Padre el Papa conceda el breve de aprobación en buena y debida forma…
Reconozcamos que la conducta de la divina Providencia en este asunto ha sido admirable y que ninguno de nosotros debe olvidar jamás lo evidente que ha sido su protección. Quizás nunca en asuntos como este se haya visto a corazones, de los que Dios se ha mostrado decididamente dueño, tan dispuestos como lo han estado. Primero, el del Soberano Pontífice, y luego el de todos los que han tenido que ocuparse de este asunto. Todos mis pasos, todas mis gestiones parecían guiados por una luz sobrenatural que me llevaba a hacer y decir precisamente lo necesario para complacer, para persuadir. Se podría decir de mí, como de Ester, con respecto a cada uno de aquellos con quienes tuve que tratar: «le agradó y halló gracia ante sus ojos».
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En una carta al padre Tempier, Eugenio narró lo que había sucedido el día anterior, 15 de febrero.
Ayer no perdí ni un minuto. Celebré la misa temprano y luego visité al cardenal Pedicini para informarle de los comentarios del cardenal Pallotta y de mis respuestas a los mismos. Desde allí llamé al arzobispo de Ancira y, sin tomar aliento, me apresuré a decirle al cardenal Pacca que estaría esperando en la iglesia de Santa María en Campitelli, frente a su palacio, mientras la Congregación estuviera en sesión.
Al salir, les pedí que me avisaran cuando terminara la reunión; se olvidaron, así que tuve tiempo de celebrar nueve misas. Sin embargo, les aseguro que, estando preparado para una larga espera, no me pareció que el tiempo se hiciera largo; al contrario, me sentí muy feliz en esta hermosa iglesia, ocupado como uno desearía estarlo siempre.
Sin embargo, cuando me di cuenta de que era imposible que los cardenales siguieran reunidos, salí de la iglesia. Era la una.
De hecho, la reunión había terminado más de una hora antes. Esperé hasta la noche para recibir noticias del resultado por parte del arzobispo secretario. Como no estaba la primera vez que llamé, volví más tarde y, con su habitual buena voluntad hacia mí, me dijo que todo había ido maravillosamente bien y que la Congregación había aprobado [la recomendación], con algunas modificaciones que me presentaría. Nos pusimos a trabajar inmediatamente y continuamos trabajando durante más de dos horas. Él empuñó la pluma y escribió nuestras decisiones con su propia mano.
Carta al P. Tempier, 16 de febrero de 1826, EO VII n. 224
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El Papa había elegido a cuatro cardenales para estudiar la Regla que Eugenio presentó y darle su recomendación. El 15 de febrero los cardenales se reunieron en la casa del Cardenal Pacca para elaborar su opinión final y entregarla al Papa. Mientras eso sucedía, Eugenio pedía en la iglesia de Santa María en Campitelli, cruzando la calle de la casa del Cardenal.
“Tras decir la Santa Misa esta mañana, mi primera ocupación fue visitar al Cardenal Pedicini para informarle sobre mi conversación de ayer con el Cardenal Pallotta, y entregarle las notas que tomé en respuesta a algunas observaciones que me hizo. De ahí, me apresuré para ver al Cardenal Pacca y hacerle algunos comentarios antes de la llegada de los demás cardenales a su casa. Informé a su Eminencia que estaría en la iglesia de Campitelli durante su reunión, por si acaso necesitaran y pudieran llamarme pronto, pues la iglesia se encuentra enfrente de su palacio.
Cuando iba saliendo, solicité me informaran cuando terminara la reunión, que fue exactamente lo que olvidaron hacer y pude escuchar nueve misas seguidas, en completa paz y sin ser molestado. ¿Bien, puedo decirlo? Nunca me sentí tan en casa en una iglesia. Había decidido al entrar que pediría de todo corazón mientras los cardenales discutían nuestro asunto. El tiempo me pareció corto. Salí de la iglesia a la 1, cuando me di cuenta que me habían olvidado, pues no podía pensar que los cardenales pospusieran su almuerzo por tanto tiempo en un día ocupado. Llegué a casa, almorcé rápidamente y pasé dos horas esta tarde trabajando con el Arzobispo Secretario sobre lo que decidieron en la reunión de esta mañana”.
Diario en Roma, Febrero 15, 1826
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Eugenio nos invita a compartir la sensación de asombro ante cómo los eventos se resolvían a su favor, a pesar de muchos obstáculos.
“Al reflexionar cómo avanza nuestra tarea, me admiro ante la bondad de Dios, dejándome llevar por los sentimientos de gran gratitud. Hasta este momento, todo señala una protección especial.
¿Quién podría haber dispuesto que el Jefe de la Iglesia decidiera hacer una única excepción por nosotros? ¿Quién le inspiró percibir que todo lo que le propuse es bueno? Ayer, de nuevo, ¿a quién debemos que haya consentido sin la menor dificultar dispensarme del interminable examen de ocho Cardenales, a quienes tal vez habría sido difícil pasar por alto un sistema adoptado para todos los demás y autorizar al Cardenal Pacca, mantener en su casa una pequeña congregación de tres Cardenales?…
Se trata de Dios, maestro de todos los corazones, movido por la poderosa mediación de Su Hijo, nuestro Señor. Así, querido amigo, comprenderás cuánto se ha simplificado el asunto. Ahora depende del Cardenal Pacca convocar a su casa una pequeña congregación, cuando lo crea conveniente. Aunque es algo lento, no puede tardar mucho más”.
Carta al P. Tempier, Enero 20, 1826, EO VII núm. 219
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Significado de Oblación: entrega del ser a Dios, una actitud que Eugenio vivió por completo en Roma.
“Sigamos pidiendo, mi querido amigo, sin dejar de poner nuestra confianza en Dios. Solo corresponde a él decidir y disponer de todo según su infinita sabiduría, para mayor gloria de su nombre. Debo aceptar que nunca antes en mi vida comprendí como ahora, el valor de entregarse a Dios, nunca me sentí más dispuesto a practicar esta virtud (pues lo es) como en las circunstancias actuales. El verdadero cristiano nunca debería alejarse de ella. Qué bien me siento ahora de lograr hacerla un hábito, que no me impide pedir de corazón obtener lo que considero bueno; por el contrario, pido con más confianza y con algo de seguridad en que seré escuchado”.
Carta al P. Tempier en Marsella, Enero 20, 1826, EO VII núm. 219
Eugenio iba a los numerosos monumentos a los santos en Roma, pidiendo a cada uno su intercesión para la aprobación de la Regla:
“Sabes que desde que llegué a Roma he ofrecido el Santo Sacrificio por el éxito de nuestra causa y llegado ante el santísimo sacramento mencionándolo a nuestro Señor. Nunca invoco a un santo sin rogarle sea nuestro intercesor, e incluso recito, aunque no muy bien, ciertas oraciones para ese fin, como las letanías de los santos y otras similares. Más aun, no escatimo recursos que la prudencia humana pueda sugerir; no me aparto de las tareas ni permito a mi mente descansar y trato de seguir los designios de la divina Providencia. Hasta ahora, todo se ha logrado más allá de nuestra esperanza. Aunque el buen Dios ha permitido algo de preocupación y espacio para algo de nerviosismo, no dejo de confiar; por el contrario, en los momentos de angustia, la oración se ha vuelto más tierna y me atrevo a decir más familiar… de un hijo hacia su padre”.
Carta al P. Tempier, Enero 20, 1826, EO VII núm. 219
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Eugenio estaba muy consciente de lo importante que era la aprobación de la Regla para la misión de los Oblatos en dar a conocer el Reino de Dios. Además, tenía en cuenta la presencia de Dios en lo que hacía, colocando constantemente su confianza en la providencia de Dios. Los siguientes pasajes nos dan una mirada al alma de Eugenio.
“Debo añadir que desde mi salida de Francia y en especial desde que estoy en Roma, el buen Señor me ayuda en todo de forma tan tangible, que sería imposible alejar de mi alma un sentimiento constante de gratitud que me lleva a alabar, bendecir y agradecer a Dios, nuestro Señor Jesucristo y en debida proporción a la Santísima Virgen, a los santos Ángeles y a los Santos con quienes me siento en deuda por la protección y consuelo que tengo. Ello de ninguna forma me impide ir a confesión dos veces a la semana y encontrar de forma constante un mayor o menor motivo para ser humilde ante Dios…”.
Carta al P. Tempier en Marsella, Enero 10, 1826, EO VII núm. 217
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Eugenio estaba ocupado con todo lo necesario para que el proceso llevara a feliz término la aprobación de la Regla, pero también estaba consciente de que para hacer la tarea de Dios, era esencial estar conscientemente tan cercano Él como fuera posible.
“Comienzo, mi querido P. Tempier, rectificando algo dicho en mi carta anterior, que sería absurdo y ridículo si no escribiera en confianza a un amigo, al confidente de mis pensamientos más secretos; por cierto no lo hubiera dicho a ninguna otra persona. Al decir que no pecaba, quise decir que pecaba menos; la razón es muy sencilla. Primero, porque estando ocupado con nuestros asuntos, he hecho mi mayor esfuerzo por beneficiarme con todas las gracias extraordinarias y diversas del Jubileo. Además, todo aquí me recuerda los grandes ejemplos de los santos, que parecen aun vivir por quienes transitan esta ciudad con una pizca de fe.
Aun más, con este asunto de la mayor importancia en mis manos, cuya consecuencia debe influir tanto en construir la Iglesia, glorificar a Dios y santificar almas, un asunto que debe frustrar al infierno, y que solo puede tener éxito gracias a una protección muy especial de Dios, a quien solo pertenece el poder de tocar los corazones y guiar la voluntad de los hombres, he necesitado convencerme que es mi deber hacer todo lo que esté a mi alcance para vivir en la más íntima unión con Dios, y estar decidido en consecuencia, a ser fiel a su gracia y no dar motivo para afligir su espíritu.
Como está todo en este momento, me parecería un crimen cualquier mínima falta voluntaria, no solo porque contrariaría a Dios, que sin duda sería el peor mal, sino aun más por las consecuencias que podría tener”.
Carta al P. Tempier en Marsella, Enero 10, 1826, EO VII núm. 217
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Una vez iniciado el proceso de estudio de las Reglas, dependía del grupo de Cardenales discernir y entregar su recomendación al Papa. Eugenio pasó las siguientes seis semanas respondiendo a sus preguntas y yendo de la oficina de un cardenal a otra, según cada uno trabajaba en el texto y requería aclaración o sugería cambios.
“Debemos seguir un procedimiento y muchas formalidades, que tomará mucho tiempo”.
Carta a Henri Tempier en Marsella, Diciembre 22, 1825, EO VII núm. 213
“En este momento me alisto para más operaciones; hay que recordar el dicho de San Ignacio de que en los asuntos hay que actuar como si el éxito dependiera de nuestra capacidad y poner toda nuestra confianza en Dios, como si todo nuestro esfuerzo fuera en vano. Sin embargo, admito que después de todo lo sucedido hasta hoy, solo cuento en la ayuda de Dios, y si hago mi parte, es para cumplir con las formalidades y no para tentar a Dios. Es todo por ahora. Debo darte tiempo para meditar un poco en los caminos de la Providencia y dar gracias a Dios”.
Carta a Henri Tempier en Marsella, Diciembre 29, 1825, EO VII núm. 214
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Eugenio escribe las siguientes bellas palabras en el contexto de la gracia de Dios en la opinión favorable del Papa, llamándonos a la renovación.
“Renovémonos todos, en especial la devoción a la Santísima Virgen y hagámonos dignos de ser Oblatos de María la Inmaculada. ¡Es un pasaporte al cielo! ¿Cómo es que no lo pensamos antes? Reconozcamos que nos será tan glorioso, como reconfortante estar consagrados a ella en una forma especial y llevar su nombre. ¡Los Oblatos de María! Este nombre llena el corazón y el oído.
Debo admitirles que quedé sorprendido cuando se decidió tomar el nombre que había pensado dejarían a un lado, siendo tan insatisfactorio por llevar el nombre de un santo que es mi protector particular y por quien tengo tanta devoción. Ahora veo el motivo; fuimos negligentes respecto a nuestra Madre, nuestra Reina, quien nos protege y debe obtenernos toda gracia de su divino Hijo quien la hizo su intermediaria. Así que regocijémonos por llevar su nombre y ser su insignia”.
Carta a Henri Tempier en Marsella, Diciembre 22, 1825, EO VII núm. 213
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La apertura del Papa a la obra del Espíritu Santo respecto a nuestra Regla, nos obliga, como Eugenio recalca al P. Tempier y los Oblatos en Francia:
“Así, nuestra causa está en camino, pero si inicialmente se trata de un gran paso, no está ya concluida. Ante Dios, y en lo que nos concierne, es como si la Cabeza de la Iglesia se hubiera expresado haciéndonos saber su voluntad, pero para que tenga efecto, debemos seguir un procedimiento y muchas formalidades, que tomará mucho tiempo. Heme aquí, alejado de ustedes y de toda nuestra querida familia. Crean que para mí es un gran sacrificio; pero si alguna vez tuviera que hacerse, ciertamente es ahora; y si lo hago notar, no es para quejarme, Dios no lo quiera, ni para murmurar; sino para que sepan que solo soy feliz al lado de quienes Dios me ha dado. Redoblen todos su fervor y la exactitud con que observan las Reglas, pues sepan que hoy se han vuelto más imperativas.
Traten de responder a las expectativas del Jefe de la Iglesia, que es el medio para atraer nuevas bendiciones sobre nosotros y nuestro santo ministerio”.
Carta a Henri Tempier en Marsella, Diciembre 22, 1825, EO VII núm. 213
Doscientos años después, Eugenio nos pide a cada miembro de su Familia Carismática Oblata tener esta actitud y hacer nuestro mayor esfuerzo para vivir según la espiritualidad y la misión expresada en nuestra Regla de Vida.
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