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FINALMENTE, TERMINÉ LA TAREA, PRONUNCIANDO LA ÚLTIMA PALABRA DE MI MANUSCRITO, QUE CASI SE CONVIRTIÓ EN LA ÚLTIMA PALABRA DE MI VIDA.
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LOS SENTIMIENTOS DE MI ALMA QUE PERCIBAN DESDE DENTRO QUE MI ÚNICA AMBICIÓN ES COMPLACER A DIOS Y OBTENER SU GLORIA SIRVIENDO A LA IGLESIA Y SALVANDO ALMAS
Eugene había estado alejado de los Oblatos durante casi cuatro meses, y aún tendría que permanecer en Roma hasta que se completara y publicara la Breve Papal. Sin embargo, fue un tiempo de profunda gracia e intimidad con Dios lo que experimentó y vivió, y sabía que ese era el secreto de su éxito.
Me engaño a mí mismo pensando lo contrario, porque me parece que ha pasado mucho tiempo desde que me separé de ti y de la familia; pero siento que tenía que ser así y que el buen Dios me ha elegido para prestar este servicio a la Sociedad; y debo dar gracias a aquel para quien trabajamos, por haber dispuesto tan bien los corazones a mi favor, que cada uno de aquellos con quienes tuve que tratar se adelantó a mi encuentro, se mostró favorable desde el principio y encontró bueno todo lo que propuse, como si el Señor les hubiera revelado los sentimientos de mi alma y les hubiera hecho percibir desde dentro que mi única ambición es complacer a Dios y procurar su gloria sirviendo a la Iglesia y salvando almas.
Debo añadir que, a partir de los hechos que presenté y de todo lo que el peso de la verdad me obligó a decir, concibieron, especialmente el Papa, una idea muy favorable de toda la Sociedad, lo que debería estimularnos a merecer cada vez más, por nuestra dedicación a todo lo bueno, una protección tan alta y tan honorable. Amén.
Carta al P. Tempier, 18 de febrero de 1826, EO VII n. 226
Al celebrar estos 200 años, que los sentimientos que llevamos en nuestro corazón sean como los de Eugenio al vivir nuestras tareas cotidianas, por aburridas y humildes que algunas de ellas puedan ser.
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ESTE SUFRIMIENTO TEMPORAL QUE ME INSPIRÓ OFRECER AL BUEN DIOS, EN EXPIACIÓN DE MIS PECADOS Y POR EL BIEN DE NUESTRA SOCIEDAD
El informe solo se redactará después de que haya terminado un trabajo importante. Tengo que copiar todo el volumen de las Reglas y Constituciones, porque es esta copia la que se aprobará y se me devolverá. El original, al que se adjuntan las aprobaciones de los obispos y la firma de los miembros de la Sociedad, debe permanecer en los archivos de la Congregación de Obispos y Regulares. Estoy algo consternado por esta tarea; primero pensé en hacerlo yo mismo, pero me temo que no podré hacerlo con la rapidez necesaria, ya que a menudo me veo obligado a salir para hacer recados ineludibles… Hoy voy a ponerme en contacto con un copista para que empiece a trabajar mañana, lunes, y poder presentar el manuscrito a más tardar la semana que viene. Si no me promete terminarlo en una semana, lo sacrificaré todo y me encerraré para hacer yo mismo este trabajo, dedicándome a ello día y noche.
En su diario anota:
20: Salí temprano a buscar un copista, pero no encontré ninguno, al menos no del tipo que necesitaba.
Todos estos recados me agobian, y la idea de que, sin un copista, debo transcribir doscientas páginas en formato pequeño, ciertamente no es algo que me dé mucho ánimo.
21: Copié todo el día, ya que no encontré ningún copista dispuesto a hacer este trabajo en una semana. Habrían tenido el manuscrito al menos tres semanas y me habría costado 30 coronas romanas, si no más. Yo lo haré en tres días y solo me costará mi esfuerzo, lo cual no es poca cosa, ya que hoy he escrito durante doce horas.
22, 23, 24: Pasé tres días y media noche, es decir, hasta las tres de la madrugada, ocupado copiando.
25: Volví a pasar la mayor parte del día escribiendo. Las peticiones tenían que hacerse en dos copias originales, etc. Espero que esto sea todo, ya que tengo los brazos entumecidos.
Diario de Eugenio, 20-25 de febrero EO XVII
En una carta al padre Tempier, le confió lo que le había ayudado a seguir adelante con esta tarea:
Aunque tengo todos los miembros entumecidos, mi querido Tempier, con el trabajo penal que acabo de realizar, pensé en escribirle al menos media hoja… Me abalancé sobre este trabajo en tres días y parte de las noches; debo admitir que fue una tarea enorme; también puedo decir que me dediqué a ello de pies a cabeza; con la cabeza, el pecho, los brazos, las manos, las piernas, los pies y una parte innombrable de mi cuerpo sometidos a una dura prueba. Pero no queda ni rastro de este sufrimiento temporal que me sentí inspirado a ofrecer al buen Dios, en expiación de mis pecados y por el bien de nuestra Sociedad.
Carta al P. Tempier en Marsella, 27 de febrero de 1826. EO VIII n. 227
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DEBEMOS ESPERAR A QUE SE ENVÍE EL ESCRITO ANTES DE PROCLAMAR SIN RESERVAS LAS MISERICORDIA DEL SEÑOR PARA NUESTRA QUERIDA PEQUEÑA SOCIEDAD
«Te alabamos, oh Dios: reconocemos que tú eres el Señor»… Mi querido amigo, mis queridos hermanos, ayer por la tarde, 17 de febrero de 1826, el Soberano Pontífice León XII… aprobó específicamente el Instituto, las Reglas y las Constituciones de los Misioneros Oblatos de la Santísima e Inmaculada Virgen María…
Eugenio advierte a los Oblatos que no hablen de esto hasta que se publique oficialmente el breve de aprobación del Papa. Para que este proceso pudiera comenzar, era necesario hacer una copia manuscrita de todo el volumen.
Creo que debemos esperar a que se envíe el breve antes de proclamar sin reservas las misericordias del Señor para con nuestra querida pequeña Sociedad…
Ahora empiezo a tener la esperanza de poder partir inmediatamente después de Pascua, a menos que el procedimiento con el breve se prolongue mucho.
Carta al P. Tempier, 18 de febrero de 1826, EO VII n. 226
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AQUEL A QUIEN DIOS HA UTILIZADO PARA REDACTAR LA REGLA DESAPARECE; HOY ES CIERTO QUE ÉL NO FUE MÁS QUE EL INSTRUMENTO MECÁNICO QUE EL ESPÍRITU DE DIOS UTILIZÓ
«Te alabamos, oh Dios: te reconocemos como Señor»… Mi querido amigo, mis queridos hermanos, el 17 de febrero de 1826, ayer por la tarde, el Soberano Pontífice León XII… aprobó específicamente el Instituto, las Reglas y las Constituciones de los Misioneros Oblatos de la Santísima e Inmaculada Virgen María…
El reconocimiento por parte de la Iglesia de la mano de Dios en el proceso de redacción de la Regla (y de los Capítulos Generales Oblatos que rezan para ser inspirados por el Espíritu Santo) subraya lo sagrado de nuestra vocación de vivir según estas Reglas.
Aquel a quien Dios ha utilizado para redactarlas desaparece; hoy es cierto que no fue más que el instrumento mecánico que el Espíritu de Dios puso en juego para mostrar el camino que quería que siguieran aquellos a quienes había predestinado y preordenado para la obra de su misericordia, llamándolos a formar y mantener nuestra pobre, pequeña y modesta Sociedad.
Este pequeño grupo de 22 oblatos tenía ahora el mismo estatus en la Iglesia que las grandes órdenes de dominicos, franciscanos, etc. La Congregación Oblata, como madre de todos sus miembros, tenía su lugar en el plan de salvación de Dios. Nos corresponde a nosotros asegurarnos de que produzca una enorme familia misionera que abarque a todos los que trabajan por la salvación de los demás.
Por muy insignificantes que seamos, por débiles y pocos que seamos, tenemos una existencia en la Iglesia no menor que la de los cuerpos más célebres, las sociedades más santas. Así es como estamos constituidos. Ahora mismo puedo decirles en voz baja lo que les diré en voz alta cuando se entregue el informe: conozcan su dignidad, procuren no deshonrar nunca a su Madre, que acaba de ser entronizada y reconocida como Reina en la casa del Esposo, cuya gracia la hará lo suficientemente fecunda como para engendrar un gran número de hijos, si somos fieles y no le provocamos una vergonzosa esterilidad con nuestras prevaricaciones.
Por último, el imperativo de Eugenio, que ha sido reconocido oficialmente en su canonización y en los oblatos y colaboradores misioneros que han sido beatificados. Aquí, en esta breve frase, está el objetivo y la meta de las Constituciones y Reglas y su mandato de aplicarlo a todas las personas a las que atendemos:
En nombre de Dios, seamos santos.
Carta al P. Tempier, 18 de febrero de 1826, EO VII n. 226.
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LAS REGLAS HAN SIDO CONSIDERADAS SAGRADAS Y MUY ADECUADAS PARA GUIAR A AQUELLOS QUE LAS HAN ADOPTADO HACIA SU OBJETIVO
«Te alabamos, oh Dios: te reconocemos como Señor»… Mi querido amigo, mis queridos hermanos, ayer por la tarde, 17 de febrero de 1826, el Soberano Pontífice León XII… aprobó específicamente el Instituto, las Reglas y las Constituciones de los Misioneros Oblatos de la Santísima e Inmaculada Virgen María…
La gracia de la aprobación —el hecho de que la Iglesia haya reconocido los orígenes divinos de nuestro carisma— exige de nosotros una respuesta adecuada, que Eugenio expresó claramente
La conclusión que debemos sacar de esto, queridos amigos y buenos hermanos, es la siguiente: debemos trabajar, con renovado ardor y aún más dedicación, para llevar a Dios toda la gloria que se deriva de nuestros esfuerzos y, a las almas necesitadas de nuestros vecinos, la salvación de todas las formas posibles; debemos apegarnos en cuerpo y alma a nuestras Reglas y practicar más exactamente lo que nos prescriben.
Hoy, como hace 200 años, el hecho de la aprobación nos llama a ser conscientes de que, al seguir las Constituciones y Reglas y el espíritu que expresan, todos los miembros de la Familia Carismática Oblata tienen un mapa de cómo alcanzar nuestras metas como cristianos y misioneros: «¡En nombre de Dios, seamos santos!».
Hacerlo bien significaría rehacer nuestro noviciado para meditar con calma sobre todo lo que contienen. No son una trivialidad, ya no son simples reglamentos, meras instrucciones piadosas; son Reglas aprobadas por la Iglesia tras un minucioso examen. Han sido juzgadas santas y muy adecuadas para guiar a quienes las han abrazado hacia su meta.
La Familia Oblata se fundó porque Eugenio escuchó la llamada de Jesucristo dentro de la Iglesia a través de la necesidad de salvación de las personas. Las Constituciones y Reglas ahora pertenecen a la Iglesia porque son nuestro medio para ser Iglesia, el Cuerpo de Cristo.
Se han convertido en propiedad de la Iglesia que las ha adoptado. El Papa, al aprobarlas, se ha convertido en su garante.
Carta al P. Tempier, 18 de febrero de 1826, EO VII n. 226.
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ME CONSIDERABA EL INTERPRETE DE TODOS USTEDES Y PORQUE ME SENTÍA, POR ASÍ DECIRLO, LLEVADO POR LAS ORACIONES, LOS MÉRITOS Y LAS OBRAS DE TODA LA COMUNIDAD
Tras anunciar la buena noticia de la aprobación, Eugenio compartió con su confidente más cercano una hermosa reflexión sobre la relación que había mantenido con su Salvador a lo largo de todo este proceso.
Es cierto que siempre he puesto toda mi confianza en la bondad de Dios. Como les he dicho, ofrecí el Santo Sacrificio todos los días por esta intención; invoqué constantemente a la Santa Virgen y a todos los santos, pero especialmente al soberano Mediador, a cuya gloria se dirigen todas nuestras intenciones; y debo confesar que, si alguna vez he rezado tanto, nunca lo he hecho con tanto consuelo (efecto de una confianza absoluta pero filial), hasta el punto de hablar con nuestro Señor como me atrevo a creer que lo habría hecho si hubiera tenido la felicidad de vivir cuando él recorría esta tierra para difundir su bondad y conceder a cada uno lo que pedía. Fue especialmente en la comunión, cuando nuestro divino Salvador está a punto de darnos la máxima prueba de su amor, cuando me sentí impulsado a abandonarme a todos los sentimientos que su divina presencia y la inmensidad de su misericordia, nunca mejor sentida que cuando le veo no desdeñar a un pecador como yo, inspiraron en ese precioso momento en mi miserable alma.
Estos mismos sentimientos se renovaban cuando me presentaba ante él para adorarlo, ya fuera en mi hora de adoración, ya fuera al aparecer ante él al salir o entrar en la casa, ya fuera de nuevo en las visitas que trataba de hacer a menudo durante las Cuarenta Horas, o en otras iglesias donde se exponía el Santísimo Sacramento. Pero debo hacerles saber que tal confianza y tales sentimientos se debían, después de la gracia que los inspiraba, al pensamiento de que yo pedía algo conforme a la voluntad de Dios, apto para procurar su gloria, la salvación de las almas y el bien de la Iglesia, y también porque me consideraba intérprete de todos ustedes y porque me sentía, por así decirlo, llevado por las oraciones, los méritos y las obras de toda la Sociedad.
Carta al P. Tempier, 16 de febrero de 1826, EO VII n. 224
En este momento en que celebramos el bicentenario de este acontecimiento, dejémonos transformar por San Eugenio para compartir su gratitud y su conmovedora relación con Dios. Esto es lo que quería decir cuando exclamaba: «¡En nombre de Dios, sed santos!».
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TE ALABAMOS, OH DIOS: TE RECONOCEMOS COMO SEÑOR
El anuncio de Eugenio sobre la aprobación del Papa comienza con las palabras de alabanza del himno Te Deum:
«Te alabamos, oh Dios: te reconocemos como Señor. Toda la tierra te adora, Padre eterno. Día tras día te bendecimos; y alabamos tu nombre por siempre, sí, por los siglos de los siglos». (Te Deum)
Querido amigo, queridos hermanos, el 17 de febrero de 1826, ayer por la tarde, el Soberano Pontífice León XII confirmó la decisión de la congregación de Cardenales y aprobó específicamente el Instituto, las Reglas y las Constituciones de los Misioneros Oblatos de la Santísima e Inmaculada Virgen María, y acompañó este acto solemne de su poder pontificio con palabras de gran admiración para quienes forman felizmente esta Sociedad, de la que el jefe de la Iglesia espera, en efecto, el mayor bien.
Carta al P. Tempier, 18 de febrero de 1826, EO VII n. 226
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TODOS MIS PASOS, TODAS MIS INICIATIVAS PARECÍAN GUIADAS POR UNA LUZ SOBRENATURAL QUE ME LLEVABA A HACER Y DECIR PRECISAMENTE LO QUE ERA NECESARIO
¡Silencio! Querido Tempier, te hablo en voz baja, pero lo suficientemente alta como para que me oigas. Ayer, 15 del mes de febrero del año de gracia de 1826, la Congregación de Cardenales, reunida bajo la presidencia del cardenal Pacca, prefecto, aprobó por unanimidad las Reglas, salvo ligeras modificaciones propuestas por el cardenal ponente, siendo el juicio de la Congregación que nuestro Santo Padre el Papa conceda el breve de aprobación en buena y debida forma…
Reconozcamos que la conducta de la divina Providencia en este asunto ha sido admirable y que ninguno de nosotros debe olvidar jamás lo evidente que ha sido su protección. Quizás nunca en asuntos como este se haya visto a corazones, de los que Dios se ha mostrado decididamente dueño, tan dispuestos como lo han estado. Primero, el del Soberano Pontífice, y luego el de todos los que han tenido que ocuparse de este asunto. Todos mis pasos, todas mis gestiones parecían guiados por una luz sobrenatural que me llevaba a hacer y decir precisamente lo necesario para complacer, para persuadir. Se podría decir de mí, como de Ester, con respecto a cada uno de aquellos con quienes tuve que tratar: «le agradó y halló gracia ante sus ojos».
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ME DIJO QUE TODO HABÍA SALIDO MARAVILLOSAMENTE BIEN Y QUE LA CONGREGACIÓN HABÍA APROBADO LA RECOMENDACIÓN
En una carta al padre Tempier, Eugenio narró lo que había sucedido el día anterior, 15 de febrero.
Ayer no perdí ni un minuto. Celebré la misa temprano y luego visité al cardenal Pedicini para informarle de los comentarios del cardenal Pallotta y de mis respuestas a los mismos. Desde allí llamé al arzobispo de Ancira y, sin tomar aliento, me apresuré a decirle al cardenal Pacca que estaría esperando en la iglesia de Santa María en Campitelli, frente a su palacio, mientras la Congregación estuviera en sesión.
Al salir, les pedí que me avisaran cuando terminara la reunión; se olvidaron, así que tuve tiempo de celebrar nueve misas. Sin embargo, les aseguro que, estando preparado para una larga espera, no me pareció que el tiempo se hiciera largo; al contrario, me sentí muy feliz en esta hermosa iglesia, ocupado como uno desearía estarlo siempre.
Sin embargo, cuando me di cuenta de que era imposible que los cardenales siguieran reunidos, salí de la iglesia. Era la una.
De hecho, la reunión había terminado más de una hora antes. Esperé hasta la noche para recibir noticias del resultado por parte del arzobispo secretario. Como no estaba la primera vez que llamé, volví más tarde y, con su habitual buena voluntad hacia mí, me dijo que todo había ido maravillosamente bien y que la Congregación había aprobado [la recomendación], con algunas modificaciones que me presentaría. Nos pusimos a trabajar inmediatamente y continuamos trabajando durante más de dos horas. Él empuñó la pluma y escribió nuestras decisiones con su propia mano.
Carta al P. Tempier, 16 de febrero de 1826, EO VII n. 224
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