UNA DIFÍCIL CEREMONIA DE CONFIRMACIÓN

Cuando la Iglesia de la Misión abrió sus puertas al público en general, se hizo evidente el enojo de algunos de los pastores. En especial en el caso de los pastores galicanos, descontentos con la afinidad de Eugenio con Roma y el Papa. Algunos de ellos cooperaron con los gobiernos revolucionarios y juraron adherirse a Francia y no a la influencia de Roma. Aun cuando se retractaron después de la caída de Napoléon, Eugenio era visto por ellos como una señal de contradicción.

Así lo expresaron al atacar a la Congregación de la Juventud. Uno de los ejemplos proviene del 6 de abril de 1817, durante la confirmación de 26 congregantes. Eugenio hace alusión a ello en su Diario, refiriéndose a él mismo en tercera persona, como el “Director”:

Los jóvenes congregantes que deben recibir el sacramento de la confirmación entraron en retiro en la casa de la Misión tres días antes, según la costumbre. Eran bastante numerosos y la Congregación merecía bastante consideración para que el Sr. Obispo de Digne tuviera la bondad de venir a confirmarlos en la capilla de la Congregación, como no había tenido reparo en ir hasta el almacén de los pordioseros. Razones lamentables, que no me atrevo a consignar aquí por respeto a su persona, impidieron a ese Prelado acceder a la invitación que le hizo el Director con el consentimiento de los Sres. Vicarios generales capitulares.
Fue preciso, pues, ir a la iglesia metropolitana donde el párroco de San Juan se desmandó hasta llegar a insultar públicamente al Director quien tuvo la dicha de contenerse y no responder nada a los ultrajes para no dar lugar a un escándalo horrible en semejante reunión. Las quejas del Sr. cura de San Juan eran por haberse negado el Director a enviar a los congregantes a la parroquia para que se juntaran con los pícaros del rincón que habían sido reunidos de prisa y a duras penas con motivo de la confirmación.
El Director solo se había negado tras haber consultado al Sr. Vicario general, así que estaba perfectamente en regla y no tenía por qué verse apostrofado de la manera más descortés en medio del coro de San Salvador atestado de niños de todas las parroquias que estaban aguardando el momento de ser confirmados. El Director, al que el buen párroco dijo en voz alta que iba a enseñarle su deber, que le denunciaría ante el Promotor y otras lindezas por el estilo, asistido por una gracia especial, no contestó nada y no hizo caso, pero como se habían olvidado de reservar un sitio para los congregantes, aunque él había tomado la precaución de avisar la víspera, acudió directamente al Vicario general para que tuviera a bien proveer. El Sr. Vicario general los hizo colocar alrededor del altar, donde estos jóvenes que habían sido tan cuidadosamente preparados dieron el espectáculo de una piedad encantadora que contrastaba fuertemente con la disipación escandalosa de los otros niños a los que no lograban mantener en orden más que a bonetazos y bofetadas.
El desorden llegó a tal punto que, hacia la mitad de la Misa del Prelado, el Sr. Vicario general que le asistía se volvió hacia los sacerdotes y les ordenó en voz alta que cuidaran de sus niños y que hicieran cesar el alboroto. Los [26] congregantes, apenas recibido el sacramento de la confirmación, se retiraron detrás del altar mayor y allí quedaron hasta el final de la ceremonia. El Director les hablaba de vez en cuando para elevar sus corazones a Dios y apartarlos de las distracciones que pudiera ocasionarles el guirigay que había en la iglesia. Pero puede decirse que esta ayuda estaba casi de sobra: tan inclinados estaban ellos mismos al recogimiento, y tan atentos a rezar o a leer en el libro que se había tenido la precaución de procurarles. Puedo asegurar que ese día se superaron.
El Director dio gracias por ello al Señor, como por una compensación que le hacía olvidar lo desagradable de la escena que se le había ofrecido por la mañana. No hay que olvidar anotar que los congregantes fueron casi los únicos que tuvieron la dicha de comulgar en la Misa del Sr. Obispo […] Volvieron de dos en dos a la Misión, acompañados del Director y de otro misionero. Su retiro continuó hasta la tarde […].

Diario de la Congregación de la Juventud, el 6 de abril 1817, E.O. XVI

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