EN LUGAR DE OTRAS PENITENCIAS, OFREZCO ESTO AL BUEN DIOS.

Mientras esperaba que se aprobara el Breve, Eugenio le confió a Henri Tempier sus dificultades con la comida cuaresmal en la casa donde se alojaba.

Cuando termine la Cuaresma, tendré un poco más de fuerzas, pues reconozco que nunca en mi vida he observado una Cuaresma comparable a esta. A menudo paso el día con dos huevos mal cocidos en el estómago, y aun así está prohibido comerlos tres días a la semana. Es más de lo que puedo soportar, no puedo superar la repugnancia que me produce el aceite apestoso que utilizan en esta casa. Cuando me dan pescado, lo trago sin condimentar, pero a veces no me lo puedo comer. Prefiero vomitar antes que comer tres trozos de otro tipo de pescado marinado en vinagre con especias que me dan náuseas. A menudo la sopa es horrible; es una mezcla de queso, pan y verduras; siempre me la trago a la fuerza; pero me compenso con fruta, como mi pan con nueces, almendras y, por lo general, dos peras con las que no soy parsimonioso… En lugar de otras penitencias, ofrezco esto al buen Dios.

A veces sonrío cuando pienso en el consejo que, creo, San Bernardo dio a sus religiosos sobre la disposición con la que debían acudir al refectorio. No me cuesta mucho entrar en el espíritu de este santo, y desde luego no es un acto de virtud para mí acudir allí como si fuera al martirio; se me revuelve el estómago con solo acercarme al refectorio. No temo pecar allí por sensualidad. A pesar de todo, estoy muy bien. No he estado mal ni un momento desde que salí de Francia.

Carta al P. Tempier en Marsella, 16 de marzo de 1826, EO VII n. 230

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