AQUEL A QUIEN DIOS HA UTILIZADO PARA REDACTAR LA REGLA DESAPARECE; HOY ES CIERTO QUE ÉL NO FUE MÁS QUE EL INSTRUMENTO MECÁNICO QUE EL ESPÍRITU DE DIOS UTILIZÓ

«Te alabamos, oh Dios: te reconocemos como Señor»… Mi querido amigo, mis queridos hermanos, el 17 de febrero de 1826, ayer por la tarde, el Soberano Pontífice León XII… aprobó específicamente el Instituto, las Reglas y las Constituciones de los Misioneros Oblatos de la Santísima e Inmaculada Virgen María…

El reconocimiento por parte de la Iglesia de la mano de Dios en el proceso de redacción de la Regla (y de los Capítulos Generales Oblatos que rezan para ser inspirados por el Espíritu Santo) subraya lo sagrado de nuestra vocación de vivir según estas Reglas.

Aquel a quien Dios ha utilizado para redactarlas desaparece; hoy es cierto que no fue más que el instrumento mecánico que el Espíritu de Dios puso en juego para mostrar el camino que quería que siguieran aquellos a quienes había predestinado y preordenado para la obra de su misericordia, llamándolos a formar y mantener nuestra pobre, pequeña y modesta Sociedad.

Este pequeño grupo de 22 oblatos tenía ahora el mismo estatus en la Iglesia que las grandes órdenes de dominicos, franciscanos, etc. La Congregación Oblata, como madre de todos sus miembros, tenía su lugar en el plan de salvación de Dios. Nos corresponde a nosotros asegurarnos de que produzca una enorme familia misionera que abarque a todos los que trabajan por la salvación de los demás.

Por muy insignificantes que seamos, por débiles y pocos que seamos, tenemos una existencia en la Iglesia no menor que la de los cuerpos más célebres, las sociedades más santas. Así es como estamos constituidos. Ahora mismo puedo decirles en voz baja lo que les diré en voz alta cuando se entregue el informe: conozcan su dignidad, procuren no deshonrar nunca a su Madre, que acaba de ser entronizada y reconocida como Reina en la casa del Esposo, cuya gracia la hará lo suficientemente fecunda como para engendrar un gran número de hijos, si somos fieles y no le provocamos una vergonzosa esterilidad con nuestras prevaricaciones.

Por último, el imperativo de Eugenio, que ha sido reconocido oficialmente en su canonización y en los oblatos y colaboradores misioneros que han sido beatificados. Aquí, en esta breve frase, está el objetivo y la meta de las Constituciones y Reglas y su mandato de aplicarlo a todas las personas a las que atendemos:

En nombre de Dios, seamos santos.

Carta al P. Tempier, 18 de febrero de 1826, EO VII n. 226.

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