UNA EXPLOSIÓN DE EMOCIÓN PROVENZAL

En esta ciudad del sur de Francia, las emociones estaban a flor de piel y no tardaba mucho en incitar a la multitud – en especial si la causa de su ira afectaba a alguien a quien amaban y respetaban. Eugenio había mostrado generosidad en su ministerio a la clase pobre y avanzado mucho para asegurar su bienestar. Cualquier ataque a su persona provocaría una fuerte reacción y fue exactamente lo que sucedió con la actitud arrogante de los canónigos. Eugenio y los Misioneros estaban cerca de la gente y la gente se sentían cercanos a ellos, como narra Leflon:

Los canónigos sin embargo, no tenían intención de dar por terminada la situación. Demandaron en forma pública sus prerrogativas, aludiendo a los derechos de su alto rango que habían sido burlados, decidiendo prohibir al Fundador predicar el sermón final en la ceremonia de clausura de la misión predicada en Saint Sauveur por los Misioneros de Provenza. La catedral en ese momento se encontraba abarrotada con hombres y mujeres que acababan de participar en la procesión honrando la Cruz y entonaban himnos mientras esperaban el sermón del Padre de Mazenod. En vez del orador que esperaban, de pronto apareció en el púlpito el Padre Honorat, pastor de la catedral, y para sorpresa de todos, anunció que puesto que los servicios habían concluido, no habría sermón y todos habrían de salir del lugar en forma inmediata y en silencio. Sorprendidos al principio por el anuncio y acusando en forma correcta al Capítulo de este insulto al Padre de Mazenod, la gente comenzó a hacer protestas violentas. Unidos y con gestos de cólera, que fue en aumento, mostraron su indignación aun al punto de amenazar con daño físico. Atemorizados por esta violenta reacción, los pobres canónigos huyeron a la sacristía, desde donde tomaron un pasadizo secreto que les llevó al palacio del Obispo.

Uno de los canónigos, el Padre Rey, ya fuera por ser más valiente u osado que los demás, cometió el infortunado error de tratar de hablar a la muchedumbre, en vez de retirarse prudentemente, como hicieron sus colegas. Subiendo a una silla, invitó a los fieles a unírsele en el Padre Nuestro y Ave María, esperando continuar con una exhortación a restaurar la calma. En vez de acallar a la multitud, que no le dejaba hablar, ahogando su voz con denuncias iracundas, Rey sólo logró incrementar su exasperación y a cambio hubo de esfumarse bajo el riesgo de ser agredido. Tuvo dificultad para escapar al refugio donde le habían precedido sus colegas. Algunos de los hombres, incapaces de alcanzarle antes de llegar a la sacristía, corrieron al palacio del obispo, con la intención de apedrear las ventanas e incluso derribar las puertas.

Leflon 2, pág. 125 – 126

Eugenio describió el incidente al Arzobispo:

Este arreglo no gustó. Sin prevenirme, el Sr. Rey quiso obligar al pueblo a retirarse después de la bendición con que concluía el oficio de los canónigos. El Sr. Beylet ordenó al Sr. Párroco anunciara desde el púlpito que la misión había terminado y que no había más que decir. El pueblo no se movía, en espera de lo que yo había anunciado pocas horas antes. El Sr. Rey se permitió reprenderle; murmuraron bastante fuerte; quiso entonces hacer rezar un Pater y un Ave para expiar lo que consideraba un escándalo; no respondieron o, por decirlo mejor, gran número de personas le dieron señales inequívocas de reprobación. En esto llegó el P. Deblieu para hacer cantar los cánticos. En cuanto el pueblo vio aparecer un misionero, aplaudió gritando: “¡Viva los misioneros!”. El P. Deblieu anunció que la misión terminaría con el sermón de clausura y que iban a comenzar los cantos mientras llegaba yo. Ese anuncio provocó nuevos transportes de alegría, que él apaciguó entonando los cánticos. Llego yo sin estar enterado de nada; entro a la iglesia, en la que encuentro la calma perfectamente restablecida. Me dispongo a subir al púlpito, cuando me previenen que el Sr. Beylet ha prohibido que predique. Acudo al párroco para saber si esta noticia extraña es cierta; el Sr. Honorat me manifiesta que el Sr. Vicario general le ha encargado expresamente notificarme que me estaba prohibido predicar. Temblé ante las consecuencias de una contradicción tan intempestiva; pero, creyendo ante Dios que era más perfecto obedecer, subo sobre una silla para preparar a esa muchedumbre para la noticia que tanto temía darle.
Por mucho que aquilaté los términos, la indignación estalló. Se echaron sobre mí gritando. Me libero; pero no me abandonan. Cuando salí de la iglesia, los gritos se multiplican, mientras todos se abalanzan para abrazarme; unos hombres me levantan gritando: “¡Viva el Padre de Mazenod, viva los misioneros!”. La muchedumbre aumenta continuamente, y con grandes dificultades logré encaminarme a nuestra casa, acompañado siempre por esa multitud que llenó nuestra iglesia, nuestra casa y la plaza de las Carmelitas. Desgraciadamente la indignación contra los autores del desorden que se había producido se mezclaba con los gritos afectuosos para con nosotros. En medio de todo ese tumulto, logré hacerme oír desde la escalinata de nuestra iglesia. Rogué a ese pueblo que se calmara, que respetara a la autoridad y se quedara en paz. Se lo pedí como una prueba de su afecto para conmigo. Aparentemente les conmovieron mis palabras, y prometieron retirarse, mientras proferían de nuevo los gritos: “¡Vivan los misioneros, etc.!” Los más solícitos habían entrado en la casa, que no se vació, a pesar de mi insistencia, hasta bien entrada la noche.

Carta al Arzobispo de Bausset de Aix, 1° de Mayo, 1820, E.O. XIII n. 28

 

¿Si fueras arrestado por ser cristiano, habría suficiente evidencia para condenarte? David Otis Fuller

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