APOYAREMOS A LOS LAICOS EN SU ESFUERZO POR DISCERNIR Y DESARROLLAR SUS PROPIOS TALENTOS Y CARISMAS

“Apoyaremos a los laicos en su esfuerzo por discernir y desarrollar sus propios talentos y carismas. Los animaremos a comprometerse en el apostolado, a encargarse de ministerios, asumiendo las responsabilidades que les incumben en el seno de la comunidad cristiana”.  (Regla 7 f)

Evidentemente, desde el principio, quienes recibieron nuestro ministerio fueron los laicos.  Cuando nuestras comunidades se establecieron permanentemente, nuestros lazos con la gente se hicieron más fuertes.  Tras recibir nuestro ministerio, la gente cooperó en él, de diferentes formas. Con los años, la cooperación se definió más claramente y alguien describió este proceso como una graduación de recibir las migas de nuestra  espiritualidad y misión en la mesa, a sentarse a la mesa y compartir la plenitud de nuestro carisma, espiritualidad y misión.  Hoy en día nos referimos a la Familia Carismática Oblata, que al igual que una familia humana, tiene muchas expresiones y roles, como la expresión y vida del carisma Oblato en la transformación de los laicos.

En 1842, Eugenio reconoció esta cooperación al incorporar a un matrimonio como “Oblatos Honorarios», que reciben los “méritos de los sacrificios, oraciones, ayunos y en general todas las buenas obras” de la Congregación, como señal de gratitud por la ayuda otorgada a los Oblatos

(Carta al Sr. Y la Sra. Olivier Berthelet en Montreal”, Septiembre 25, 1842, EO 1 núm. 13).

Hoy en día comprendemos que todos los que viven según el carisma Oblato, se incorporan a la Familia Carismática Oblata, según su condición de vida.

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COMUNIDADES CRISTIANAS ENRAIZADAS EN LA CULTURA LOCAL

“Ponen su empeño en fundar comunidades cristianas e Iglesias enraizadas en la cultura local y plenamente responsables del propio crecimiento”.  (Constitución 7)

Durante el crecimiento misionero en la época de Eugenio, casi nadie comprendía este principio.  Los misioneros eran enviados a países que ya habían sido colonizados, llevando su enfoque cultural europeo con el que trabajaban para la conversión de las personas, sin capacitación ni herramientas para comprender y apreciar la profundidad y riqueza de la cultura local indígena.

A Eugenio le preocupaba pensar en tantas personas en todo el mundo que no conocían a Jesucristo, respondiendo a través de sus hijos misioneros.

“Por ello, espero con impaciencia alguna información acerca de su establecimiento con los nativos.  Esa es realmente su misión. Un Vicario Apostólico no necesitaría ser enviado para cuidar de algunos católicos diseminados, y por mi parte, no habría aceptado la misión si así fuera.  Es la conversión de los no creyentes lo que debemos tener en mente. Todo nuestro esfuerzo debe dirigirse a tal fin,  y si no tuviéramos la esperanza de alcanzar ese objetivo, deberíamos renunciar a la misión”.

Carta al Obispo Allard, Vicario Apostólico de Natal, Octubre 28, 1859, EO IV (África), núm. 28.

 El corazón de los misioneros estaba lleno de amor por Jesucristo y del deseo  de llevar a la gente con la que trabajaran, la belleza de ese amor de salvación.  Dieron sus vidas con heroico sacrificio por la gente.  Recordemos siempre su buena intención y la realidad vivida de su oblación.

Casi un siglo después, se había desarrollado una nueva conciencia, que se refleja en la Constitución 7:  nuestras comunidades eclesiales deben tener raíces profundas en el magisterio y vida sacramental de la Iglesia, al tiempo de buscar sinceramente cómo dichas verdades encuentran su expresión y vida en la cultura de la gente con quienes trabajamos.

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EL PODER LIBERADOR DE LA PALABRA DE DIOS

“Están siempre dispuestos a responder a las necesidades más urgentes de la Iglesia mediante varias formas de testimonios y ministerios, pero sobre todo por la proclamación de la Palabra de Dios que encuentra su culminación en la celebración de los sacramentos y en el servicio al prójimo”  (Constitución 7)

El meditar sobre Jesús como el Camino, la Verdad y la Vida, invariablemente nos lleva a analizar la calidad de nuestras opciones de vida, nuestra fidelidad a la verdad y a lo que da vida.  Es esta reflexión y a la luz de la Palabra de Dios, lo que nos lleva al sacramento de la Reconciliación.

La predicación de Eugenio y de los primeros misioneros Oblatos, invitaba a un encuentro íntimo y prolongado con el Salvador que actuaba mediante el sacerdote como guía e instrumento de perdón y nueva vida.  El confesionario era el lugar de encuentro transparente entre una persona en su quebrantamiento y la misericordia sanadora de Dios.  En uno de sus primeros sermones, Eugenio da este mensaje, utilizando la imagen de un pecador atrapado en un pantano lodoso, que hace parecer que la liberación sea imposible:

“De la misma forma en que el predicador del Evangelio se entristece al ver a los pecadores hundirse en el terrible pantano de sus malos actos, atrapado y sin deseo de salir, tratan inútilmente todo lo que su leve caridad les inspira para hacer lo debido para volver al camino.

Finalmente, al ver su obstinada resolución de perderse, los predicadores hacen que las verdades más temidas hagan eco de nuevo en sus oídos. Se arman con el látigo de la Palabra santa e incrementan sus golpes hasta que al fin, con un gran esfuerzo, los pecadores salen del lodo y se liberan.

Es entonces que los ministros de Jesucristo, con los brazos abiertos, los abrazan junto a sus corazones y les curan las heridas, para tranquilizarlos”.  

(Instrucción en la Madeleine, predicada en Provenzal el cuarto Domingo de Cuaresma de  1813, EO XV núm. 115).

Ahora, que nuestra reflexión en la Palabra de Dios es un espejo donde nos miramos, es también una invitación para pedir perdón y recomenzar con la fortaleza de Dios en la gracia sacramental.  Como sacerdote por varias décadas, he tenido el privilegio de ser testigo del poder transformador de este sacramento en innumerables personas.  Es un medio de encuentro con Dios que aunque siempre disponible, es muy fácilmente ignorado.

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NUESTRA REFLEXIÓN EN LAS ESCRITURAS ENCUENTRA SU CULMINACIÓN EN LOS  SACRAMENTOS

“Están siempre dispuestos a responder a las necesidades más urgentes de la Iglesia mediante varias formas de testimonios y ministerios, pero sobre todo por la proclamación de la Palabra de Dios que encuentra su culminación en la celebración de los sacramentos y en el servicio al prójimo”  (Constitución 7)

Como Eugenio escribió en su Regla, fue el Salvador quien debía hablar a través de su cooperador e invitar a la audiencia a un encuentro más profundo:

 “El misionero, para que su predicación no sea en vano, pedirá y hará que los demás pidan al Divino Maestro de los corazones, se digne acompañar las palabras de su ministerio con la poderosa gracia que toca y convierte a las almas, sin la cual todas las palabras solo son el sonido de un timbal”. 

Regla de 1826 Parte I, Capítulo 3, §1, Art. 24. de Eugenio de Mazenod

La predicación de misiones parroquiales, que fue el motivo original de nuestra fundación, era para predicar la Palabra de Dios e invitar a las personas a responder celebrando los sacramentos.  El objetivo de los Misioneros era que toda persona celebrara el sacramento de la Reconciliación y recibiera la Eucaristía.

Un sacramento es un momento privilegiado de encuentro con Jesucristo.  Que escuchar su Palabra nos lleve a una mayor expresión de comunión con él y a apreciar su presencia sacramental.

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“MASTICARLES” LA PALABRA DE DIOS

“Están siempre dispuestos a responder a las necesidades más urgentes de la Iglesia mediante varias formas de testimonios y ministerios, pero sobre todo por la proclamación de la Palabra de Dios…”  (C7)

Regla 7 g  – En la proclamación de la Palabra, emplearemos siempre, según nuestra tradición, un lenguaje sencillo y directo, adaptado y fácilmente comprensible al auditorio.

San Eugenio dedicó su vida a explicar las Buenas Nuevas de salvación a los más necesitados.  Él y sus misioneros deseaban crear corazones que escucharan y cambiaran sus vidas.  Al día de hoy sigue vigente su invitación escrita en 1818:

“No debemos mirar más que a la instrucción de los pueblos… no contentarnos con partirles el pan de la palabra sino masticárselo, o sea, hacer  de forma que, cuando salgan de nuestros sermones, no se vean tentados de admirar neciamente lo que no comprendieron, sino que queden edificados, conmovidos, instruidos, pudiendo repetir en el seno de la familia lo que oyeron de nuestros labios”.

Regla de 1818

En nuestros días tenemos la bendición de contar con muchos comentarios y reflexiones para ayudarnos a comprender la Palabra de Dios y poder “masticarla”, para que sea una parte integral de nuestras vidas.

Como Eugenio, hagamos que la lectura de las Escrituras y la Lectio divina sea parte de nuestra vida cotidiana. (Al buscar  “lectio divina” en su navegador de la computadora, descubrirán un cúmulo de información de ayuda sobre esta práctica).

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UN CORAZÓN QUE ESCUCHA PARA LLEGAR A CONOCER MÁS PROFUNDAMENTE AL  SALVADOR A QUIEN AMAMOS Y DESEAMOS REVELAR AL MUNDO

“Están siempre dispuestos a responder a las necesidades más urgentes de la Iglesia mediante varias formas de testimonios y ministerios, pero sobre todo por la proclamación de la Palabra de Dios…”  (C7)

“La Palabra que Jesús entregó a sus Apóstoles no ha perdido su fuerza a través del tiempo. Hemos visto que al provenir de los labios de quien es en sí mismo la vida eterna, siempre tiene espíritu y vida”.

Carta Pastoral del Obispo Eugenio acerca de las misiones, 1844.

La convicción de Eugenio sobre la importancia de las Escrituras en su vida le hizo tomar tiempo cada día para estudiarlas.  Para él, la Lectio Divina era una oportunidad para escuchar la Palabra de Dios como un mensaje personal, y una práctica diaria en su agenda.

Los estudiosos de las Escrituras que han analizado los escritos de San Eugenio señalan qué tan inmerso estaba en ellas. A menudo las citaba directamente en sus cartas y en su diario y muy a menudo, parafraseaba los textos como parte de sus comunicados.

En la primera Regla escribió que “todo miembro del Instituto está encargado de estudiar las Sagradas Escrituras a diario”.   Actualmente en nuestra Regla leemos:

 “La Palabra de Dios nutre nuestra vida espiritual y apostolado.  No solo la estudiaremos diligentemente, sino desarrollaremos además un corazón que escucha, para llegar a conocer más profundamente al Salvador a quien amamos y deseamos revelar al mundo.  Esta inmersión en la palabra de Dios nos permitirá comprender mejor los eventos de la historia a la luz de la fe”.

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ME MOSTRASTE EL CAMINO A SEGUIR Y ME DISTE EL DESEO DE SEGUIRLO

“Están siempre dispuestos a responder a las necesidades más urgentes de la Iglesia mediante varias formas de testimonios y ministerios, pero sobre todo por la proclamación de la Palabra de Dios…”  (C7)

La importancia de las primeras dos constituciones es que contienen la dirección para todas las Constituciones y Reglas siguientes.  Las Constituciones 1 y 2 dos nos recuerdan con toda claridad que todo lo que hacemos debe ser como cooperadores de Jesucristo, quien nos ha llamado, nos envía y la misión que realizamos le corresponde, donde quiera que nos encontremos y en cualquier condición de vida.

Todas las Constituciones y Reglas siguientes se basan en dicha realidad.  La Constitución 7 enfatiza que nuestro ministerio principal es dar testimonio y proclamar la Palabra de Dios, y para hacerlo eficientemente, somos llamados “a conocerle más íntimamente, a identificarnos con Él y a dejarle vivir en nosotros”.   (Constitución 2).

La forma de conocerle es a través de las Escrituras, es por ello que al predicar la Palabra de Dios, debemos impregnarnos de ella.  Nuestro mensaje debe ser a través de la relación con Él, pues es quien nos habla.

Eugenio estuvo consciente constantemente del papel de las Escrituras en su vida, como escribió a los 55 años:

“Te agradezco, Señor, por haber hecho brillar esa luz desde el sagrado depósito de tus Sagradas Escrituras. Al mostrarme el camino a seguir y hacerme desear seguirlo, también me darás la gran ayuda de tu gracia”.

Retiro en preparación para recibir la sede episcopal de Marsella, Mayo 1837, EO XV  núm. 185

Que tengamos la gracia para hacer nuestras estas palabras.

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LA LLAMADA VOCACIONAL MUTUA AL CARISMA DENTRO DE LA FAMILIA OBLATA

El sueño de San Eugenio de que la Familia Oblata fuera la familia más unida del mundo se refleja en su descripción del Capítulo General de 1837 de su familia misionera:

El Capítulo presentó la imagen de una familia unida en torno a su líder, en la que todos los miembros se esfuerzan por ser dignos de su misión. La cordialidad más fraternal reinó en todo momento. El mayor celo por alcanzar la perfección de su vocación y el apego a mi persona y a la Congregación se manifestaron efusivamente. Partimos con la firme intención de aprovechar al máximo las luces que Dios había derramado sobre la asamblea y de trabajar eficazmente por nuestra propia perfección y el avance de la santa obra que se nos confió.

Diario de Eugenio de Mazenod, agosto de 1837, EO XVIII

En ese momento del Intercapítulo, el corazón de Eugenio debió de estar lleno de alegría:

“La segunda parte del día se centró en los Laicos Asociados, que comparten el carisma oblato. Inspirados por 1 Cor 12,4-12, la conversación reveló que su colaboración no es una estrategia, sino una espiritualidad, una forma de vivir juntos en la Iglesia escuchando al Espíritu en la diversidad. Recordando el mandato del último Capítulo, los participantes oraron con las palabras: ‘Los Laicos Asociados reconocen su mutua llamada vocacional al carisma, su profundo sentido de pertenencia y su compromiso con la misión, vivido a través del carisma de San Eugenio’ (PEC 18.2).

Al escuchar al Espíritu a través de los demás, la comunidad reconoció con mayor claridad el creciente papel de los laicos y las asociaciones laicas. Su contribución abarca la pastoral parroquial, la solidaridad, la ecología, la oración y la educación. Sus testimonios expresaron la alegría en el servicio, a la vez que subrayaron la necesidad Para un reconocimiento más profundo y un acompañamiento espiritual estructurado. El don de los laicos y los jóvenes proviene, sin duda, del Espíritu. La Asamblea afirmó que el carisma oblato no es exclusivo de los oblatos, sino de toda la Iglesia. Por ello, existe un llamado a acompañar, promover y formar a los Laicos Asociados Oblatos y sus asociaciones.»

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NUESTRAS CONSTITUCIONES Y REGLAS: UN CAMINO DE ESPERANZA Y COMUNIÓN OTORGADO POR DIOS PARA TODA LA FAMILIA OBLATA

A veces existe la tentación de considerar las CCRR Oblatas como un libro de prescripciones legales, aburrido y sin importancia. Nos equivocamos mucho si caemos en esta trampa. Los delegados oblatos en el Intercapítulo lo afirmaron el cuarto día de su reunión: «Se enfatizó que no son solo un conjunto de normas legales, sino una fuente viva de inspiración que nos impulsa en la misión».

Cuando Eugenio y la comunidad fundadora escribieron la Regla en 1818, intentaron plasmar en palabras lo que el Espíritu Santo les había guiado a vivir. A través de su experiencia vivida, continuaron revisando lo que habían escrito y presentaron este texto al Papa y a los cardenales para su aprobación. Lo que sucedió el 17 de febrero de 1826 fue que la Iglesia reconoció que esta Regla fue inspirada por Dios y que la Familia Misionera Oblata había surgido como parte del plan divino.

Eugenio ya no consideraba la Regla como obra de un autor humano, sino como obra de Dios, quien la había hecho suya al inspirar al Papa para que le diera el carácter de su autoridad divina. Dirigiéndose a los Oblatos después del evento, Eugenio se refirió a su papel:

“Nos aseguró que, en lo que a él respecta, no veía nada del hombre, y que estaba tan convencido de que habían sido inspirados por el Cielo, que le era imposible reconocerse a sí mismo excepto como instrumento de la Divina Providencia”.
PIELORZ, J., Les Chapitres généraux I, págs. 57-58.

Que la conclusión del intercapítulo sea la de cada uno de nosotros al reflexionar sobre nuestro Libro de Vida:

“La mañana renovó nuestro compromiso con el carisma y nos recordó una vez más que las Constituciones y Reglas siguen siendo un camino de esperanza y comunión para toda la familia oblata”.

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NUESTRA RESPUESTA A TRAVÉS DE VARIAS FORMAS DE TESTIMONIO Y MINISTERIO

“Están siempre dispuestos a responder a las necesidades más urgentes de la Iglesia mediante varias formas de testimonios y ministerios”  (Constitución 7)

¡Este es un reflejo del espíritu de Eugenio y de los primeros Misioneros! En sus misiones utilizaban cualquier forma posible de ceremonia, gestos simbólicos y ministerio para transmitir su mensaje y atender las necesidades de las personas. El enfoque de Eugenio como Obispo de Marsella era el mismo para su iglesia local y fuera de ella. Además de cartas pastorales, sermones y contacto personal, su respuesta era incluir a tantas personas como fuera posible en la obra de beneficencia.  Leemos su nota:

“Admiro cómo se multiplican estos actos de beneficencia.  ¡Cuántas nuevas instituciones tienen como objetivo lo que antes de desconocía!»

Niños, ancianos, enfermos, pobres, el trabajador vencido de mañana a noche por el peso del trabajo del día en el calor, los inocentes en peligro, los vicios repugnantes y generados por el remordimiento, el joven prisionero ya iniciado en los hábitos de los criminales, el infractor ya endurecido por el delito, el rico mismo a menudo tan desvalido ante Dios en su lecho de muerte.

La caridad abarca todo; y cuando surgen nuevas necesidades, se encuentran nuevas respuestas:

Ayuda espiritual y corporal, alimento para el alma, pan para el cuerpo; instrucción a los analfabetas; consejo y guía ante la debilidad; un santuario para la virtud o para penitencia; sentimientos piadosos, dulce consuelo, fortaleza sobrenatural para los moribundos.  Todo tipo de bien es prodigado en el nombre de Jesucristo”.

Carta Pastoral del Obispo de Mazenod a la Diócesis de Marsella, Cuaresma 1847.

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