BUSCANDO LA PRESENCIA DE DIOS

El deseo de Eugenio de vivir “todo por Dios” le llevó a desear vivir en consciencia de la presencia de su “amado” a lo largo del día. Las muchas exigencias y actividades cotidianas le llevaron a tener recordatorios para hacerlo.

Sería de desear que tuviera siempre a mi lado a un amigo fiel que me trajera el recuerdo del amado en el momento en que las ocupaciones me lo hicieran perder de vista. A falta de ese amigo, me serviré de otros medios, como, por ejemplo, levantar mi corazón a Dios cada vez que toca el reloj, o cada vez que llaman a la puerta o que pasa un coche, etc. Como esta costumbre me es ya familiar, sólo tengo que continuar.
Otro medio para acostumbrarse a ponerse muy a menudo en presencia del Señor es el utilizado por el bueno y respetable Sr. Emery [ed. su superior cuando era seminarista]; tenía una cajita llena de guisantes y cada vez que pensaba en Dios pasaba uno de los guisantes a otra caja: después, cada tarde hacía el recuento de las veces que se había unido a Dios durante el día, y comparaba el número con el del día anterior y, si no había recordado a Dios al menos cada cuarto de hora, se imponía una penitencia. Esto es lo que hacía ese venerable anciano en medio de sus incontables ocupaciones.

Regla redactada en mi retiro en Aix, Diciembre 1812, E.O. XV n. 109

Hoy en día Tom Tenney expresa este mismo concepto en otras palabras:

Quien persigue a Dios es una persona cuya pasión por la presencia de Dios lo lleva a buscar lo imposible, esperando que lo inalcanzable le alcance. Un niño sigue a un padre amoroso, hasta que repentinamente, los fuertes brazos del padre envuelven a quien le persigue. El perseguidor se convierte en el cautivo; el perseguido en captor. Pablo lo pone de esta forma: “continúo mi carrera por si consigo alcanzarlo, habiendo sido yo mismo alcanzado” (Fil. 3:12).

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