EL COMPROMISO DE UN JOVEN

“¿Cómo no hemos pensado en ello antes?” De acuerdo a esta exclamación, recordamos que a lo largo de toda su vida, Eugenio había sido devoto de María. El texto por escrito más antiguo proviene de sus años de adolescencia, cuando se encontraba en Venecia. Su mentor, el Padre Bartolo Zinelli, le había asistido al elaborar una regla de vida para él mismo. Tenemos sólo una parte de ella, en la que le encontramos pidiendo la ayuda de María en todo lo que hiciera. Lubowicki, citando a Rey, comenta que esta regla le llevaba a encomendarse a María en todas sus acciones. Jesús había puesto toda su confianza en María y se suponía que Eugenio siguiera este ejemplo, en unión con los sentimientos de su adorable corazón. Esta regla no se trata de una devoción carente de calidez. Leemos en ella:

Mi ejercicio matutino consistirá en lo siguiente. Antes de salir de mi habitación, me inclinaré en una rodilla hacia la iglesia, pidiendo la bendición de Jesús, diciéndole: Jesús, Hijo de David, no me marcharé sin tu bendición. Miraré también a la imagen de María implorando humildemente su bendición maternal, con estas palabras de San Estanislao: Madre verdadera del Salvador, Madre adoptiva del pecador, envuélveme en el seno de tu devoción maternal. Después tomaré un poco de agua bendita; besaré el crucifijo respetuosamente en las heridas y el corazón, y la mano de la Madre María.

Rey I p.p. 25-26

 Pielorz comenta, “Considerando la edad y temperamento de Eugenio, estas expresiones llenas de ternura le permitieron comprometer todo su ser a la espiritualidad. Le invitaban verdaderamente a amar a Jesús y a María con un amor genuino, un amor sensible y tierno, capaz de expresarse aún en formas externas.” J. PIELORZ, The Spiritual Life of Bishop de Mazenod, 1782-1812, Selected Oblate Studies and Texts, Vol. II, Rome, 1998, p. p. 58 – 59; 61 – 62. (Vida Espiritual del Obispo de Mazenod, 1782-1812, Estudios y Textos Oblatos Selectos, Vol. II, Roma, 1998, p.p. 58 – 59; 61 – 62)

 

“Nunca temas amar demasiado a la Santísima Virgen. Nunca podrás amarla más que Jesús.”     San Maximiliano Kolbe

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