LA AUDIENCIA DE DESPEDIDA CON EL PAPA

Eugenio comparte con Henri Tempier los detalles de su audiencia con el Papa:

Pero ¿cómo le he dicho todo esto sin mi acostumbrada relación histórica? Se presentó la ocasión y olvidé el tema. Ahora que conoce el resultado, los detalles previos no habrán ya de interesarle, pero pensaré que ha gozado del feliz resultado. Con todo, no pasaré todo lo demás por alto, pues usted quiere conocer hasta los últimos detalles, y por mi parte, tengo verdadera satisfacción en comentárselos…
Al filo del mediodía, los Prelados que estaban antes de mí desaparecieron y me llegó el tumo, al llamado del Papa. Monseñor el chambelán abre la puerta del gabinete del Papa, hace la genuflexión, me anuncia por mi nombre y títulos, retirándose. Estoy por segunda vez a los pies del Jefe de la Iglesia, pero ahora ¡cuántos nuevos títulos había adquirido él en mi corazón y agradecimiento! justo es lo primero que le digo; pero él lo deja a un lado con amabilidad y me retiene más de media hora en conversación sobre las cosas más interesantes. Como la primera vez, a pesar de su insistencia, me mantuve de rodillas ante él todo el tiempo de esta audiencia. El Papa estaba sonriente y dispuesto a concederme todo lo que le pedía.
Había anotado dieciséis puntos y empecé rogándole me permitiera ser indiscreto por ser la última vez que tenía la dicha de verle. La audiencia fue en conversación muy animada, pues no hubo intervalo. Sería demasiado largo contarle todo lo que comentamos; hubo incluso cosas que me guardaré de escribir, aunque ello fuera una prueba evidente de la confianza del Santo Padre. Me encontraba muy a gusto y no temí hablarle con el corazón  sobre bastantes cosas; pero tendría que volver a empezar mi carta para decírselo todo. Conténtese de momento con saber que consintió amablemente en ser el protector de la Congregación, que me autorizó a declarar que extendía ad perpetuum todos los favores e indulgencias que había otorgado ad septennium en el rescripto del mes de diciembre; que autoriza a todos los miembros de la Congregación a celebrar dos horas después de mediodía, por viajes, etc.; que los dispensa del Oficio divino los días más ocupados durante las misiones; y que los faculta una vez al año y en peligro de muerte, para ser absueltos por su confesor de toda censura, irregularidad, etc.
Pero todos estos favores estaban entremezclados con palabras preciosas que nunca se deberían olvidar. Me entregó una carta para mi tío, encargándome le saludara afectuosamente; me prometió un rosario para él, y nos dio a todos la bendición apostólica de rore caeli, dijo, con la expresión más tierna. Finalmente no quiso que le besara los pies, aunque me presentó dos veces la mano.

Carta a Henri Tempier, Abril 16, 1826, EO VII núm. 237

 

“La felicidad no puede ser una trayectoria, una posesión, una ganancia, utilizarse ni consumirse. La felicidad es la experiencia espiritual de vivir cada minuto con amor, gracia y gratitud.”   Denis Waitley

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