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¿QUÉ PODER HA PODIDO PRODUCIR TAN ADMIRABLE RESULTADO?
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¿QUÉ NECESIDAD HAY DE LENGUAS DE FUEGO PARA VER, EN CIERTO MODO, LA PRESENCIA DEL ESPÍRITU SANTO?
Continuamos con la descripción del Obispo Eugenio de su experiencia ante el poder de Dios en acción en la conversión de las personas al concluir la misión parroquial.
“Sí, mil hombres hacían resonar la bóveda del templo con los cantos más emotivos y apropiados a la alegría que la abundante gracia del Señor llevó a todos. Al no poder dirigir la palabra a aquella inmensa asamblea debido a mi afonía, pedí al P. Loewenbruck me supliera. El padre dijo lo que era preciso, se cantó luego el Veni, Creator, y más de 200 hombres y 100 mujeres recibieron el sacramento de la confirmación. Había que ver el recogimiento de todos los confirmandos, todos adultos, de todas las edades y condiciones. Jóvenes de los veinte a los treinta años; muchos hombres de edad madura y también numerosos ancianos se presentaron con la actitud más respetuosa. ¿Qué necesidad hay de lenguas de fuego para ver, en cierto modo, la presencia del Espíritu Santo? En esas ocasiones su presencia es evidente y me lleva al punto de no poder contener la emoción. Necesito forzarme para no llorar de alegría y, pese a mi esfuerzo, muy a menudo las lágrimas la delatan.
Después de ofrecer el santo sacrificio, me retiré tras mi acción de gracias, dejando al párroco distribuir la santa comunión a esa ferviente asamblea de cristianos, pues mi estado de salud no me permitía esa dicha que tanto aprecio”.
Diario de Eugenio de Mazenod, Enero 21, 1844, EO XXI
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YA NO SUPE SI ESTABA EN EL CIELO O EN LA TIERRA Y BROTARON EN MÍ LÁGRIMAS DE ALEGRÍA Y AGRADECIMIENTO
Según leemos en esta entrada de su diario, la clausura de las misiones parroquiales en Marsella era uno de los mayores consuelos para el Obispo Eugenio.
“No quise se llamara a un médico, pues me habría retenido en cama, y necesitaba salir de ella para cumplir la voluntad del Padre celestial. Hoy sería la comunión general de los hombres en Saint-Cannat, fruto de la misión que el P. Loewenbruck está dando desde hace cinco semanas. Cierto número de ellos y también muchas mujeres me esperaban para el sacramento de la confirmación, que habían descuidado recibir. Habría sido preciso estuviera en agonía para faltar. ¡Qué hermoso deber que cumplir! ¿Quién me habría remplazado para ese ministerio? Por otro lado, cómo privarme de la gran dicha que tiene un obispo, a quien Dios da la gracia de sentir lo que es el verdadero pastor para su rebaño en semejante circunstancia?
Sin creer que fuera un acto heroico, me vestí con mi hábito de ceremonia y salí de la cama para ir a la iglesia, donde tantos cristianos renovados se reunían al pie del altar aguardando la gracia que recibirían al reconciliarse con Dios. ¡Qué conmovedor espectáculo! Contaba con un gran número de asistentes, pero al poner pie en el umbral de la puerta, vi la nave repleta de hombres que se postraron para recibir mi bendición y al llegar al presbiterio me postré yo mismo para adorar a nuestro Señor y agradecerle tal resultado a mi ministerio. Mil voces se alzaron a la vez para cantar al Señor, exaltar su poder y dar testimonio de su alegría. Así, ya no supe si estaba en el cielo o en la tierra y brotaron en mí lágrimas de alegría y agradecimiento”.
Diario de Eugenio de Mazenod, Enero 21, 1844, EO XXI
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EN ESA CLASE DE REUNIONES ES DONDE SE COMPRENDE CUÁL ES LA COMUNICACIÓN DEL ESPÍRITU SANTO ENTRE EL PADRE Y LOS HIJOS ESPIRITUALES QUE LA GRACIA ACABA DE REGENERAR
Como recordamos, en sus primeros años de existencia, la principal tarea evangelizadora de los Oblatos era la predicación de las misiones parroquiales, por lo que no es de sorprender que veamos cuán importantes eran para el Obispo de Mazenod en su diócesis. El Obispo Bourget en Montreal estaba convencido de ello también. Eugenio le escribe al respecto:
“He leído con gran interés la carta pastoral que dirigió en ocasión de una misión en cada parroquia favorecida por esta gran gracia. Sé que esto le consuela y bendigo a Dios por ello. Se trata de una justa recompensa al gran celo por la salvación de sus fieles”.
Eugenio luego describe su costumbre de asistir a las ceremonias de clausura en cada misión parroquial predicada en su diócesis para bendecir la renovación espiritual que acababa de suceder.
Yo también la recibo, en la clausura de todas las misiones que se dan anualmente en mi diócesis. Es en esa clase de reuniones donde se comprende cuál es la comunicación del Espíritu Santo entre el Padre y los hijos espirituales que la gracia acaba de regenerar. No comprendo cómo los demás Obispos se privan de esa dicha”.
Carta al Obispo Bourget, Obispo de Montreal, Febrero 15, 1844, EO I núm. 31
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SOLO DIOS LOGRA ESAS MARAVILLAS
El cuidado del Obispo de Mazenod por los pobres de su diócesis no tenía límite y estableció grupos para responder a las muchas necesidades espirituales y materiales de todo tipo de personas. Aquí tenemos un ejemplo tomado de su Diario.
“Ayer hizo un año en que establecí a las Hermanas de San Vicente de Paúl para el servicio de los pobres de nuestras parroquias ¡Quién me habría dicho que un año después, estarían cumpliendo el servicio de la Misericordia, tras la gran ira de los administradores y la oposición de todos esos señores!”
Yvon Beaudoin explica el motivo de la alegría de Eugenio: «En 1758, siete benefactores de Marsella formaron una hermandad para distribuir los fondos recolectados a una asociación. Dicha hermandad se estableció primero en la iglesia des Accoules (Le Calvaire), bajo el nombre de N.-D. de la Miséricorde [Nuestra Señora de la Misericordia]. Esta obra recibió numerosas donaciones, adquirió varias instalaciones y distribuyó muchos fondos… En 1843, algunos administradores quisieron apelar a varios religiosos reconocidos, pero uno de ellos, Pélissier, se opuso. Sin embargo, se logró un acuerdo el 13 de septiembre de 1843 con las Filles de la Charité [Hijas de la Caridad], quienes se establecieron en dos casas en la calle Fonderie-Vieille.»
“Así es como el Señor, dueño de los corazones, cambió el de ellos de modo que se convirtieran en los más poderosos promotores de un bien no previsto. La administración adoptó a las Hermanas y pronto ellas se encargarán de todo el bien realizado, terminando así los enormes abusos que existían. Sólo Dios logra esas maravillas”.
Diario de Eugenio de Mazenod, Enero 21, 1844, EO XXI
Los «enormes abusos» se refieren a la forma en la que la ayuda provista por el gobierno en algunas ocasiones no llegaba a los pobres, sino terminaba en otras manos. Ahora que las Hermanas estarían a cargo de la distribución de fondos, se aseguraría que los pobres recibieran la ayuda.
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¿NO ES UN ANTICIPO DEL PARAÍSO ESTAR EN PRESENCIA DE JESUCRISTO?
En esta hermosa reflexión en su diario personal, Eugenio describe cómo fue atrapado en la maravilla de la presencia de Jesús en su oración ante la Eucaristía. Escribe sobre su deseo de siempre estar unido a Jesús y prepararse para el encuentro permanente, al momento de su muerte. Su fallecimiento ocurriría 17 años después, pero el hecho de que la Iglesia lo canonizara fue la prueba de que en verdad vivió esas palabras por el resto de su vida.
“Durante mi adoración al Santísimo Sacramento expuesto, pensaba que era imposible estar mejor. ¿No es un anticipo del paraíso estar en presencia de Jesucristo, postrado a sus pies para adorarlo, amarlo y esperar la ayuda que uno necesita? Ahondando más en ese pensamiento, llegué a una conclusión que jamás había tenido: si en mi última enfermedad conservo la conciencia, debería entregar el último suspiro en presencia de nuestro Divino Salvador. Creo que eso sería un medio infalible de ocuparme sólo de él y de que mi corazón no dejara ni un instante de estar unido a su presencia, dándole fortaleza en el difícil momento del paso a la eternidad. Creo también que sería imposible que Jesucristo, constantemente invocado, mirado con plena confianza y amor, y a quien entregaría en cierto modo mi último suspiro, me rechazara de su presencia en el mismo instante en que acabara de dejarlo en la tierra. Esto me cuesta más expresarlo que sentirlo”.
Diario de Eugenio de Mazenod, Enero 6, 1844, EO XXI
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LA FAMILIA MAZENODIANA: ES TANTO SUYA COMO MÍA, AL IGUAL QUE DE DIOS Y DE LA IGLESIA
En esta carta al Obispo de Montreal, vemos el fuerte sentido de paternidad de Eugenio en relación a su familia Oblata. Con el Océano Atlántico separándolo de sus Oblatos, está feliz de que el Obispo Bourget también los vea como su familia. Esto tiene mayores implicaciones, pues la familia religiosa de Eugenio pertenece principalmente a Dios y a la Iglesia, y no al Fundador.
“Cada día le tengo el mayor agradecimiento al saber de sus continuas bondades para la familia que su corazón ha adoptado y que a su vez le tiene tanto afecto. Tiene razón en considerarla como propia, pues es tanto suya como mía, al igual que de Dios y de la Iglesia”.
Convencido de que al Obispo de Montreal le preocupaba solo el bien de los Misioneros, Eugenio aceptó que era sabia su decisión de establecer a los Oblatos en Bytown.
“Por consiguiente, solo puedo aprobar todo cuanto juzgue conveniente para realizar la mayor gloria de Dios, a quien todos servimos con tanta dicha. Nadie está en mejores condiciones que usted para juzgar lo que es útil emprender, así que con la misma tranquilidad acepto su propuesta, para el bien de la diócesis de Kingston, para la santificación de sus leñadores y la conversión de los nativos. No puedo expresar el consuelo que me da su carta, en la que me muestra un campo fértil por cultivar. ¿Podría negarme a trabajar en él?
El P. Honorat podrá decirle cuanto agradezco al Señor haberle inspirado esa idea. Le indico al P. Telmon y al P. Lagier acompañarse de un hermano para formar ese tan interesante establecimiento”.
Carta al Obispo Bourget, Obispo de Montreal, Febrero 15, 1844, EO I núm. 31
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ATRÉVETE A ACERCARTE A JESUCRISTO CON SAN EUGENIO – E INVITA A OTROS A UNIRSE A TI
Ven y acompáñanos en estas cuatro sesiones sobre San Eugenio. Pretenden ayudarnos a atrevernos a acercarnos a Dios a través de San Eugenio que nos acompaña. Cuatro videos breves y algunas preguntas de reflexión.
Están especialmente preparados para los miembros de nuestra Familia Mazenodiana.

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PATALEABA AL ESTAR A 2.000 LEGUAS DE VOSOTROS Y NO PODER HACEROS OÍR MI VOZ SINO A LOS DOS MESES
Ciertamente hay que ser emprendedor cuando se está llamado a la conquista de las almas. Pataleaba al estar a 2.000 leguas de vosotros y no poder haceros oír mi voz sino a los dos meses. Y sin embargo, vuestra carta del 2 de febrero me ha llegado hoy, uno de marzo.
Eugenio, que era un hombre de acción inmediata, se esforzaba por vivir con el hecho de que el único medio de comunicación que tenía con sus misioneros en Canadá tardaba dos meses, el tiempo que necesitaba una carta para cruzar el océano. Le preocupaba en parte porque había dado permiso a los oblatos para iniciar una misión en Bytown, y le preocupaba que el tiempo que tardaba el correo en llegar a ellos pudiera poner en peligro el proyecto.
Dios quiera que por fin hayáis recibido las mías que no sólo aprobaban ese hermoso proyecto sino que aplaudían con alegría. No es un ensayo el que había que hacer. Había que haber ido con el firme propósito de superar todos los obstáculos, de quedarse allí, de establecerse allí. ¡Cómo dudar! ¡Qué hermosa misión! Ayuda a los leñadores, misiones a los salvajes, establecimiento de una ciudad llena de porvenir. ¡Pero si es el ideal que se realizaba y lo habríais dejado escapar! Anímese pues y que el establecimiento se forme en regla. Encomiende a cada uno cumplir con su deber. Sólo así se atraen las bendiciones de Dios
Carta al p. Jean Baptiste Honorat, 1 marzo 1844, EO I n 32.
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