ME ENCUENTRO AFLIGIDO, HAY DOLOR; NO PUEDO CONCENTRARME

Otro momento íntimo a compartir ante el dolor que no puede fallar en llegarnos al recordar las ocasiones de pérdida personal.

No creas, mi querido amigo, que no te escribo por olvido. Todos los días me recuerdo no lo he hecho; siento que de estar junto a mí, necesitaría conversar contigo y no perderte de vista ni un instante; pero cuando debo entrar en mi despacho, siento repulsión a dedicarme a cualquier cosa, como un hidrófobo al agua. Así me ha dejado la pérdida que he sufrido, que siento hoy como el primer día. No creo me falte resignación; no rehúso el consuelo que la santa muerte de este hijo tan querido da a un padre cristiano; pero ni siquiera eso podría curar la llaga sangrante. Siempre está ante mí mi hijo en su enfermedad; repaso en mi mente todas las circunstancias de su vida y recuerdo todo lo que me expresaba sin cansancio. La dicha que yo sentía cuando se disipaban algunas nubes y él se esforzaba por desagraviar mi corazón de las penas causadas; las esperanzas que forjaba para el futuro, para mi tranquilidad  personal o para el bien de la Sociedad, se me presentan tan viva, tan profunda y tan continuamente, que es un milagro que pueda resistir. Sin embargo, mi fuerte complexión debe tranquilizarte en cuanto a lo físico, aunque en lo moral hay dolor; no puedo concentrarme, mi espíritu va hacia el objeto de mi amor y eterno pesar. Pienso en él, hablo de él, me ocupo de él continuamente; no estoy en condición de escribir una carta.

Carta a Hippolyte Courtès, Febrero 19, 1829, EO VII núm. 325

 

“Hay algo sagrado en las lágrimas. No son seña de debilidad, sino de poder. Hablan más elocuentemente que diez mil lenguas. Son mensajeras del dolor abrumador, de profunda contrición y de amor innombrable.”    Washington Irving

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